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Instituto Nacional Sanmartiniano

La Revolución de Mayo y su influencia en América

Mariano Moreno tribuno de la Revolución y José de San Martín ejecutor armado del pensamiento libertador de Mayo, según la visión del doctor José Pacífico Otero, fundador y primer presidente de nuestro Instituto.

A doscientos diez años de la Revolución, rescatamos de nuestros anaqueles la pluma y pensamiento del doctor José Pacífico Otero, fundador y primer presidente de nuestro Instituto, autor de la monumental obra “Historia del Libertador Don José de San Martín”. 

Señores Académicos:

Cuando espontáneamente la Academia Nacional de Historia y de Geografía de México se dignó honrarnos con el título de Miembro Correspondiente, fue nuestro propósito no sólo aceptar ese honor como así lo hicimos, sino tomar la pluma y redactar el trabajo de introducción a que se refiere el Art. 12 de su reglamento.

Desgraciadamente el tiempo de que disponíamos en ese entonces lo llenaba por entero una tarea de imperativo superior y absorbente cual lo era la redacción de la Historia del Libertador don José de San Martín que en el día de hoy se encuentra entregada ya al juicio de la opinión.

Finalizada esta tarea, y deseosos de responder cuanto antes al honor que esa ilustre Corporación se había dignado acordarnos, resolvimos empuñar nuevamente la pluma, eligiendo para esto un tema que interesa por igual a todas y a cada una de las partes que integran la familia política del nuevo continente. No importa para esto el que el mar nos separe. El pensamiento, como la palabra ya hablada o ya escrita, salva las distancias y localizándose en ésta o en aquella otra parte del espacio y del tiempo, provoca contactos espirituales y coopera así a la intensificación del humano progreso.

En virtud pues de estos antecedentes, y sabiendo de antemano que a la Academia a la cual tenemos el honor de dirigirnos no les son indiferentes los problemas históricos relacionados con nuestra nacionalidad, hemos preferido a otro tema el que para nosotros constituye un punto de doctrina capital y sobresaliente. Este punto lo determina el despertar democrático del pueblo argentino. Comprende él, el origen de nuestro nacionalismo, el carácter y la difusión de su doctrina y por ende la influencia que la Revolución de Mayo tuvo en los destinos de América.

Con un sincronismo que no es del caso ponderar, y que vosotros conocéis a la perfección, las colonias hispano-americanas, en un momento dado de su proceso indiano, rompieron los vínculos que las unían con la madre patria, y con igual sincronismo consolidaron su libertad, conquistaron el rango de nación, y se impusieron al respeto y a la consideración de las monarquías milenarias.

La Revolución Argentina, de la cual nos queremos ocupar únicamente, no es fruto de una improvisación. Como todos los grandes movimientos destinados a crear una nacionalidad, o a mejorar la existente, ella se preparó por grados en el letargo colonial, y ella brotó con sus primeros impulsos, apenas las invasiones inglesas provocaron entre los peninsulares y criollos que poblaban el Plata, aquel épico despertar que se convirtió en asombro de propios y extraños.

Napoleón Bonaparte

Napoleón Bonarte

La invasión napoleónica por un lado, y la abdicación de la monarquía por otro, contribuyeron como causas perentorias y concretas a justificar esa revolución y a darle forma. Esto permitió que el instinto emancipador de los argentinos se convirtiera en un problema de vida o muerte, y esto contribuyó igualmente a que este problema se exteriorizara plebiscitariamente en los Cabildos de Mayo.

Es así como esa revolución se inició con un duelo jurídico, cuyo foro congregó lo aristocrático como lo plebeyo que contenía la colonia. En ese duelo hicieron lujo de lógica y de controversia ya los representantes del absolutismo, ya los de la soberanía popular que representaba la masa revolucionaria. En la sesión celebrada el 22 de mayo de 1810 -sesión que se conoce en nuestra historia con el nombre de Congreso General- el debate giró en torno de la persona del Virrey. En el sentir de éstos la persona del Virrey -tal investidura correspondía a don Baltasar Hidalgo de Cisneros- era intangible. Poco importaba para ellos el que el monarca español hubiese desaparecido y que los ejércitos invasores se hubiesen adueñado de la Península. Al frente de los defensores de semejante tesis se encontraba el Obispo Lúe que era el prelado diocesano. Si España se encuentra subyugada, decía éste, y sus monarcas han dejado vacío su trono, si todo demuestra que el eje central de la autoridad se ha reducido a la impotencia, este nada significa para el destino de América. El destino de las colonias indianas es siempre el mismo, y todo las determina a permanecer atadas al carro de su antiguo dominador.

"El Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810". Óleo de Pedro Subercaseaux

Los españoles existentes en América, según este lenguaje, eran los herederos legítimos de aquel poder, y a ellos y no a otros les correspondía reasumir el mando perdido. Sólo en caso extremo, y cuando no hubiese un solo español en América, los criollos podían convertirse en detentores de la autoridad.

Planteada la cuestión en estos términos, el Obispo Lúe se hacía el vocero jurídico de la intransigencia doctrinaria y del absolutismo político contra los cuales dirigía sus primeros embates la revolución. No observaba él que, sin quererlo, justificaba la rebeldía nativa, que enconaba así a la masa criolla, y que abría el abismo que luego separó, mientras se prolongó el drama a peninsulares y criollos.

Es el caso de decir, que antes de llegar a tal resultado, las colonias que poblaban el nuevo mundo habían manifestado ya un instinto emancipador que no dejó de alarmar a la Península. Pero para ésta los americanos no formaban sino una casta subalterna y sospechosa. Semejante concepción política y doctrinaria arrancó más de un memorial en defensa de los derechos propios, cuyo reconocimiento reclamaban los hijos de Indias, y es así como en 1771 la pluma de un mexicano ilustre se dirigió al Rey don Carlos III, protestando contra la postergación que se hacía de los americanos en todos los empleos, contra los males que producían los españoles en el gobierno económico y moral de las colonias, y demostrando además cuán importantes habían sido los beneficios realizados por el reino de México en pro de la causa española, y cuántas y cuán múltiples eran las aptitudes de los indios para todo empleo y carrera.

El memorialista en cuestión tenía delante de sí la carta aquella escrita por el Obispo Palafox, Virrey que lo fuera de México por los años de 1623 a 1625 y en la cual el prelado estampa esta frase al hablar del mejicano: «Sufre hasta la opresión y arbitrariedad, sin más que murmurar en silencio y llorar». El autor del alegato tenía además cerca de su pluma un informe en el cual el descrédito contra el criollo llegaba a su máximo. Esto lo obligó a rebatir tales argumentos, y con tal motivo escribió: «No es la primera vez que la malevolencia o prevención ha atacado el crédito de los americanos, pretendiendo que pasen por ineptos para toda clase de honores. Guerra es ésta que se nos hace desde el descubrimiento de la América en los indios o en los naturales que son nacidos y traen su origen de ella. A pesar de las evidencias, se puso en cuestión aun la racionalidad. Con no menor injusticia se finge de los que de padres europeos hemos nacido en este suelo, que apenas tenemos de razón lo bastante para ser hombres. Con estos coloridos nos han pintado ánimos prevenidos, abundantes en su propio sentir» y más adelante, ponderando a justo título la capacidad de sus paisanos: «No ceden en ingenio, en aplicación, en conducta ni honor a otra alguna de las naciones del mundo. Así lo han confesado autores imparciales, cuya crítica respeta el orbe literario. Así lo acredita cada día la experiencia, menos a los que voluntariamente cierran los ojos al desengaño».

Lo que en 1771 escribía el doctor don Servando Teresa Mier y Noriega, según lo presiente un crítico en pro de la capacidad moral del criollo para bastarse a sí mismo, lo escribió en pro de la capacidad económica de los hijos del Plata, casi en vísperas de la revolución de Mayo el doctor don Mariano Moreno. En ese momento las márgenes del famoso estuario acaban de inmortalizarse con el rechazo valeroso de los invasores ingleses. Los gastos de esta empresa y las restricciones vigentes en que concentraba toda su política el monopolio, amenazaban de muerte la vida del virreinato. Fue entonces que en representación de 20.000 hacendados de la Provincia de Buenos Aires, Mariano Moreno dirigió al Virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros una representación, pidiendo el franco comercio con la nación inglesa, pero dejando presentir, más que en la letra, en el espíritu que a ésta le servía de levadura, el derecho a una emancipación económica a que por sistema se oponía la Península.

«La justicia», dice Mariano Moreno en su representación, «pide en el día que gocemos un comercio igual al de los demás pueblos que forman la monarquía española que integramos. No puede tolerarse la osadía con que el síndico del Consulado se profiere, cuando en una de sus representaciones a aquel tribunal dice que es la plebe la que se interesa con vivos deseos de que se ejecute el plan indicado». «Esta es una injuria», continúa Moreno, «sobre que los honrados labradores e incorporaciones más distinguidas de esta ciudad deberían deducir formal querella, si el conocimiento del injuriante no preparase la disculpa de que ignoró lo que se decía. La parte más útil de la sociedad, la más noble, la más distinguida, eleva sus clamores a V.E., y aboga por una causa de que depende la firmeza del gobierno y el bien de la tierra: este noble objeto está íntimamente ligado a la prosperidad nacional y no puede ser funesto sino a cuatro mercaderes que ven desaparecer la ganancia que esperaban de clandestinas negociaciones». «Sostengo», dice antes de concluir, «la causa de la patria y no debo olvidar su honor, cuando defiendo los demás bienes reales que espera justamente».

Mariano Moreno en su mesa de trabajo

Mariano Moreno en su mesa de trabajo (1910). Pedro Subercaseaux. Óleo sobre tela. 162 x 152 cm. Museo Histórico Nacional

¿Presintió Mariano Moreno que los acontecimientos se desarrollarían con la celeridad pasmosa con que ellos se desarrollaron? A no dudarlo, su genio previsor e intuitivo, le había permitido conocer a fondo las causales lejanas e inmediatas de la descomposición colonial. Por eso tomó la pluma, y la tomó cuando el drama vívido de las invasiones inglesas habían puesto a la orden del día a los criollos, y cuando estos detentores, por decirlo así de la fuerza, se creían capaces de provocar una crisis radical en el gobierno del virreinato.

Aclarado este punto volvamos a la exposición interrumpida y digamos que el problema que no pudieron resolver los cabildantes que sesionaron en la asamblea comunal del 22 de mayo, se resolvió en la del día 25 del mismo mes. Los cabildantes allí presentes y el pueblo que vociferaba bajo las arcadas del Cabildo y en los alrededores de la Plaza Mayor, sancionaron la cesación del virrey Cisneros en el mando y proclamaron nuestra Primera Junta Gubernativa. Mariano Moreno, el autor de la representación citada, fue designado Secretario de esa Junta, y en la proclama lanzada por esa Junta el día 26 de ese mes, se dijo por sus firmantes: «Tenéis ya establecida la autoridad que remueve la incertidumbre de las opiniones y calma todos los recelos. Las aclamaciones generales manifiestan vuestra decidida voluntad, y sólo ella ha podido resolver nuestra timidez a encargarnos del grave empeño a que nos sujeta el honor de la elección. Llevada a las provincias todas de nuestra dependencia y aún más allá, si puede ser, hasta los últimos términos de la tierra, la persuasión del ejemplo de vuestra cordialidad y de verdadero interés con que todos debemos cooperar a la consolidación de esta importante obra. Ella afianzará de un modo estable la tranquilidad y el bien general a que aspiramos».

Los términos del documento transcripto en su parte principal son ambiguos cuando no velados. Con todo, la idea emancipadora se insinúa en él cautelosamente, y ya que la revolución en su punto inicial reclama una diplomacia, surge la de una simulada fidelidad y sumisión a Fernando VII. Es el mito bajo cuya sombra titular la revolución inicia sus primeros pasos.

Similares actitudes se observaron en otros sectores revolucionarios del Continente. La revolución tenía que salvar grandes escollos y no era menos grave el romper brusca y radicalmente con aquel antiguo poder que tenía en su apoyo la doctrina de los teólogos y el alegato de los mejores juristas. Es por esto que el 25 de mayo, punto inicial de la revolución libertadora en el Plata, pasó a la historia como el día plebeyo por excelencia. Así lo cantaron nuestros poetas. Así lo ponderaron nuestros tribunos, y así se le reconoce hoy en que la democracia, contenida en germen en tan magna efeméride, ha llegado a la culminación de una humana doctrina.

La Gaceta de Buenos Aires

Primer número de la Gaceta de Buenos Aires

Desde el momento en que la Revolución de Mayo rompió las ligaduras que ataban al Plata con la Península, se caracterizó por sus proyecciones continentales. Estas proyecciones no las determinó ninguna razón de orgullo, ni de imperialismo. Ellas fueron determinadas por una razón de doctrina social y política, y de ahí que el militarismo nacido en Mayo pudo desenvolverse en su acción redentora como pronto lo veremos, beneficiando a distintos sectores del Continente.

Uno de los primeros actos de la Junta gubernativa fue el de exteriorizar su acción por medio de la palabra escrita. Con tal motivo acordóse la publicación de la Gaceta de Buenos Aires, órgano esencialmente revolucionario, y en el cual la pluma de Mariano Moreno comenzó a hacer lujo de su doctrina. Las páginas de esta publicación están llenas de las enseñanzas que el momento dictaba. Mientras las armas de la revolución se desparramaban por las fronteras del Virreinato, llevando la libertad ya a los confines del Paraguay, o ya a los pueblos asentados en las mesetas del Alto Perú, Mariano Moreno se hacía el vocero doctrinario de la nueva causa, y con una franqueza de lenguaje hasta entonces desconocida en esta parte del Continente fulminaba la reacción de los peninsulares encarnada en la traición de Liniers y de sus secuaces. Con lógica irrefutable contestaba a las proclamas del Marqués de Casa Irujo, que en la Corte de Río de Janeiro y en su calidad de Embajador, se había hecho paladín de la corona; y a fin de conjurar a tiempo todo pujo de tendencia monárquica, en su calidad de Secretario de la Junta el 8 de diciembre de 1810, reglamentó los honores que les serían permitidos a esa Institución. «Si deseamos», dijo Moreno, «que los pueblos sean libres, observemos religiosamente el sagrado dogma de la igualdad. Si me considero igual a mis conciudadanos, ¿por qué me he de presentar de un modo que les enseñe que son menos que yo? Mi superioridad sólo existe en el acto de ejercer la magistratura que se me ha confiado; en las demás funciones de la sociedad soy un ciudadano, sin derecho a otras consideraciones que la que merezca por mis virtudes».

Con el mismo celo con que este maestro ilustre defiende los intereses de la democracia naciente, defiende todo aquello que con esta democracia tiene escrita correspondencia. Es así como en sus funciones de Secretario de la Junta envía circulares a los párrocos, reglamentando su conducta para con la patria. Les obliga a que desde la cátedra sagrada proclamen las bondades de la libertad, como deben proclamar las bondades de la religión. Las victorias de las armas libertadoras lo llevan a escogitar recompensas en pro de los defensores de la patria, y cuando las proclamas del Virrey Abascal que reside en Lima, demuestra que aquel representante del absolutismo intenta convertirse en árbitro del Continente, Mariano Moreno, esgrime el arma de la ironía, y desde la Gaceta de Buenos Aires, le dice: «Desgraciado limeño, el que dude de las estúpidas relaciones de Abascal, y desgraciado montevideano, el que no crea que en Buenos Aires corren arroyos de sangre, que no hay persona ni propiedad segura, que se hace fuego con las puertas y postes de las calles y que a la generosa suscripción de los comerciantes ingleses en favor de la biblioteca, ha sido un subsidio disimulado para aliviar las escaceses y apuros del erario. Aliméntense nuestros enemigos de esos sueños propios de imaginación tan fecunda; y nosotros, firmes en nuestra sagrada causa, marchemos con paso recto y majestuoso hasta su perfección».

Al impugnar en otra oportunidad a este mismo Virrey, Moreno escribe: «Colonos de España, hemos sufrido con paciencia y con fidelidad las privaciones consiguientes a nuestra Independencia. Trescientos años de pruebas continuas han enseñado a nuestros monarcas que las Américas estaban más seguras en el voluntario vasallaje de sus hijos, que las fuerzas de sus dominadores. El curso de las vicisitudes humanas reduce a la España a esclavitud, todos los pueblos libres de la monarquía recobran sus derechos primitivos, y cuando los naturales del país parecían destinados por la naturaleza misma de las cosas a subrogar el rango de sus dominadores, se ofenden éstos de la moderada pretensión con que aquéllos se contentan de que todos seamos iguales». En el sentir del famoso Virrey, los americanos habían nacido para vegetar en la obscuridad y en el abatimiento. Contra semejante absurdo y contra semejante absolutismo y en pro de los ideales humanos, levanta su pluma el intrépido publicista.

La noticia de la revolución chilena, cuando ella traspasó los Andes y llegó a Buenos Aires, arrancóle a Moreno esta categórica declaración: «La unión de intereses, de relaciones fraternales y aun de pensamientos y sistemas que se descubren entre el reino de Chile y las Provincias del Río de la Plata, cimentarán nuestra fraternidad y alianza sobre base firme que hagan respetar nuestra causa y multipliquen los medios de sostenerla». Y luego, haciendo una nueva alusión a esas noticias: «Ellas son las más importantes, y descubre de un modo indudable el general entusiasmo de los pueblos y el corto término que falta para que todos se vean unidos y trabajando de concierto en la común prosperidad».

Como se ve la Revolución de Mayo acentúa desde sus albores un instinto continental y solidario. Ella se vincula con Chile en primer grado, pero ella tiende a vinculaciones más vastas y el propio Moreno lo señala al apuntarnos como término de tantos sacrificios y desvelos la común prosperidad de América.

Pero si en todo lo transcripto se descubre al ejecutor dinámico de la revolución, al teorizante de la misma y al constitucionalista que quiere fundamentar a esa revolución sobre firmes bases, ese mismo hombre preclaro se descubre en el estudio magistral, escrito en nuestros prolegómenos revolucionarios para precisar las miras del Congreso que según disposición de la Junta, debía reunirse en Buenos Aires.

En el sentir de Moreno la emancipación americana conduce inevitablemente a una pérdida que la España no había calculado. La dependencia colonial debe desaparecer en absoluto y la divisa revolucionaria debe ser «la de un acérrimo republicano que decía: malo periculosam libertatem quam servitum quietum» (es preferible una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila).

Establecido este postulado, Moreno entra en lo hondo de su tema, y se pregunta porqué medios podrá conseguir el Congreso la felicidad que determina su convocación. Como consecuencia de la actitud asumida, declara él, que llegaremos a ser respetables ante las naciones extranjeras, no por la opulencia del territorio, ni tampoco por el número de tropas que éste tenga, aunque rivalicen con las de Europa. «Lo seremos, escribe, solamente cuando renazcan entre nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso: cuando el amor a la patria sea una virtud común y eleve nuestras almas a ese grado de energía que atropella las dificultades y desprecia los peligros».

El constructor de la nacionalidad argentina se destaca ahí de cuerpo entero, y al enfrentarse con los representantes que tienen a su cargo las futuras deliberaciones legislativas les hace ver que una nueva constitución es necesaria, porque ella debe reemplazar a la codificación de Indias. Las leyes indianas en el sentir de Moreno fueron leyes dictadas para neófitos, y en ellas se vende por favor de la piedad «lo que sin ofensa de la naturaleza no puede negarse a ningún hombre».

Esto dicho Moreno demuestra después la posibilidad que tiene la América para darse una Constitución. Nos dice que si no es difícil establecer una ley, es difícil asegurar su observancia, y con tal motivo estampa con su pluma esta magnífica declaración: «Las manos de los hombres todo lo corrompen, y el mismo crédito de un buen gobierno ha puesto muchas veces el primer escalón a la tiranía que lo ha destruido”.

En estas páginas -páginas que ligeramente extractamos y glosamos- el famoso tribuno de la Revolución Argentina formula una grave acusación al despotismo, descubre sin reparo las causales de la descomposición colonial, aboga por los derechos del hombre, y con recia lógica sostiene que son muchas las razones que dicta la naturaleza para poner término en América a la servidumbre y a la ignorancia.

«La absoluta ignorancia», escribe él, «del derecho público en que hemos vivido, ha hecho nacer ideas equívocas acerca de los sublimes principios del gobierno, y graduando las cosas por su brillo, se ha creído generalmente el soberano de una nación al que la gobernaba a su arbitrio. Yo me lisonjeo que dentro de poco tiempo serán familiares a todos los paisanos ciertos conocimientos que la tiranía había desterrado».

El nuevo y flamante discípulo de Rousseau sostiene que las Américas no se encuentran unidas a los monarcas españoles por el pacto social que es el único que puede sostener «la legitimidad y decoro de una dominación”. Por lo que se refiere al juramento de sumisión al monarca -juramento en que apoya su doctrina teológica la monarquía- Moreno responde, que semejante juramento «es una de las preocupaciones vergonzosas que debemos combatir».

En el sentir de este maestro, España no está en condiciones de dar una constitución a estos pueblos transatlánticos, y mucho menos encontrándose su monarca en el cautiverio. Estas constituciones son un derivado, como él lo dice: «de las obligaciones esenciales de la sociedad, nacidas inmediatamente del pacto social». Esto asentado, encara él la forma de gobierno que conviene a los nuevos estados. Descarta el gobierno monárquico, y deja al arbitrio de la opinión la forma que conviene adoptar. Por tendencia y por principio Moreno es partidario de un sistema federativo, pero entiende que las circunstancias lo hace inverificable. Esto lo lleva a abogar por una alianza estrecha entre las colonias emancipadas o más bien dicho entre los pueblos sumisos a la antigua soberanía.

Con la Constitución que escogita Moreno se persigue otro fin, y es el de suprimir radicalmente todo lo despótico y arbitrario. «El pueblo”, escribe, «no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca pueda obrar mal».

Tal es en síntesis el espíritu doctrinal que se hizo carne y hueso, por así decirlo, en la Revolución Argentina apenas alboreó ella en la latitud austral del continente. Como todos los procesos revolucionarios, la ejecución de esa doctrina fue lenta y gradual. Se proclamó primero la libertad en los Cabildos de Mayo. Despejada esta nebulosa, pasó a cristalizarse en la Asamblea General Constituyente, y al amparo de ésta, la revolución declaró abolida la esclavitud, suprimió los mayorazgos, y arrancó de los edificios públicos y privados la heráldica en que fincaba su orgullo la monarquía.

La patria argentina -patria cuya tendencia instintiva era la de consolidarse a sí misma para luego consolidar las otras patrias del Continente- fue más allá, y al mismo tiempo que concentraba las riendas del poder en un Directorio sustituyente del Triunvirato que había sucedido a la Junta, declaraba abolido el tribunal de la inquisición, proscribía la tortura, mandaba que se abriese un registro para anotar en él a todos los ciudadanos muertos en defensa de la libertad y esto al mismo tiempo que sancionaba como himno nacional las estrofas bélicas de Vicente López y mandaba celebrar en forma solemne el día 25 de Mayo en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Al lanzar este decreto, los asambleístas argentinos declaraban: «Se nos presenta ya inmediato el término de la incertidumbre, y viene a grandes pasos el día en que fijaremos nuestros destinos, sellaremos el pacto de esta grande familia, y cerraremos las heridas que ha hecho inevitable la revolución».

Pero la Asamblea no se contentó con estas exteriorizaciones de soberanía. Otros decretos fueron rubricados por los famosos Constituyentes, y así como se creó un escudo nacional y una moneda, se declaró abolido el código indiano y la justicia, que era ejercida por la Real Audiencia, pasó a serlo por el Tribunal de Apelaciones.

A fin de hacer de la Iglesia un sostén político del Estado, se legisló en la función social de la misma. Se violentaron en cierto sentido los cánones, pero no se violentó en modo alguno el patrimonio fundamental de la fe.

Como se ve, la democracia de Mayo desde su iniciación, se reveló constructora e innovadora. Criollos y peninsulares vieron rotos sus vínculos centenarios, y las victorias obtenidas en el centro, como en la periferia del Virreinato, a la sombra de una bandera que no era la del rey y que lo fue la enarbolada por Belgrano junto a las Barrancas del Paraná, evidenció inequívocamente el propósito de colocar a la libertad donde reinaba la esclavitud y la emancipación donde imperaba el vasallaje.

Sólo faltaba para consumar la obra emprendida, una franca declaración de independencia, y esto lo realizó el Congreso que, reunido en Tucumán, juró el 9 de julio de 1816 que las Provincias del Río de la Plata se declaraban independientes del Rey Fernando VII, de su monarquía y de cualquiera otra dominación extranjera.

Cuando este acontecimiento se produjo, el futuro capitán de los Andes, don José de San Martín, se encontraba accidentalmente en la ciudad de Córdoba, pues se había dirigido allí desde Mendoza con el propósito de entrevistarse con Pueyrredón. La noticia no hizo otra cosa que colmar sus viejas y hondas esperanzas, y al dirigirse desde esa Provincia a don Tomás Godoy Cruz, diputado por Cuyo en el referido congreso, le dijo: «Ha dado el Congreso el golpe magistral con la declaración de la Independencia; sólo hubiera deseado que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña exposición de los justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder», y en la misma misiva antes de terminar: «En el momento que el Director me despache, volaré a mi ínsula cuyana. La maldita suerte no ha querido el que yo me hallare en mi pueblo para el día de la celebración de la Independencia. Crea Vd. que hubiera echado la casa por la ventana».

¿Por qué este júbilo, y por qué un desborde semejante en un alma reposada y cautelosa como la de San Martín? La razón de este fenómeno se desprende del conocimiento del drama que el prócer tenía y del conocimiento igualmente que nosotros tenemos de la naturaleza de este prócer, cuyo genio vivía y se expandía, compenetrado sustancialmente con los destinos altísimos de la revolución.

Siendo la democracia argentina expansiva y solidaria por naturaleza, ella no podía ver con indiferencia la suerte de las otras revoluciones en la extensión del continente. Esto fue lo que San Martín comprendió desde el momento preciso en que se incorporó a nuestra revolución, y esto fue lo que lo llevó a clavar sus miradas sobre las almenas de Lima desde el instante en que el estudio cabal e intuitivo del drama revolucionario le permitió trazar la trayectoria que seguiría su estrategia.

Para seguir pues a este ideal, San Martín comenzó por disciplinar las huestes argentinas, creando el regimiento de Granaderos. Lo inmortalizó a éste, bautizándolo con bautismo de sangre en el combate de San Lorenzo, y después de poner a raya a los realistas, organizando la defensa del territorio argentino por el lado del Norte, desde Tucumán se replegó sobre Córdoba y luego sobre Mendoza para dar principio allí a la organización de su futuro ejército libertador.

La argentinidad de San Martín se destaca así más que en las palabras, en los hechos y en la magnitud y trascendencia de los mismos. Lo que no había realizado ningún general de la revolución en el Plata lo realizó él. La Provincia de Cuyo se movilizó bajo el imperio de su palabra en todos sus resortes y elementos. Adelantándose a todo lo que podía presentar como novedoso el comando moderno en las guerras continentales, San Martín al pie de los Andes unificó en su plan directivo el capital y el trabajo, el pensamiento y la industria, la acción de los criollos y la acción de los extranjeros allí residentes. Todo se agrupó en su torno, y todo obedeció a los imperativos de esta voluntad dinámica y creadora por excelencia. Esto realizado, trató él de vencer otros obstáculos. Trató de vencer aquéllos que podía oponerle la naturaleza y que constituían más que los hombres, la causa de sus insomnios, y para lograrlo, se internó en la Cordillera, la recorrió en sus pasos, y pudo así fijar los itinerarios que permitirían a sus legiones llegar a la victoria.

Al tiempo que perfeccionaba sus estudios tácticos, desarrolló su guerra de zapa. El enemigo fue sorprendido con la presencia de sus emisarios. Estos sembraron en Chile la esperanza de su futura redención y éstos le señalaron al glorioso libertador los puntos débiles como los puntos estratégicos en que lo esperaba desazonado y desconcertado en toda la línea el enemigo.

Cuando la hora de la gran empresa se aproximaba, se dirigió a Pueyrredón, y con frase lacónica, pero con genial acento, le dijo: «Aventúrese todo, si hemos de ser libres». Uniendo el ejemplo a la palabra, todo lo aventuró, y poniéndose al frente de ese ejército que era la primera masa de combate organizada a la europea que conocía la América, abandonó su campamento del Plumerillo y, escaló los Andes para renovar en las latitudes del Continente las proezas de Aníbal, de César y de Napoleón.

En virtud pues de estos antecedentes y de estas realidades históricas, podemos afirmar que San Martín se hizo el ejecutor armado del pensamiento libertador de Mayo, vale decir, de aquella democracia que alboreó en sus Cabildos, que comenzó a codificarse en la Asamblea General Constituyente y que puso un broche de oro a las aspiraciones colectivas, proclamando en presencia de Dios y del orbe aquella emancipación política que permitió a las Provincias Unidas del Plata el asumir el rango de Nación.

Pero, aun cuando no nos corresponde el anotar aquí todos los pormenores de la epopeya sanmartiniana y todas las alternativas que le dieron un singular relieve, ésto no nos exime del deber de llamar la atención de los ilustres académicos a los cuales tenemos el honor de dirigirnos: sobre los rasgos más sobresalientes de esa epopeya. En primer término, se caracteriza ella por lo genial de su concepción y por lo acertado de sus miras. Le acompaña el atributo del desinterés y finalmente el sentimiento humanitario que más de una vez provocó gratitud por parte del enemigo.

San Martín forma un raro contraste con el elenco de los muchos gloriosos libertadores que tuvo la América. El ímpetu no precede en él a sus actos. Por el contrario, aquél se subordina a éstos, y todo lo que significa dinamismo o impulso, lo produce el cálculo y la honda meditación.

En lugar del lenguaje declamatorio y pomposo empleado por la retórica de otros capitanes, prefiere él los planes meticulosos y concretos. Por eso en San Martín brilla por su ausencia todo lo que es tropel y tumulto. Sus cargas son rítmicas y mesuradas. Les señala un límite, y logrado su objeto, las energías se repliegan y se acuartelan por así decirlo para un nuevo empeño.

Imitando a la naturaleza, San Martín llega a la finalidad de sus propósitos mediante una germinación lenta y segura. Por eso dominó a los hombres, y por eso dominó al mar y a la montaña. ¿Quién, en esto, puede disputarle al libertador del Sud méritos semejantes? Lo que no había hecho ningún libertador americano lo hizo él; apoyado en Cuyo, trasmontó la Cordillera más elevada del continente, y dominando sus laderas abruptas batió al enemigo, entró en Santiago de Chile y arrancó así al poder realista el reino que se mantenía en servidumbre desde el momento en que la revolución chilena había sido vencida en Rancagua.

El Libertador General San Martín cruzando los Andes

El Libertador General San Martín cruzando los Andes. Ilustración de José Luis Salinas para la Revista Anteojito. 1970

La epopeya no termina ahí. Principia, por así decirlo, en ese punto que simboliza todo su valor nombrando a Chacabuco; y organizando después de largos trabajos y penurias la primera flota libertadora que conocieron nuestros mares australes, zarpó de Valparaíso y desembarcó en Pisco con gran desconcierto de los realistas. Una vez dueño de las playas peruana, lanzó desde allí el grito y la orden de redención. Volviendo de nuevo a sus naves se paseó triunfalmente, enfrentando la fortaleza del Callao, acampó en Huaura, siguió desde allí la jornada libertadora precedida por Arenales en lo alto de la sierra y cuyo desenlace victorioso lo fue la batalla de Pasco, y finalmente vencidos los españoles en el terreno ya táctico, ya diplomático o ya político, entró en Lima y declaró finalizado el período despótico de los virreyes.

Más tarde, y en pleno ejercicio de un protectorado fecundo que espontáneamente le había confiado el voto de la opinión, fue al encuentro de Bolívar porque así se lo pedía su conciencia de libertador. ¿Qué fue esa entrevista, y cuál su resultado? No es el caso el reproducir aquí todo lo que el estudio analítico y documental de semejante suceso nos ha inspirado. Los interesados en la reconstrucción y en el espíritu de ese drama, pueden satisfacer su curiosidad, leyéndonos en la parte que hemos consagrado a la Independencia Peruana en nuestra Historia de San Martín. Con todo, nuestra franqueza de historiador nos obliga a decir que, mientras San Martín buscaba en esa entrevista una franca colaboración por parte de Bolívar, se encontró no con esta franca colaboración, sino con un exclusivismo dominante y comprometedor. ¿Qué hacer en semejante conflicto? La gloria y el derecho estaban de su parte. Su espada y no otra había sido la primera en entrar en el Perú y en provocar allí el derrumbe monárquico. Justo era entonces que a esa espada le correspondiese la gloria singular de finalizar la guerra de la independencia en esas tierras. Pero desgraciadamente su conmilitón del Norte soñaba con su entrada en la tierra de los Incas, quería que el Perú figurase en la órbita de sus dominios, y convencido San Martín de que contrariar esos planes era comprometer los destinos de la causa que tan heroicamente y tan abnegadamente defendía, optó por eliminarse y dejar que Bolívar se hiciese el ejecutor épico de esa gloria.

La centuria que ya nos separa de aquel drama, y los distintos elementos de juicio que la crítica y el estudio ha puesto a nuestro alcance, nos permiten encomiar la conducta del libertador argentino. Procediendo de otro modo, un drama se había agregado a otro drama, y la solidaridad fraternal y doctrinaria de Mayo se habría desvirtuado y malogrado para el destino de América.

En virtud pues de este sacrificio y de los actos de colaboración americana que le precedieron, podemos afirmar que la revolución argentina, tanto en su síntesis doctrinal, como en su teatro panorámico, puede definirse como una revolución continental. San Martín afianzó los destinos de esta revolución creando la alianza argentino-chilena, y lo que es más, libertando al Perú, lo que significaba destruir el baluarte colonial con que España tenía asegurado su dominio en América.

Los publicistas argentinos, como Monteagudo, que acompañaron en su trayectoria triunfal al capitán de los Andes y al vencedor de los realistas en Chacabuco y Maipú, se encargaron de desparramar por la América las magníficas doctrinas de redención humana proclamadas en el Plata.

Cuando Mariano Moreno finalizaba por así decirlo, su propaganda revolucionaria en la Gaceta de Buenos Aires, otra pluma acerada y brillante, es decir Bernardo Monteagudo, en esa Gaceta y luego en el «Mártir o Libre», como en otras publicaciones similares, abordaba con energía los nuevos temas y fundamentaba las razones diversas para que la América se presentase en el consorcio de los continentes libres.

En esta propaganda revolucionaria se siente, a no dudarlo, el calor de lo épico, pero en modo alguno el egoísmo nacionalista, ni el postulado de doctrinas estrechas. Por el contrario, la doctrina predicada por Monteagudo prolonga en el tiempo la iniciada por Mariano Moreno. Domina en toda ella un empeño vivísimo para hacer amable la libertad y odiosa la tiranía. Es por esto que al dirigirse a los americanos les dice: «En vano reclamaréis contra la tiranía, si contribuís o toleráis la opresión y servidumbre de los que tienen igual derecho que nosotros. Sabed que no es menos tirano el que usurpa la soberanía de un pueblo que el que defrauda los derechos de un solo hombre. El que quiera restringir las opiniones racionales de otros, el que quiera limitar el ejercicio de las facultades físicas o morales que goza todo ser animado, el que quiere sofocar el derecho que a cada uno le asiste de pedir lo que es conforme a sus intereses, de facilitar el alivio de sus necesidades, de disfrutar los encantos y ventajas que la naturaleza despliega a sus ojos; el que quiere, en fin, degradar, abatir, y aislar a sus semejantes, es un tirano. Todos los hombres son igualmente libres. El nacimiento o la fortuna, la procedencia o el domicilio, el rango del magistrado o la última esfera del pueblo, no induce la más pequeña diferencia en los derechos y prerrogativas civiles de los miembros que lo componen. Si alguno cree que porque preside la suerte de los demás o porque ciñe la espada que el Estado le confió para su defensa, goza mayor libertad que el resto de los hombres, se engaña mucho, y este solo delirio es un atentado contra el pacto social».

Como lo veis el demócrata asienta sus postulados. La democracia es su desideratum y la apoya ésta en la libertad y en la igualdad que son sus atributos fundamentales. La organización de esa democracia constituye para el ilustre publicista, uno de sus desvelos, la quiere basada en una constitución como Moreno, pero quiere que esa constitución sea fruto no del absolutismo, sino de la voluntad colectiva. «Toda Constitución que no lleve el sello de la voluntad general», escribe él, «es injusta y tiránica: No hay razón, no hay pretexto, no hay circunstancia que la autorice. Los pueblos son libres y jamás errarán si no se les corrompe o violenta».

En el sentir de Monteagudo la revolución americana no es fruto de una casualidad. Cuando ella se produjo la opresión que sobre ella ejercían los dominadores, había ya perdido «el carácter sagrado que le hacía soportable, y la fuerza de un gobierno que se halla a 2000 leguas de distancia, envuelto en las agitaciones de la Europa, no podían servir de barrera a un pueblo que había hecho algunos ensayos de su poder».

Por esto, al apuntar las reflexiones que le arranca su pluma el estudio de esta revolución, declara: «El león de Castilla no volverá a ser enarbolado en nuestros estandartes. Sean cuales fueren los presentimientos de la ambición o de la venganza, nosotros quedaremos independientes, tendremos leyes propias, que protejan nuestros derechos, gozaremos de una constitución moderadamente libre, que traiga al industrioso extranjero y finque sus esperanzas en este suelo».

Cuando estas palabras altamente proféticas y promisoras salían de su pluma, Monteagudo se encontraba en Chile y San Martín ultimaba los trabajos para hinchar las velas de sus naves e iniciar sobre el mar Pacífico la expedición libertadora del Perú. Un año más tarde, y encontrándose en el antiguo imperio de los Incas, y bajo los auspicios de la victoria obtenida por el glorioso capitán escribió: «El 8 de septiembre del año diez de la revolución, pisamos por la primera vez las playas del Perú. Algún día se levantará un monumento sobre el lugar en que el ejército libertador, ofreció a la tierra de los Incas, las primicias de su constancia y heroica decisión a salvarla». Y después: «Desde Pisco a Guayaquil todo se ha conmovido progresivamente, por la acción irresistible del poder moral. Es inútil atribuir esta variación exclusivamente a los jefes, que han tenido el mérito de dirigirla: el buen éxito de sus combinaciones hace honor a su energía, pero ella habría sido estéril, si el espíritu público no hubiese estado preparado a seguirla. Se ha dicho ya muchas veces que las revoluciones son la madurez de los sucesos y no la obra del individuo determinado, a cuyo genio sólo pertenece discernir el momento de la ejecución». Monteagudo establece así el impersonalismo absoluto que en cuanto a doctrina caracterizó a nuestra revolución desde sus comienzos.

Creemos pues que con todo lo dicho y expuesto en las páginas precedentes, hemos dado a conocer en su verdadero origen, en su carácter y en sus modalidades, a una revolución que principió por hacerse comunal, luego constituyente y más tarde americana, bajo el conjuro de sus postulados doctrinales y sus proyecciones continentales. Creemos además que queda debidamente demostrado que esa democracia no fue ni absorbente ni egoísta. Se reveló cautelosa en la hora de su iniciación, pero al poco tiempo de nacer rompió con todos los disimulos, armando el brazo de sus guerreros, salvó los linderos geográficos de su primer teatro y, reconquistando a Chile como libertando al Perú y cooperando eficazmente a la guerra de Quito, reveló su preeminencia y la bondad de sus miras.

Por estas razones en 1824 Monteagudo, que había sido el vocero doctrinal de esta revolución en su faz externa, pudo proponer una federación general de todos los estados americanos, permaneciendo cada estado, en su órbita respectiva. En el sentir del eminente publicista, la guerra de la emancipación había terminado en Ayacucho y en las tierras conquistadas por los Corteses, Pizarros, Almagras y Mendozas no flameaban ya las armas de Castilla, sino los estandartes de los libertadores. Con todo veía él un peligro en el horizonte y lo determinaba éste la santa Alianza en Europa y la entronización de la monarquía lucitana en el Brasil.

Exagerados o exactos tales peligros, Monteagudo quería a toda costa poner a salvo la independencia, la paz y las garantías de América y buscaba así un vínculo solidario y de defensa común entre todas las repúblicas que integraban la vida panorámica del Continente. ¿Estaba desacertado en sus presentimientos el famoso tribuno? Los sucesos que se produjeron más tarde vinieron a demostrar que aun cuando el destino de América era irrevocable cual así ya lo había proclamado San Martín en la plaza de Lima al jurar allí su Independencia, los enemigos de esta Independencia no habían desaparecido del todo, y la Europa los cobijaba junto a las gradas de sus tronos. La Santa Alianza fracasó ante la doctrina de Monroe. América demostró al mundo que era ella una entidad y que como tal ningún otro continente estaba autorizado para entrar en sus dramas y resolver sus destinos.

Con todo, algunas cancillerías del viejo mundo, violentando la realidad de los acontecimientos, pactaron alianzas y violaron así soberanías dignas de respeto. Esto lo prueba la intervención anglo-francesa en el Plata, que la energía y la diplomacia de Rosas supo conjurar; y ésto lo prueba en términos acaso más francos y categóricos el acto de fuerza realizado por las naves de Inglaterra, de España y de Francia en México, cuando Napoleón III excogitaba desde las Tullerías el fin de la república mejicana y la sustitución de su gobierno democrático por el entronizamiento del Archiduque Maximiliano.

Semejante política destructora de aquella independencia, y por ende de la democracia que formaba con ella un bloque continental, provocó vivas protestas en todos los estados americanos, y se demostró así la solidaridad de ideas y de intereses que la guerra de la emancipación había dejado subsistentes y en vías de un crecimiento mayor en todos los sectores emancipados.

El solo anuncio de un atropello semejante por parte de las fuerzas coaligadas y en acción frente a las playas de México, colocó la lira en manos de un poeta argentino, y en estrofas que su musa había sabido revestir de corte clásico, recriminó el delito, fulminó al agresor, y con acento certero pronosticó su fracaso. Este poeta era don Carlos Guido y Spano. México, palabra simbólica, palabra mágica, le sirve de tema a su canto. Preséntalo en el estado de abatimiento y de flaqueza en que lo supone al enemigo y después de descubrir en éste que es un nuevo César una «parodia del romano», se expresa así al entrar en la exposición del brutal atentado:

Obediente a su voz la hueste avanza.
Vana soltando a su altivez las riendas,
Al triunfo cierto en júbilo rebosa;
“Voy a México, dice, a alzar mis tiendas,
Después de sepultarlo en ancha fosa».
¡Crueles! seguid: la vuestra
Ya os aguarda famélica y siniestra.
México está de pie, Lázaro vive;
La libertad tocóle con su vara;
Desde los altos cielos
La bendición recibe,
De Guerrero, de Hidalgo, de Morelos,
Y a defender sus lares se prepara.
Con denuedo el inválido la furia
Del invasor y el ímpetu sujeta.
Del profanado hogar sabrá arrojarle
Vengando airado de su honor la injuria,
A golpes de muleta.


Los presentimientos del vate no tardaron en cumplirse. Maximiliano se entronizó en la Capital de México, pero el pueblo, que había sabido poner fin al imperio del Iturbide, lo puso igualmente al del príncipe austríaco traído a América por la confabulación de elementos extraños y la política intervencionista que tenía su sede en el Palacio de las Tullerías.

El fracaso de esta intentona, como bien lo sabéis vosotros, señores académicos, era el condigno castigo que se merecía esa política de cortas miras, menospreciadora de los valores dinámicos que fundamentan a nuestra democracia y que son los que han servido para fijar el destino irrevocable de América.

La Independencia proclamada en Lima como en Buenos Aires, en Caracas como en Santiago de Chile, en Quito como en México, no podía quedar a merced de reacciones despóticas, anacrónicas y ultramarinas. Se levantaba contra ellas la soberanía continental, la repudiaba con marcada energía, la solidaridad republicana y finalmente la epopeya escrita por Hidalgo, por Bolívar, por O'Higgins, por Sucre, por San Martín y por todos esos denodados campeones, que con el menosprecio de sus vidas reconquistaron su libertad.

Toda la América, pues, vive y perdura en ese vínculo de epopeya. La sangre derramada en las faldas andinas, como en la cuenca del Orinoco, en las mesetas del Alto Perú, como en aquellas otras que en día lejano y bien pretérito sirviera de teatro al imperio Azteca, consagra con sus postulados progresistas y humanitarios las bondades que encarna su revolución.

Mientras la Europa se desangró en pro de feudos y de monarcas enorgullecidos de su progenie fabulosa y ficticia, la América sólo lo hizo para implantar en sus tierras fecundas y privilegiadas la libertad en que, a no dudarlo, se salvará la civilización: Esta es su grandeza, y por esto el Continente que habitamos cumple un destino y concentra sobre sí las miradas del mundo. En buenos términos se puede decir que es éste y será siempre el mejor triunfo de su democracia.

Por José Pacífico Otero. Fundador y primer presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano. Trabajo de introducción presentado a la Academia Nacional de Historia y Geografía de México, el 18 de enero de 1933.

Fuente: Pacífico Otero, José. La Revolución de Mayo y su influencia en América, y otras páginas sanmartinianas. Instituto Nacional Sanmartiniano. Buenos Aires, 1978, bicentenario del nacimiento del Libertador.