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Instituto Nacional Sanmartiniano

Historia del Libertador Don José de San Martín de Pacífico Otero. Capítulo 10. San Martín incorpórase a la Revolución Argentina

Continuamos con la publicación de la obra cumbre del fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano. En esta ocasión "San Martín incorpórase a la Revolución Argentina". Por José Pacífico Otero.

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CAPÍTULO 10

SAN MARTÍN INCORPÓRASE A LA REVOLUCIÓN ARGENTINA

SUMARIO.- El Viejo y el Nuevo Continente.- La raza que concibió y llevó a término la emancipación.- El drama revolucionario cuando San Martín se desprendió de España.- Buenos Aires en la lucha de la reconquista y de la defensa.- La primera expedición a las provincias del Alto Perú.- Castelli llega al Desaguadero y es derrotado en Huaquí.- Belgrano y su expedición al Paraguay.-A traviesa el Paraná y se bate en Maracaná.- Lo que opina sobre la resistencia paraguaya.- Armisticio firmado después de Tacuarí.- Cómo terminó esta expedición.- Ruptura política entre Montevideo y Buenos Aires.- Elío designado por la Regencia para sofocar la revolución.- Al llegar a Montevideo declara éste la guerra a Buenos Aires.- Combate de Azopardo con Romarate en el Paraná.- Belgrano al frente del ejército en la Banda Oriental.- Establece su cuartel general en Mercedes y hace un llamado a Vigodet.- En vísperas de la victoria la Junta lo retira del ejército.- Vigodet después de la batalla de las Piedras.- Falta éste a lo pactado y viola el armisticio.- El gobierno de Buenos Aires comunica al de Chile las depredaciones portuguesas en la Banda Oriental.- Cómo y cuándo San Martín se pone en viaje para incorporarse a la revolución.- Criollos con quienes se encuentra al llegar a Londres.- En enero de 1812 se embarca para el Plata.- El ausentismo de tres décadas no extinguió en él las añoranzas nativas.- Primera lección de soldado y de patriota que nos da San Martín.- El Triunvirato lo reconoce en su grado de Teniente Coronel y lo nombra comandante del escuadrón de Granaderos a Caballo.- Instruye y uniforma a su tropa.- Una reglamentación inflexible.- Rivadavia se hace eco de su petitorio y ordena un reclutamiento en Yapeyú, de donde era oriundo San Martín.- San Martín en el plano directivo de la revolución.- Forma diversa con que él y Alvear se incorporan a ésta.- Las sociedades secretas y la estrategia.- Si era moral o inmoral la logia por él fundada.- Trabas que sufría la revolución.-Por qué se retardaba la convocación de un congreso.- Causas determinantes de la revolución del 8 de octubre y papel que desempeñó San Martín.- Cómo se explica su intervención en este acontecimiento. Incidente entre San Martín y Pueyrredón.- Cómo lo relata Vicente F. López y cómo sucedió según los documentos.- Uno y otro hacen la grandeza de la patria.- En 1812 se le nombra Coronel y obtiene un doble triunfo.- El Capitán de los Andes.

El siglo XIX se caracteriza por dos grandes acontecimientos, y éstos son los más opuestos y contradictorios. Mientras que por un lado el despotismo hace el esfuerzo más grande que recuerda la historia para imponerse a la civilización en el Viejo Mundo, en el Nuevo la libertad rompe en eclosiones indígenas y ocasiona así el nacimiento de nuevas nacionalidades. En el primero de los casos un hombre es el árbitro de los sucesos, pero en el segundo, doctrinariamente hablando, las personalidades desaparecen y el instinto plebeyo triunfa de todo jefe o caudillo.

A pesar de ser antagónicos y de naturaleza distinta, el segundo de los acontecimientos puede considerarse como derivado lógico del primero. Éste no lo inspira ciertamente, pero lo determina, y es así como buscando una finalidad de orgullo contribuye Napoleón a que tome forma y vida otra que lo es de libertad en el Continente que escapa a su dominio.

Por razones que ya son del dominio doctrinal e histórico, las colonias del Nuevo Mundo estaban destinadas a su independencia. Querer impedirlo era querer impedir lo inevitable, y el tiempo, factor que determinó el descubrimiento y la conquista, determinaría igualmente la emancipación, proceso inevitable en las agrupaciones raciales y autóctonas.

El rasgo de nobleza de esta emancipación lo define el carácter de la raza que la concibió y la llevó a término. La América hispánica encontrábase poblada con su raza originaria, o sea la indígena, pero se encontraba poblada también con los aluviones étnicos que representaban sus masas conquistadoras y no faltaban tampoco las tribus de color, trasplantadas allí en nombre de la esclavitud y de una economía social y política inhumana y rudimentaria. Todo esto determinó una amalgama social, ventajosa para el conquistador y desventajosa, en un principio, para el conquistado. Poco a poco aquél se hizo el dueño y señor de las tierras. Al amparo de la ley estableció sus cabildos, sus audiencias, sus capitanías generales y sus virreinatos, y día llegó en que la España peninsular -salvo en lo que tenía de soberana- resultó minúscula al lado de esta España ultramarina y continental.

Pero las leyes y las instituciones -leyes e instituciones que se llamaban de Indias- eran exóticas, y mientras ellas caducaban o se envejecían, de aquella amalgama social surgía un nuevo producto étnico ya destinado por la Naturaleza y por Dios al dominio absoluto del Continente. De origen caucásico, como el peninsular, a cuyo tronco lo unía la savia racial, tenía de éste los gérmenes fundamentales con que se honraba lo hispánico; pero crecido en otro medio, acicateado por otros estímulos y respirando otras atmósferas, este elemento adquirió con el tiempo la preponderancia del número, y aun el de la calidad, sobre lo que era peninsular. No es el caso de exponer aquí lo que fue y lo que hizo el ingenio criollo durante la conquista, primero, y la colonización más tarde. Nos basta decir que si los criollos no eran los detentores del poder -por celo España sólo confiaba el mando a los peninsulares-, lo eran de la cultura.

Era esta raza, pues, la raza criolla y no la peninsular, como tampoco la indígena o la mestiza, la que estaba destinada a romper los vínculos de vasallaje que unían a la América con España. Llegado el momento para hacerlo, estas masas se alzaron en rebeldía y dieron así nacimiento a esa gran revolución, la Revolución Hispanoamericana, que, por su teatro, por lo épico de sus choques y por lo trascendental de sus consecuencias, puede considerarse como el más grande de los acontecimientos del mundo moderno.

Cuando San Martín se decidió por desprenderse de España y volcarse por entero en esta revolución, el drama revolucionario se extendía por todo el Continente. Con sincronismo admirable, los grupos étnicos que lo poblaban -grupos criollos todos ellos- se habían despertado a impulso de una grande esperanza, y pretextando obediencia a un monarca que Napoleón tenía cautivo, formado juntas de gobierno que al poco andar se convirtieron en congresos, en asambleas, en directorios y en triunviratos, para concluir finalmente rompiendo con aquel artificio y revelando ante el mundo la verdadera finalidad de sus propósitos.

Siendo un americano y un criollo de cepa, San Martín no fijó sus ojos ni en el Orinoco, ni en el Imperio que fuera de los Incas, como tampoco en aquella faja costera del Pacífico, que ya figuraba en la historia con el nombre de Reino de Chile. Su elección, para llegar culminando sus proezas al centro del poder colonial, que lo era Lima, fijóse primero en el Plata, vale decir, en ese virreinato que ocupaba la cuarta parte en el extremo austral del Continente, que tenía escasamente una población de 1.000.000 de habitantes, y que la descomposición colonial lo convertiría más tarde en teatro geográfico de cuatro Estados republicanos, hoy la Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay.

Como virreinato, no era ni el más rico ni tampoco el más considerado por parte de la Corona. Le aventajaban en sociabilidad, en opulencia y en arte los de México, de Nueva Granada y del Perú. Con todo, dentro de sus fronteras se encontraban todos los accidentes más variados de la naturaleza, y su entrada la constituía el estuario de uno de los más grandes ríos del universo. El espejismo del conquistador y el verbo del bardo aunáronse para bautizarlo con nombre simbólico, y creyéndole cuenca del argentino metal, lo llamaron «el Plata». Pero el equívoco lo corregiría el Destino, y la argentinidad del nombre se haría efectiva más tarde con la argentinidad de los dones.

Cronológicamente hablando, el Virreinato del Río de la Plata fue el último de los virreinatos. Su erección sólo tuvo lugar en 1778 y fue su primer virrey aquel don Pedro de Cevallos, gran General y pesadilla de los portugueses, que no contentos con las vastas tierras que les brindaba el Brasil, codiciaban mayor dominio y guerreaban con los castellanos para adueñarse de una de las orillas del Plata. Al crearse este virreinato se fusionaron en una las gobernaciones de Buenos Aires, del Tucumán y del Paraguay, y, a pesar de encontrarse en estas tres grandes parcelas de tierra americana ciudades tan importantes como lo eran Córdoba, en el Tucumán; Charcas, en el Alto Perú, y la Asunción, en el Paraguay; la designada para capital de este virreinato fue Buenos Aires.

Fundada en 1535 por don Pedro de Mendoza, dejó de existir pocos años después, incendiada por los indios dueños de la comarca. Un vasco ilustre, uno de esos prohombres que por sus iniciativas y empresas son el honor de la civilización, don Juan de Garay, comprendió que un estuario tan vasto como el Plata no podía vivir sin su metrópoli, y en 1580, después de fundar la ciudad de Santa Fe sobre el Paraná, se decidió por refundar a Buenos Aires, eligiendo para esto la planicie más cercana a las bocas del Riachuelo. Garay la bautizó con un doble denominativo. La ciudad lo fue la de la Santísima Trinidad, y el puerto llamólo de Santa María de los Buenos Aires. Pronto el gusto popular sincopó aquello y el nombre de Buenos Aires quedó primando para designar esta última fundación de Garay.

A pesar de lo excelente que era esta su posición, el crecimiento de la nueva urbe caracterizóse por su lentitud. La distancia que la separaba de Europa era enorme. Los tiempos aquellos eran, además, los de la riqueza minera, y las naves españolas que cruzaban los mares daban su preferencia comercial a los puertos de México o del Perú.

Por otra parte, el régimen de monopolio era una traba para los frutos, ganaderos o agrícolas que producía el país. El virreinato argentino no tenía más mercado que el de Cádiz, y si con este mercado se enriquecían los agentes del fisco, se empobrecía el país, privado como estaba de su libertad comercial.

Las invasiones inglesas que tuvieron lugar a principios del siglo XIX, sirvieron para promover un cambio en este orden de cosas, y en vísperas de estallar la Revolución de 1810, un abogado criollo, el que sería más tarde el numen de esta revolución, Mariano Moreno, presentó al Virrey Cisneros, en nombre de 20.000 hacendados, un memorial para que un régimen tan odioso como lo era el del monopolio, fuese abolido. Sabían los naturales de estas tierras que ellos eran los detentores de una riqueza en germen; pero así como se veía sofocada la libertad, veíase igualmente restringida la vitalidad económica, fuerza expansiva y natural que es la primera razón de ser en los pueblos. Esta certidumbre de su grandeza futura era tan honda en la conciencia de los criollos, que una pluma anónima hablando de Buenos Aires, escribió esto en 18033: «Su situación en el clima templado, a los treinta y cuatro grados y 36' y 45" de latitud meridional, y cincuenta y cuatro grados, 25" y 38" de longitud occidental, del meridiano de Madrid, fértil terreno y a orillas de un río caudaloso, es a un mismo tiempo la más oportuna para un ventajoso tráfico. Recibe de Europa los efectos comerciables por su puerto y los transmite por caminos llanos hasta la inmediación del Perú y Chile. Estas provincias le son naturalmente tributarias por los renglones de mulas y hierba mate. Cincuenta años ha, no ascendía la importación anual de Europa a un millón de pesos; actualmente pasa de cinco. Esta progresión ofrece que Buenos Aires dentro de poco podrá pagar todo lo que necesita, y andando los tiempos ascenderá a la opulencia». [1]

Hay presentimientos que valen una profecía, y a no dudarlo acertó con ella quien en las postrimerías del régimen colonial, al correr de la pluma, estampó tamaña declaración. Efectivamente, andando los tiempos, Buenos Aires llegaría a la opulencia, pero ésta su opulencia, no lo sería sólo del dinero, sino que, abarcando un campo mayor, comprendería al mismo tiempo aquellos otros valores que hacen la grandeza social y política de los grupos humanos.

A pesar de ser una ciudad obscura y plebeya, fue siempre Buenos Aires una ciudad liberal y valerosa. Las luchas de la Reconquista y de la Defensa revelaron su coraje y esparcieron su nombre por el mundo. No era una ciudad guerrera, pero sí una ciudad altiva, y aun cuando presentía y caminaba ya derecho a la emancipación, ésta, la quería absoluta y no cambiando de vasallaje. Uno de sus hijos, Manuel Belgrano, reveló admirablemente este estado de espíritu, diciéndole a Craufurd, uno de los jefes de las fuerzas británicas en el Plata: «Queremos al amo viejo o a ninguno».

Fue, pues, en esta capital, en donde el día 25 de mayo de 1810 se consumó el acto revolucionario con que las colonias argentinas se alzaron para romper los vínculos que las unían con la Madre Patria. Fue ésta, como dijo el historiador Bartolomé Mitre, una revolución ejecutada sin violencia, por la sola fuerza moral de la opinión. La transición entre el nuevo y el viejo régimen pudo operarse sin sacudimientos, y el pueblo entró en posesión de su soberanía con la moderación y conciencia que tenía de sus derechos. [2]

En los Cabildos de Mayo los tribunos de esta revolución expusieron con claridad meridiana su razón legal. En el sentir de ellos España había caducado, y con ella caducaban las autoridades que eran su emanación. Le correspondía, pues, al pueblo, el reasumir su soberanía e instituir el nuevo gobierno que, en representación del monarca cautivo, gobernase sus dominios. Fue esto lo que se sancionó después de largos debates, y el día 25 de mayo de 1810, en reemplazo de un virrey declarado cesante en el ejercicio de sus funciones -lo era don Baltasar Hidalgo de Cisneros-, entró a gobernar al país una Junta llamada Gubernativa.

A los pocos días de constituida ésta salió de Buenos Aires la primera expedición militar destinada a apoyar los movimientos subversivos en las provincias del Alto Perú, que integraban este virreinato. [3] Componíase ésta de más de mil hombres y comandábala el comandante de arribeños, don Francisco Ortiz de Ocampo. Al llegar a Córdoba encontróse allí la primera resistencia, opuesta por los realistas, pero sin elementos suficientes para medirse con los patriotas, autores de esta insurrección –lo eran el intendente de Córdoba don Juan Gutiérrez de la Concha; el ex virrey Liniers; el obispo Orellana; el Coronel Allende; el tesorero Rodríguez, y el contador Moreno- fueron hechos prisioneros, y por orden de la Junta, Castelli, que era su delegado, exceptuando al obispo, los fusiló a todos en el lugar conocido con el nombre de Cabeza del Tigre.

Decapitada así la resistencia, los patriotas prosiguieron adelante, bajo el comando de Balcarce y de Castelli, y después de reforzarse esta columna expedicionaria con los contingentes que le envió desde Salta don Martín Miguel de Güemes, el 27 de octubre prodújose en Cotagaita el primer choque serio entre patriotas y realistas. Este primer encuentro fue favorable para las armas de la revolución, pero el 7 de noviembre se obtuvo la victoria de Suipacha, y cayeron después de ella en manos de los patriotas, el intendente Pablo Sanz y los Generales Nieto y Córdoba. Castelli hizo sellar en estas circunstancias, como lo había hecho en Córdoba, con una nota de terrorismo la jornada triunfal y llevó al patíbulo a estos tres jefes a su vez implacables contra los que en el Alto Perú habían dado la nota de la insurrección.

A raíz de esta victoria, Castelli avanzó hacia las márgenes del Desaguadero, límite entonces que separaba el virreinato del Plata del virreinato del Perú, y firmó allí un armisticio con el General Goyeneche, el 13 de mayo de 1811. Castelli y las tropas patriotas descansaban en la palabra jurada cuando el 20 de junio, Goyeneche, olvidando lo pactado, cayó sobre ellos por sorpresa y derrotólos completamente en Huaquí, obligando a las pocas fuerzas que escaparon al desastre a emprender la retirada. En ese momento era presidente de la Audiencia de Charcas don Juan Martín de Pueyrredón. Comprendió éste que la victoria de Goyeneche comprometía grandemente la suerte de la revolución en aquellas provincias del virreinato y, como gran patriota que era, optó por ponerse en marcha, pero captando primero el tesoro, calculado en un millón de pesos, que se guardaba en la Casa de Moneda como en el Banco de Rescates de Potosí. El éxito lo acompañó en tan patriótica iniciativa, y distribuidas las cargas metálicas en la forma que lo creyó útil para su transporte, abandonó su residencia y después de largas y penosas jornadas llegó a Tarija al frente de este tesoro para pasar luego a Salta capitaneando los grupos dispersos que el azar y las circunstancias habían puesto bajo su comando.

La derrota de Huaquí trajo como consecuencia inmediata la disolución de la Junta y la formación de un Triunvirato, en que entraron a figurar don Feliciano Chiclana, don Manuel de Sarratea y don Juan J. Paso. Como secretarios fueron designados don José Pérez, don Bernardino Rivadavia y don Vicente López, quedando encargado el primero de la cartera de Gobierno, de la de Guerra el segundo, y de la Hacienda el tercero. Los nuevos triunviros se hicieron cargo del gobierno el 23 de septiembre de 1811, y uno de sus primeros actos fue designar a Pueyrredón jefe del Ejército del Alto Perú. Pueyrredón, en realidad, no contaba con un ejército. Sólo tenía bajo su mando algunos miserables y desconcertados restos, como él decía, de aquel ejército que había sido derrotado en Huaquí; mas no quiso negarse a la gloria de salvar la patria y aceptó ese cargo. Esto sucedía en octubre de 1811; pero enfermo de una grave dolencia, vióse obligado, poco tiempo después, a pedir un substituto, y el Triunvirato designó para dicho comando al General don Manuel Belgrano. A mediados de marzo de 1812, Belgrano y Pueyrredón se encontraron en Yatasto, localidad distante cincuenta leguas de Humahuaca y veinte al norte de Tucumán. Belgrano se hizo cargo de ese puñado de bravos con que pronto obtendría la primera de sus victorias, y Pueyrredón se dirigió a Buenos Aires, en donde, al poco tiempo de llegar, fue designado para ocupar el puesto que dejaba vacante en el Triunvirato, por cesantía legal, don José Paso.

En el plazo de dos años la revolución argentina había insurreccionado los pueblos del Norte; sus fuerzas expedicionarias habían llegado hasta el Desaguadero, y si el triunfo sobre la resistencia realista no le había dado todo el dominio del virreinato, contaba ya con sus avanzadas defensivas en sus fronteras y le cerraba el camino a ese Goyeneche que, ansioso de sofocarla, le excogitaba un avance victorioso sobre la capital.

Pero conocida la suerte militar de la revolución por el norte del virreinato, retrocedamos en la exposición de los acontecimientos y estudiemos sumariamente lo que le cupo en sus expediciones al Paraguay y a la Banda Oriental.

Las operaciones por el lado del litoral argentino ofrecían mayores dificultades que las que se encontraban por el Norte. En primer lugar, toda la Banda Oriental, y principalmente Montevideo, constituía un punto estratégico para la resistencia de los realistas. El Plata, como sus afluentes del Paraná y el Uruguay, encontrábanse surcados por su flota, y Montevideo, plaza fuerte que era, podía recibir impunemente los refuerzos ultramarinos que le mandaba la Península.

Por lo que se refiere al Paraguay, era ésta una provincia del virreinato, pero el acceso a ella lo dificultaba en parte la naturaleza, en parte el fuerte partido español que allí reinaba y en parte, finalmente, la indolencia instintiva de la raza guaraní, sobre la cual aquéllos ejercían su tiranía y su monopolio. Para emprender allí una campaña de liberación, necesitábase de un hombre de cualidades excepcionales y la Junta creyó encontrarlo en don Manuel Belgrano, quien, elegido por ella para dicho fin el 4 de septiembre de 1810, como General en Jefe de las fuerzas expedicionarias, se puso al frente de éstas el 24 del mismo mes.

A su partida de Buenos Aires para el Paraguay, las fuerzas de Belgrano se componían apenas de doscientos hombres, reclutados entre los cuerpos de Arribeños, de Pardos, de Morenos, y del batallón de Granaderos de Fernando VII. De Buenos Aires, la expedición se dirigió a San Nicolás de los Arroyos, de allí a Santa Fe y el 16 de octubre encuéntrase en la bajada del Paraná con una fuerza que llega ya a novecientos cincuenta hombres de tropa, gracias a los diferentes contingentes que se le incorporaron en el camino. Debiendo atravesar la provincia de Entre Ríos, Belgrano hizo alto en Curuzú Cuatiá y después de decretar la fundación del pueblo de ese nombre y el de Mandisoví se puso nuevamente en viaje, dispuesto, como lo dice a la Junta, «a concluir con los del Paraguay». El 20 de noviembre, llega a las orillas del río Corrientes; escribe desde allí que «espera alucinar al guerrero Velasco», y concluye diciendo: «quisiera ayudar a V.E. de todos modos; me desvelo por sus glorias y, si no acierto, no es falta de voluntad. Aunque mi salud está quebrantada y me hallo por unos países tan trabajosos, poco me importa, como consiga satisfacer la confianza que le debo».

Al mismo tiempo que se dirigía hacia la laguna Iberá para acercarse a Candelaria, con el fin de atravesar por allí el Paraná y entrar en el Paraguay, lanza proclamas, dirígese al gobernador del Paraguay y escribe notas a su obispo como a su cabildo. En todos estos documentos pone a claro los motivos de su expedición. Significa cuáles son los verdaderos propósitos de la Junta que lo hace su mandatario y no oculta que sus más vivos deseos son los de evitar una guerra civil. «Estos dominios, dice él en uno de estos documentos, de nuestro desgraciado Rey, han de permanecer unidos, a pesar de las cábalas, intrigas e insidias de los mal intencionados, pues, a más de clamar por ello los pueblos, se evita por ese medio el que caigan en manos de potencia extranjera o reconozcan al intruso Rey de España, Napoleón, como han hecho algunas provincias, y aun los mismos que eran vocales de la Junta Central, y formaron ese que se dice Consejo de Regencia, cuya autoridad ilegítima estaba circunscripta a Cádiz y a estas horas tal vez no exista, o si existe, sea con el objeto de ver si puede afianzar las Américas a la dominación napoleónica, valiéndose de los arbitrios de que V.S., alucinado, ha echado mano». [4]

Para poder atravesar el Paraná sin ser molestado por el enemigo hizo Belgrano que el gobernador de Corrientes, don Elías Galván, se colocase en Itatí con trescientos hombres. La presencia de estas tropas en aquel lugar podía hacerle creer a Velasco que eran sus propósitos efectuar la travesía por aquel punto, pero su intención era otra y, a pesar de encontrarse en la orilla opuesta las avanzadas paraguayas comandadas por Pablo Thomson, decidió hacerlo por Candelaria, buscando como punto terminal de su travesía el conocido con el nombre de Campichuelo, en la costa paraguaya. Sin esperar la llegada del Coronel Rocamora, que al frente de cuatrocientos militares reclutados en Misiones venía en su auxilio, una vez en territorio paraguayo Belgrano decidió atacar a las fuerzas de Thomson y, después de derrotarlas, prosiguió adelante atravesando terrenos tan malos que, al llegar a Tacuarí, escribió a la Junta que el camino recorrido desde Campichuelo hasta aquel lugar era tan malo que por los torrentes de agua se hacía casi imposible su tránsito.

El 6 de enero, las avanzadas de Belgrano se encontraron con las paraguayas en Maracaná. Este encuentro le fue del todo favorable, pero por falta de caballería no pudo ordenar la persecución del enemigo.

El Ejército paraguayo se componía, en ese entonces, de cerca de siete mil hombres. Esto no acobardó a Belgrano, quien dividiendo sus fuerzas en dos divisiones, la una de quinientos hombres y la otra de doscientos, decidió atacarlo en Paraguarí, lugar en que el enemigo había desplegado sus batallones en orden de batalla. Antes de lanzarse sobre él despachó una partida exploradora de ciento treinta hombres y después de arengar patrióticamente a su tropa se lanzó sobre el enemigo apenas alboreaba en el horizonte el día 19 de enero. La carga ordenada por Belgrano fue llevada a cabo con mucho ímpetu, hasta el punto que la línea paraguaya quedó rota en su centro y el propio Velasco se vio en la necesidad de ponerse en fuga; pero en lugar de atacar en ese momento los flancos enemigos, no lo hizo y perdió así la oportunidad de obtener allí una brillante victoria. Mas lo que no había hecho Belgrano lo hicieron los paraguayos, y mientras las avanzadas de aquél perseguían a los soldados en fuga, las dos alas del grueso del ejército cargaban sobre él y batiéndolo hacían suya la victoria.

La resistencia que encontró Belgrano por parte de los paraguayos inspiróle la convicción de que era del todo imprudente e infructuoso el proseguir adelante. «Estoy convencido, le dice a su Gobierno, que este país no quiere perder los grillos, aunque me persuado que con el tiempo llegará a convencerse de los errores en que está contra nuestra justa causa», y decidió entonces retroceder hasta las orillas del río Tacuarí, en donde acampó. Después de esta batalla de Paraguarí las tropas de Belgrano se componían de cuatrocientos hombres -su avanzada, la que cargó en esta batalla, había quedado prisionera del enemigo-, y el día 9 de marzo estas fuerzas se vieron sorprendidas por las del General Cabañas, que a toda costa querían cortarle la retirada. La posición que ocupaba Belgrano, al decir del mismo, era ventajosa, pero los paraguayos formaban un ejército de más de tres mil hombres. El combate inicióse por una y otra parte con vivísimo fuego de artillería. Cabañas atacó luego el flanco derecho de Belgrano y logró poner fuera de combate a la división patriótica que comandaba Machain, haciéndola prisionera. El centro se conservaba impenetrable al enemigo, declara él en su parte, y enterado de la suerte que había sufrido su primera división, decidió contener el avance paraguayo, poniendo en juego dos piezas de artillería y ciento treinta y cinco fusileros que era la única fuerza que le quedaba. Desgraciadamente este ataque no dio resultado y muchos de sus soldados desertaron cobardemente; en vista de esta circunstancia, el jefe realista, envalentonado por su ataque victorioso sobre el flanco derecho de Belgrano, le envió un parlamentario, intimándole rendición. Fue entonces que Belgrano tomó la pluma y escribió esta respuesta famosa: «Las armas de S.M. el señor don Fernando VII -el Fernando VII en este caso no lo era el monarca hispánico, sino el pueblo de Mayo que surgía como patria-, no se rinden en nuestras manos; que avancen cuando gusten». [5]

El combate de Tacuarí finalizó con un armisticio que firmaron en la más estrecha amistad, Belgrano y Cabañas, el jefe de las tropas paraguayas. Por ese armisticio, convínose que entre el Paraguay y la capital de Buenos Aires reinaría un perfecto sentido de paz y de unión, interesándose ambos países por un franco y liberal comercio de todos sus frutos. Declárase allí que, por la falta de unión que ha existido, el Paraguay ignora el estado deplorable en que se encuentra España, y que todas las provincias del Río de la Plata están unidas y prestan obediencia a la de Buenos Aires. Acuérdase que el Paraguay deberá elegir el diputado que la represente y que la ciudad de la Asunción se formará su junta de gobierno, como lo ha hecho la de Buenos Aires.

«Para que se cerciore más la provincia del Paraguay, escribe Belgrano, de que no he venido a conquistarla, sino a auxiliarla, me ofrezco a volver las mismas especies, o su equivalente en dinero, según convenio que celebremos.» Pide que no se cause perjuicio alguno a las familias de dicha provincia que, siguiendo la causa de la patria, han prestado su concurso al ejército de su mando y que siendo los soldados de este ejército, caídos prisioneros, hijos de la patria y sus defensores, se les dé la libertad para que reintegren sus regimientos.

Cabañas contestó a estas proposiciones de armisticio en forma cordial. Dijo que su autoridad era limitada y que, por lo tanto, no podía resolver a punto fijo ninguno de los artículos propuestos por Belgrano, pero que creía en su palabra y en su autoridad y que esperaba, por lo tanto, que el gobierno de la capital de Buenos Aires «diera al Paraguay una satisfacción arreglada de manera que prevalezcan las leyes y costumbres que han guardado nuestros mayores». «Quedo deseoso, concluye, de que V.E., a continuación del papel de ayer de mi condescendencia a su parlamentario, ponga el suyo y firmado me lo devuelva original, en cuyo proceder tendré prueba de su generosidad, la misma que ofrece a V.E. el que con el mayor respeto tiene el honor de llamarse su mejor servidor».

Así terminó esta campaña sobre el Paraguay, iniciada con un ejército minúsculo y que, además, obligó a Belgrano a recorrer un camino obstaculizado por vías fluviales, por bosques y por pantanos. Belgrano lo hizo con estoicismo admirable y su fe en la patria permitióle aceptar y ofrecer batallas a un enemigo perfectamente pertrechado, muy superior en número y dueño de un terreno que él atravesaba con tropas bisoñas, pasando horas enteras sin probar bocado, caldeadas por los rayos de un sol ardiente y sin tiendas para refugiarse de lluvias torrenciales.

Los laureles del triunfo militar, estrictamente hablando, no le pertenecían, pero sí los de la diplomacia. El Paraguay no se plegó a la causa de la revolución como lo quería Belgrano y la Junta aquella que lo había hecho su mandatario; pero si se negó a los patriotas, negóse igualmente a los realistas, declarando más tarde su independencia, y privando así al gobierno español de Montevideo del apoyo precioso que allí tenía.

Por lo que se refiere a la Banda Oriental, he aquí cómo se iniciaron las hostilidades entre el poder realista y la Junta de Buenos Aires convertida en árbitro del virreinato.

Desde la sublevación del gobernador Elío contra Liniers quedó latente una ruptura moral y política entre Montevideo y Buenos Aires; pretextando que dicho Virrey conspiraba contra los intereses de la Península, sirviendo de agente a los planes de Napoleón, los españoles, que formaban allí un partido poderoso, se reunieron en cabildo y designaron una Junta Gubernativa que obrase con independencia de aquel Virrey. Elío declaró que esa junta se erigía con el laudable, católico y religioso designio de conservar incólumes e intactos los derechos del Rey natural don Fernando VII, y basado en esta política formóse allí el fuerte partido monárquico contra el cual se estrelló la revolución argentina del año 1810. El grito, pues, de independencia lanzado en Buenos Aires el 25 de mayo fue recibido allí con gran recelo, y el propio don José Paso, delegado de la Junta Revolucionaria para pedir al Cabildo de Montevideo su cooperación, regresó de allí después de comprobar el fracaso de su cometido.

Después de estos primeros acontecimientos la plaza de Montevideo, que al decir de un historiador español «no podía destruir el furioso torrente que salía de la volcanizada Buenos Aires» [6], encerróse en una actitud expectante esperando, ya el fracaso de la expedición libertadora dirigida sobre el Alto Perú, ya los nuevos recursos que de un momento a otro podían llegarle de la Península. Así pasó todo el resto del año 1810; pero creyendo la Regencia que era fácil sofocar la revolución, designó al General don Francisco Javier de Elío para que asumiese el puesto que había dejado vacante el Virrey Cisneros, depuesto por la Revolución, e intentase, ya por la persuasión, ya por la fuerza, restablecer el imperio colonial que España había perdido.

A su llegada a Montevideo, el primer acto de Elío revestido de su autoridad de Virrey fue el de dirigirse a la Junta de Buenos Aires, lo mismo que a su Cabildo y a su Audiencia, significando en nota escrita el 15 de enero de 1811 que estaba dispuesto a echar un velo sobre lo pasado y, por lo tanto, a entrar en un terreno de armonía con aquel gobierno; mas la Junta de Buenos Aires cerró sus oídos a esta proposición. Llevado de cólera por el desaire sufrido, Elío rompió las hostilidades el 13 de febrero de dicho año. La declaración de guerra al gobierno de Buenos Aires fue seguida de un bando en el cual se clasificaba de rebeldes y de revolucionarios a todos los individuos que componían aquella Junta y se amenazaba seriamente a todo aquel que militase en este bando de los facciosos. La Junta no se alarmó por estas fanfarronadas y aceptó serenamente este desafío, procediendo en el acto a la formación de una escuadrilla que permitiese a la revolución contrarrestar el poderío fluvial que en el Plata y sus afluentes ejercían los españoles. Esta flotilla o embrión de escuadra fue compuesta con la goleta Invencible, con el bergantín Veinticinco de Mayo y con la balandra América. Los buques éstos fueron tripulados con soldados que pertenecían en parte al regimiento de Granaderos de Fernando VII y en parte al de Patricios e iban armados con treinta y tres cañones. Fue designado para comandarla don Juan Bautista Azopardo que, aunque extranjero -Azopardo era maltés de origen-, era un bravo marino y un fervoroso adepto de la revolución. La flotilla se lanzó a la vela el 16 de febrero de 1811. Salió de Buenos Aires con refuerzos de tropa para el ejército que comandaba Belgrano en el Paraguay; pero apenas se informaron los españoles que esto sucedía, despacharon en su persecución una escuadra, mucho más poderosa que la modesta flotilla patriótica, al mando de Romarate. El 2 de marzo tuvo lugar el encuentro de éste con Azopardo, y por más que el valiente marino maltés buscó ardorosamente la victoria, ésta se declaró por Romarate. El combate efectuóse en el Paraná, cerca de San Nicolás. El Gobierno, lejos de desalentarse por este contratiempo, escribió a Belgrano para que pasase a la Banda Oriental con el fin de llevar allí la guerra contra los españoles. La caída de Montevideo, siendo para el gobierno de Buenos Aires cosa fundamental, éste aconsejaba a Belgrano que acelerase sus marchas y fuese con sus tropas a incorporarse con el ejército patriota, que ya estaba acampado en Mercedes.

Designado para llevar la guerra a las costas del Uruguay el día 7 de marzo, el 15 de ese mismo mes Belgrano le decía a Cabañas desde Candelaria: «Mientras usted se preparaba a atacarme, nuestros hermanos de la capilla nueva de Mercedes y Soriano han sacudido el yugo de Montevideo. A ellos se han seguido los del arroyo de la China, Paysandú y hasta La Colonia, habiendo tomado en el primer punto cinco cañones, barriles de pólvora y fusiles. Esto puede probar la falsedad de los seis mil hombres traídos por Elío.» Después le agrega: «Pronto los nuestros se acercarán a las murallas de aquella plaza, y también verá el Paraguay la falsedad de que los montevideanos iban a destruir la capital. La capital es invencible y sujetará a las demás provincias, inclusive la del Paraguay; yo espero a todos los infames autores de la pérdida de nuestra tranquilidad y que aspiran a que el amado Fernando se borre de nuestra memoria, haciéndonos jurar al vil, al detestable usurpador Napoleón». [7]

Belgrano llegó a Concepción del Uruguay con los restos que le quedaban de su ejército del Paraguay el 9 de abril; pero ya en ese entonces, tanto en Belén como en Mercedes, se había lanzado el grito de insurrección. En Concepción encontróse, además, con la vanguardia de la división del Coronel Galván, enviado en su auxilio desde Buenos Aires, y estas fuerzas, unidas a las milicianas de aquella localidad, rechazaron victoriosamente a las españolas que intentaban un desembarco en aquel punto.

Belgrano fue a establecer su cuartel general en Mercedes y a los pocos días contaba bajo sus órdenes más de tres mil hombres aptos y dispuestos para la pelea. Toda la campaña uruguaya se había declarado contraria al gobierno realista y declaróse por la revolución. En este levantamiento de fuerzas, populares todas ellas, desempeñó un papel preponderante don José Artigas -su hermano Manuel figuraba como ayudante del General Belgrano-, y uno y otro gozaban de gran prestigio sobre esas masas insurrectas que pronto formarían el núcleo del ejército sitiador. Belgrano no se había concretado a organizar militarmente la guerra; buscaba los medios para impedirla si esto era posible y, con tal motivo, dirigióse al General Vigodet, jefe realista, para que se desarmase en su resistencia y entrase en un pacto de concordia: «Me tomo la libertad de manifestar a usted, le escribe desde su cuartel general de Mercedes, el 27 de abril de 1811, que me hallo pronto a recibirlo en el seno de la patria, si abandona el partido inicuo de la guerra civil en que tan infelizmente lo ha envuelto un hombre sin autoridad –Belgrano hace aquí alusión a Elío-, sin representación legítima y que será enteramente el objeto de la execración aun de esos mismos que arrogándose facultades le han enviado a estos fieles dominios para aumentar la discordia y rivalidad y llevarla hasta su último grado. No puedo creer que V.E. sea uno de estos espíritus díscolos, enemigos de la paz, y sólo atribuyo el verlo en ese partido de la iniquidad, a las ideas siniestras que le habrán imbuido los malvados, los hombres de nada, los que han querido sacar ventajas injustas, o los ignorantes que se han dejado seducir por aquéllos o por las voces de algunos mentecatos. Convénzase V.E. de que le hablo la verdad y que deseo se venga a mí. Sus honores, sus distinciones, sus sueldos le serán satisfechos, y el nombre de buen español, amante a su Rey Fernando VII y legítimos sucesores, no lo perderá. V.E. mismo conoce ya el estado en que se hallan las armas de la patria y los sentimientos de todos los patricios y aun de infinitos europeos, y que la resistencia que se haga por la parte del aturdido Elío retardará, pero no impedirá, la feliz conclusión de nuestra empresa. Yo espero que V.E. reflexione y que, persuadido de quien soy, me dará la complacencia de contarlo en el número de los verdaderos españoles y proporcionará a la España americana los conocimientos que le distinguieron en la España europea».

Pero un destino fatal perseguía a este primer soldado de la revolución, y cuando se encontraba en vísperas de cosechar los laureles de una victoria junto a los muros de Montevideo, fue declarado cesante en su puesto de miembro de la Junta, despojado del título de Brigadier General con que, sin haberlo pedido él, había sido honrado después de Paraguarí y obligado a bajar a Buenos Aires, delegando el mando del ejército en el jefe substituto.

Llevado de su primer impulso, Belgrano intentó obedecer la orden, pero no cumplirla. La campaña la había iniciado en forma lo más auspiciosa y pronto sus tropas se acercarían a Montevideo para establecer allí su primer sitio. Afortunadamente no era él un corazón orgulloso y dejando de lado el juicio personal, se despojó del mando y designó a don José Rondeau para que se pusiese al frente del ejército, como así se había dispuesto. Este ejército, bajo el mando de don José Artigas, obtenía el 18 de mayo la brillante victoria de Las Piedras, y la plaza de Montevideo, que se creía invencible, quedaba bloqueada por los patriotas. La situación de los españoles no pudo ser más crítica, y el mismo Vigodet, que el 3 de mayo le contestara a Belgrano declarándose poderoso para procurar la sumisión de todo aquel que se sublevase contra Elío «imagen de su Rey», dirigióse a Velasco, el gobernador del Paraguay, exponiéndole lo apremiante de aquellas circunstancias. «Una insurrección general -le dice desde La Colonia el 20 de mayo- que se ha visto repentinamente en estos campos, en la que no ha tenido poca parte el amor propio del jefe, me ha traído a esta plaza y van a cumplir dos meses que me hallo en ella. Si aquél me hubiese creído desde los principios y no se hubiera pegado tanto a su propio dictamen, seguramente no nos veríamos en la triste situación en que nos hallamos. Pero las cosas de Buenos Aires las creyó despreciables y capaces de componer con los débiles recursos que en esta Banda teníamos. Así es que reunió las fuerzas, y los sediciosos, aprovechándose de este intermedio, traen fuerzas de este lado, seducen a los habitantes de estas campañas y, en pocos momentos, la insurrección se hace tan general, que no ha bastado precaución, ni humano recurso para restablecer el orden.

»Para procurarlo -continúa después- fui mandado a esta plaza, pero inútilmente, porque los gauchos, auxiliados por los de Buenos Aires, cada vez nos han estrechado más, llevándose las caballadas y los ganados. Montevideo, se puede decir, que está sitiado por ellos; y yo, indudablemente, lo estoy con tanta estrechez que me he obligado a poner todo empeño en fortificar esto del modo posible, siendo ésta la única ventaja que he sacado de mi salida de allí, adonde me dispongo a regresar en virtud de ordenármelo así el jefe por haber experimentado a sus inmediaciones un golpe de tanta consecuencia como es el haber perdido a manos de los revoltosos, la gente y la artillería que envió a Las Piedras.» Declara Vigodet que la esperanza más próxima la constituye el arribo de las tropas del Brasil, que se han mandado con mucha eficacia, y el auxilio de las tropas de España que él pidió en el mes de noviembre del año anterior y que en el mes de enero debieron estar ya en Montevideo. «Si el gobierno, concluye él, no ha oído mis clamores, será necesario decir que es insensible y será preciso opinar melancólicamente». [8]

Pero si tal era la suerte de las armas de la patria en la Banda Oriental, los contrastes que ella sufría en el Norte no eran los más indicados para alentar a la opinión. Como ya lo hemos visto, en junio de ese mismo año las tropas argentinas y cochabambinas eran derrotadas por Goyeneche en Huaquí, y esta derrota le hacía perder a la Revolución las provincias del Alto Perú, conquistadas con gran sacrificio después de Suipacha.

Creyendo el Triunvirato que con la diplomacia podía conseguir ventajas que le eran más difíciles de obtener con sólo el concurso de las armas, optó por una tregua militar en su campaña contra Montevideo, y firmó con Elío aquel armisticio en que las partes contratantes se acordaban recíprocamente concesiones y ventajas. Esto sucedía en octubre de 1811; pero Vigodet, que sucedió a Elío en el mando político y militar de Montevideo, se desatendió de lo pactado y comenzó a hostilizar a los patriotas según su conveniencia. La situación por el lado de la Banda Oriental se agravó de tal modo que el gobierno de Buenos Aires tuvo que acudir nuevamente a la diplomacia, al tiempo que se hacía de nuevos recursos y se preparaba para reanudar las hostilidades contra un enemigo que había faltado a su palabra. Los portugueses no sólo no habían abandonado la Banda Oriental, como así se había convenido, sino que se entregaban a todo género de persecución, «talando los campos, asesinando a los paisanos, y cometiendo toda clase de infamias», como así lo dice la nota que en demanda de auxilios y en signo de protesta envió el Triunvirato argentino a la Junta de Chile el 13 de enero de 1812. «No obstante la superioridad de nuestras armas y recursos para humillar a los enemigos de la patria, fortificados en la plaza de Montevideo, se decía en ese documento, y que éstos mismos conocían su próximo, inevitable exterminio, este gobierno, consecuente a sus principios liberales, adoptó una transacción de paz y armonía esperando del tiempo el convencimiento más pleno de la irracional obstinación con que se oponían a la felicidad del Continente. Con el fin de conservarla se ha desentendido de los repetidos groseros insultos, así de aquel gobierno en sus oficios dirigidos a esta capital, como de los europeos particulares que en su territorio han insultado, saqueado y vejado de todos modos a los hijos del país que, por desgracia, se hallan en él. El mismo gobierno, espectador e indiferente de tales iniquidades, dio el ejemplo ocultando oficiales nuestros que debieron restituirnos, insultando públicamente a otros, que por negocios particulares pasaron con las respectivas licencias, después de los tratados, a aquella plaza; secuestrando los bienes de los americanos que se hallaban en el territorio de esta capital, exigiendo con instancia el transporte de nuestro ejército a esta Banda, sin dar siquiera un solo paso referente a la evacuación estipulada de las tropas portuguesas». [9]

Tal era el estado que presentaba la revolución argentina cuando el Teniente Coronel don José de San Martín solicitaba de la Regencia el permiso para trasladarse a Lima; pero con el propósito ya meditado y resuelto de hacerlo al Plata. Si él no conocía los pormenores políticos y militares de la revolución, sabía que esta insurrección era casi continental y que de su resultado feliz dependía la suerte del Nuevo Mundo.

El 14 de septiembre de 1811 resolvió embarcarse, y así lo hizo en esa fecha partiendo de Cádiz para Inglaterra. Al parecer el pasaporte le fue facilitado por Mr. Charles Stuart. Pero no creemos, como así regularmente se afirma, que lo obtuvo subrepticiamente. Como ya lo hemos visto, San Martín estaba autorizado para dejar la Península y siendo esto verdad, no había para qué hacerlo substrayéndose a la vigilancia de sus autoridades.

Podría haberlo hecho en el caso en que las relaciones entre Londres y Madrid estuviesen regidas por un estado de guerra; pero, precisamente, en ese momento, las relaciones entre trono y trono eran más que cordiales, pues que Inglaterra luchaba por la independencia de la Península, cuyos puertos estaban abiertos de par en par tanto para los barcos de guerra como mercantes pertenecientes a aquel imperio. A San Martín, por otra parte, no se le fijaba un itinerario y estaba en su libertad, o en su elección, el ir a Lima o a otra parte del Continente, haciendo escala en Londres o no haciéndola.

Apenas hubo llegado a la capital británica, encontróse allí con muchos criollos que conspiraban como él y que, como él, tenían clavados sus ojos en el Nuevo Mundo. Entre los argentinos encontrábanse don Manuel Moreno y don Tomás Guido. El primero reemplazaba a aquel hermano infortunado, Mariano Moreno, el numen de la revolución, y el otro ejercía los oficios de secretario en la misión diplomática que a aquél se le había confiado por la Junta de Buenos Aires.

Por la presencia de estos connaturales y de otros más que en aquel momento tenían su residencia en Londres, se puso San Martín al corriente de los acontecimientos que se desarrollaban en el Plata y ratificó su voluntad de dejar Lima por Buenos Aires, la tierra en que iniciaría su campaña continental, por aquella otra que eligiría luego para coronarla.

Además de estos y otros criollos oriundos de aquellas tierras, San Martín trató y se vinculó durante su permanencia junto al Támesis con otros americanos que eran los portavoces de la revolución ya en pie, tanto en México como en Chile y en el virreinato de la Nueva Granada. Estaban allí y participaban en las reuniones secretas de la logia fundada por Miranda el padre Mier, mexicano; Luis López Méndez y Andrés Bello, venezolanos. Al decir del General Zapiola, testigo y actor en estos conciliábulos revolucionarios, el punto de reunión era la casa en que se hospedaban estos dos últimos, delegados del gobierno de Venezuela. Parece ser que San Martín, lo mismo que él, fue ascendido al quinto grado en una de las sesiones de aquella logia; pero, con grado o sin grado, es lo cierto que San Martín ya era un revolucionario convencido, y que no había otro problema para él a resolver que el de la independencia.

Después de tres meses, poco más o menos, de estada en Londres, decidió partir y púsose a la cabeza de aquella caravana libertadora que dejó las aguas británicas por las del Plata.

En enero de 1812 pisaba San Martín la cubierta de la fragata Jorge Canning y después de tres meses de navegación, el 9 de marzo, él y sus acompañantes -lo eran Francisco Vera, Francisco Chilavert, Carlos de Alvear, Antonio Orellano y Eduardo Holemberg- desembarcaban en Buenos Aires, y cuatro días más tarde La Gaceta los saludaba en esta forma:

«Estos individuos -aquí señala sus nombres- han venido a ofrecer sus servicios al Gobierno y han sido recibidos con la consideración que merecen por sus sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la patria

A ser cierta la cronología sanmartiniana que tenemos establecida, San Martín acababa de cumplir en ese momento treinta y cinco años de edad y hacía por lo menos tres décadas que en compañía de sus progenitores y de sus hermanos había dejado las playas argentinas por las gaditanas. Este ausentismo, hijo más de la fatalidad y de las circunstancias que de su propio querer -el mismo padre de San Martín, después de su regreso a España había intentado retornar de nuevo al Plata-, no había en modo alguno extinguido en él las añoranzas nativas ni borrado de sus pupilas el paisaje misionero que contempló desde Yapeyú siendo niño. Hay gérmenes que dormitan en el individuo, pero que no por eso dejan de despertar a su hora. El punto en que se viene a la vida determina siempre, o casi siempre, el destino de un hombre, y San Martín, que era americano o criollo por naturaleza, no dejó de sentirse y de saberse tal cuando el derrumbe peninsular vino a dejarlo sin patria. España era la suya, en un sentido lato, en el sentido de haber vivido allí y de haber iniciado allí la carrera militar en que se destacó con brillo; pero en el sentido humano, en el sentido continental y geográfico, su patria no era la Península, sino el Plata, vale decir, aquella tierra argentina que dejó siendo un párvulo, mas con juicio y sensibilidad suficientes para no olvidarla.

La Providencia, fuerza divina y reguladora de los pequeños como de los grandes acontecimientos, ya tenía dispuesto que el menor de los hijos del Capitán don Juan de San Martín, después de describir una trayectoria luminosa en la Península, volviera, huérfano de esta paternidad, pero con muchos laureles, al punto de partida.

La llegada de San Martín al Plata fue casi del todo silenciosa. Lo hizo sin previo aviso, sin hacer resonar en torno suyo las trompetas de la fama, y cuando se encontró frente a la autoridad revolucionaria, cuadróse delante de ella con el mismo garbo y con la misma corrección gentil y espartana con que estaba acostumbrados a hacerlo en España delante de sus jefes. Él no buscaba una gloria. Él sólo buscaba un puesto de combate, y esperó que se le designase por los que tenían en sus manos los medios para juzgar su capacidad y de su conducta.

A nuestro entender, la primera lección de soldado y de patriota que nos da San Martín está ahí, es decir, en esta forma respetuosa, y, si se quiere, subalterna, con que se vuelca en la revolución, callando sus votos íntimos, pero rindiendo un pleito homenaje a la disciplina. Con la misma modestia con que se iniciara, en 1789, cadete en el regimiento de Murcia, se inició Teniente Coronel del Ejército argentino en Buenos Aires, en 1812. Leamos el documento que le sirve de credencial y que, unido al de sus fojas de servicios, sirvió para que el Triunvirato le fijase el nuevo destino que lo llevaría a la culminación del renombre en la carrera militar. «Don José de San Martín, que ha emigrado del Ejército de España -dicen en su representación oficial al gobierno don Francisco Javier de Viana y don Marcos Balcarce, jefes del Estado Mayor del Ejército patriota-, habiendo servido de comandante en el regimiento mayor de dragones de Sagunto, con la graduación de Teniente Coronel, se ha presentado en esta capital ofreciendo sus servicios en obsequio de la justa causa de la Patria.

»Las noticias extrajudiciales que se tienen de este oficial, lo recomiendan a ser colocado en un destino, en que sus conocimientos en la carrera le faciliten ocasión de poderse emplear con la ventaja que puede producir su instrucción. V.E., que está bien orientado de nuestro estado, sabrá darle el en que lo considere más preciso» [10] La presentación en cuestión tenía lugar el 16 de marzo, y con igual fecha, atendiendo a sus méritos y servicios, como a sus «relevantes conocimientos militares», el Triunvirato le concedía el empleo efectivo de Teniente Coronel de Caballería, con el sueldo correspondiente a su clase, y lo nombraba comandante del escuadrón de Granaderos a Caballo a organizarse, con las gracias, exenciones y prerrogativas que le correspondían.

A esta designación o nombramiento siguieron la de Zapiola, como Capitán de primera compañía; la de Alvear, como Sargento Mayor, y luego la de los oficiales don Pedro Zoilo de Vergara, Justo Bermúdez, Agustín Murillo, Hipólito Bouchard, Mariano Necochea, Manuel Hidalgo y Francisco Luzuriaga. Los documentos no lo dicen, pero sabemos que en el reclutamiento de la tropa guiólo un criterio de selección. «Tomó al efecto -dice Sarmiento-, jóvenes robustos, bellos, educados en las maneras cultas, susceptibles de todos los sentimientos nobles. A todos ellos vaciólos en el arquetipo del soldado que él se había formado, y pronto el Cuartel del Retiro, lugar suburbano elegido por él para residencia de su tropa, se convirtió en un verdadero Campo de Marte

Personalmente se trasladaba él a su campo de instrucción; no tenía reparo en ponerse en contacto personal con los reclutas y, al mismo tiempo que los instruía en movimientos tácticos, les enseñaba el uso del sable y de la carabina.

Aun cuando lo decorativo no es parte del valor, realza lo militar, y quiso así San Martín que sus granaderos fuesen favorecidos con un uniforme vistoso. La casaca de los oficiales era de color azul con pecho acolchado, vivada, con botones dorados, y dos granadas de oro en el extremo de cada faldón.

Los oficiales usaban corbatín, calzón de punto o de brin blanco, bien ajustado; bota granadera, con espuela; catalejo militar y cartera pendiente de una bandolera, y en la cual guardaban los avíos necesarios para levantar croquis, y el diario de las marchas. El sombrero de parada era el falucho, y en el cuartel usaban una gorra azul, sin visera, y contorneada por ancho galón.

El uniforme de la tropa consistía en una casaca azul, con vivos encarnados, y que tenía en sus faldones dos granadas como la de los oficiales. Sus botones eran igualmente dorados, el calzón era de paño azul y el capote complementaba esta indumentaria. Las espuelas eran de hierro, usaban botas como los oficiales, y el morrión, que era sostenido con un barbijo, rematábalo un penacho punzó.

El arma de los oficiales era la espada-sable, larga de treinta y seis pulgadas, y la de la tropa, el sable corvo, además de la carabina y de la lanza. Aquéllos montaban sobre una silla húngara, con pistoleras, cubierta con paño azul franjeado de galones dorados, con granadas en sus dos ángulos y rematados éstos con una borla. La tropa montaba sobre el recado criollo, cubierto con un caparazón de paño azul, también realzado con dos granadas en sus ángulos, y con borlas punzó en sus puntas.

Pero si esta era la parte decorativa o externa, la organización militar propiamente dicha apoyábase en una reglamentación inflexible, más relacionada con la oficialidad que con la tropa. San Martín obligó a los oficiales, como a los cadetes, a que se reuniesen los domingos en la casa del comandante del regimiento. Además de instruirlos quería él ejercer una policía minuciosa y secreta sobre los encargados de crear la verdadera vida militar en su regimiento, y estas reuniones las destinaba precisamente para premiar o castigar a los que respetasen o no la disciplina.

Cuando, después de realizada esta policía, probábase la inocencia de un acusado, se le ponía en presencia del cuerpo de oficiales y se le ponderaba su mérito. Cuando, por el contrario, probábase su culpabilidad, se le despojaba del uniforme y se le expulsaba del cuerpo. Para no dejar esta policía librada a lo arbitrario, catalogó San Martín los delitos susceptibles de esta penalidad y dispuso, en consecuencia, que fuesen expulsados del cuerpo los oficiales que pecasen por cobardía en una acción de guerra; los que no admitían un desafío, justo o injusto –más tarde, como lo veremos, modificó su criterio al respecto-; los que no exigían una satisfacción al verse insultados; los que no defendían a todo trance el honor del cuerpo; los que cometían trampas infamantes; los que se caracterizaban por falta de integridad en el manejo de los intereses; los que hablaban mal de sus compañeros; los que publicaban las disposiciones tomadas en juntas secretas; los que se familiarizaban en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados; los que levantaban la mano a cualquier mujer, aun en el caso de ser insultados por ellas; los que no socorrían en acción de guerra a un compañero pudiendo hacerlo; los que se presentaban en público con mujeres de mala vida; los que concurrían a casas de juego, y los que hacían uso inmoderado de la bebida.

Era ésta, como se ve, una moral espartana, pero era una moral, y fue gracias a ella que San Martín hizo de los Granaderos un cuerpo ejemplar, el más brillante y el que cosechó más laureles en presencia de la patria.

Es oportuno recordar aquí que a los pocos meses de encontrarse al frente de este regimiento, San Martín decidió dirigir a su Gobierno un petitorio. Necesitaba, para aumentar las plazas de aquel regimiento, nuevos reclutas, y fijó su preferencia en Yapeyú, en donde su progenitor, años antes, había formado un batallón con los nativos de aquella tierra misionera, para repeler a los portugueses. Es por esto que San Martín pidió que se le permitiese reclutar un cierto número de naturales de Yapeyú, y el gobierno no puso obstáculos a su ejecución. El 18 de agosto de 1812 don Bernardino Rivadavia, secretario del despacho de Guerra en el Triunvirato, dio a conocer los deseos de San Martín a los nativos de aquella antigua reducción en esta forma: «Por cuanto se halla plenamente satisfecho del amor y adhesión con que los naturales de los pueblos de Misiones, nuestros hermanos, han abrazado la santa causa que defiende el pueblo americano, prestándose de un modo decidido, generoso y cual para sostenerla dignamente corresponde. Por tanto, y defiriendo al deseo que ha manifestado el benemérito comandante del nuevo cuerpo de Granaderos a Caballo, don José de San Martín, hijo del pueblo de Yapeyú, de reunir en la fuerza militar de su mando un número proporcionado de sus connaturales, por la confianza que de ellos tiene, a efecto de proporcionarles la gloria; de que igualmente, como todos los demás americanos, contribuyan con las armas al logro de la libertad de la patria que aspiran a esclavizar los tiranos, ha tenido por conveniente esta superioridad conferir comisión bastante a don Francisco Doblas, también oriundo de las expresadas Misiones, para que, trasladado a ellas, convoque a la juventud de su territorio, y haciéndoles concebir la necesidad y obligación en que se hallan de propender con su valor y ardimiento a sacudir el yugo que les amenaza, como el honroso concepto que deben al gobierno por sus virtudes, les incline a que se presenten voluntariamente a alistarse en el pabellón americano, a que también les impulsa el honor, su deber y la nobleza de sus sentimientos de origen; haciéndoles saber que así practicándolo tendrán un lugar distinguido entre los valientes defensores de sus derechos e independencia, y que se harán acreedores a los premios que se dispensan al mérito en todas las clases del Estado. A su consecuencia, y para que el expresado Doblas pueda efectuar la reunión indicada, y remesa a esta capital de los naturales voluntarios que le van encargados, se ordena y manda a los comandantes militares, justicias y cuantos el presente viesen, que al objeto le franqueen todos cuantos auxilios sean de dar y estén a su arbitrio, bajo el conocimiento que los que al desempeño de esta comisión se prestasen generosamente con sus personas, intereses o influjo, se harán acreedores a la gratitud del Gobierno y al reconocimiento de la patria». [11]

Ignoramos si los reclutas misioneros, por los cuales se interesaba San Martín, dejaron Yapeyú y se trasladaron a Buenos Aires a incorporarse a su regimiento. Los documentos guardan el mayor silencio al respecto, y no podemos establecer como afirmativo lo que se presenta dudoso. Con todo, hay un hecho y el hecho consiste en que el instinto lugareño repuntó poderosamente en San Martín, y esto para pedirle a su tierra de origen el servicio épico con que él, nativo igualmente de Yapeyú, se brindaba a la patria.

Volviendo, pues, a nuestro punto inicial, podemos decir que le cabe a San Martín la gloria de haber creado con este plantel de soldados selectos, la verdadera caballería argentina: Hasta que no surgieron los Granaderos, esta caballería estaba representada por los Húsares de Pueyrredón, que luego pasaron a denominarse los Dragones de la Patria, y por los Blandengues de José Artigas, que tuvieron su actuación destacada en las campañas de la Banda Oriental.

Sabía San Martín que el criollo es jinete por naturaleza, y que así como con el caballo vencía al desierto, montado igualmente sobre ese cuadrúpedo pampeano, vehículo, además, de sus victorias sobre los indios, podía cargar sobre los españoles y describir así la trayectoria militar a que lo destinaba la revolución.

No nos corresponde hacer aquí la historia de este regimiento. A medida que avancemos en el estudio de la vida de este héroe, la descubriremos, pero plácenos decir que ninguno de los cuerpos argentinos que hicieron la epopeya alcanzó su celebridad, ni gloria tanta. En San Lorenzo recibieron el bautismo de fuego; pelearon en el Alto Perú, luego en los Andes, y así como se opusieron a los realistas en Chacabuco y en Maipú, se opusieron en Nazca, al pie del cerro de Pasco, y llegando al Ecuador, desnudaron sus sables en Pichincha, en Junín y en Ayacucho.

Con la formación de este cuerpo, San Martín se impuso a la admiración de sus compatriotas, y se colocó en el plano directivo de la revolución. La patria tenía sus Generales, pero ninguno contaba con una página épica como la suya, ni ninguno tampoco era maestro como él en el arte de la guerra. Sus méritos, pues, y sus cualidades, y no sus padrinazgos, como jactanciosamente lo pretende Alvear -según éste fue él quien le abrió las puertas al mando en la carrera militar- le permitieron escalar los peldaños de la sociedad porteña, y a los pocos meses de su llegada a Buenos Aires, pedía la mano de una doncella y contraía enlace con doña Remedios de Escalada, hija de don Antonio José Escalada y de doña Tomasa de la Quintana. En sitio aparte, y con oportunidad, nos ocuparemos de la esposa de San Martín. Por ahora sólo apuntamos el hecho de su desposorio, que, según la partida matrimonial efectuóse el día 12 de septiembre de 1812 -el 19 del mismo mes, siete días más tarde, San Martín y su esposa recibieron la bendición ritual, después de comulgar y asistir a la misa de velaciones- y la circunstancia de contraer enlace cuando con su actuación militar y política preparábase para fijar un nuevo rumbo a la Revolución.

Conviene señalar aquí la forma antitética con que San Martín y Alvear se incorporaron al drama revolucionario. Nosotros nada inventamos, son los documentos, los propios documentos alvearistas, los que nos ilustran, y ponen, por así decirlo, en nuestras manos, la verdad.

Desde que llegó a Buenos Aires, San Martín se presentó a su autoridad, presentó sus fojas de servicios y declaró categóricamente que eran sus deseos servir a la Patria como militar. Alvear, por el contrario, guardó una absoluta expectativa; esperó que los ojos de los hombres que estaban en el poder se tornasen hacia él, y sólo cuando se le instó para que prestara sus servicios en la carrera de las armas, condescendió renunciando, como él nos lo dice después, a sus sueldos y gratificación. Esta segunda parte de su actitud le honra, ciertamente -San Martín, que no era rico ni opulento, renunció, con todo, a la mitad de su sueldo- pero la forma de darse carece de espontaneidad y amengua un tanto el génesis de su patriotismo. Se diría que quería ser y no ser soldado de la causa revolucionaria; que otra idea o preocupación, que no era propiamente la de la patria, lo dominaba, y que sólo se decidió por entrar en sus filas cuando con insistencia se le pidió para que así lo hiciera.

Pero no nos adelantemos al estudio comparativo que exige la figuración simultánea de estos dos personajes. Esto lo haremos a su hora, y mientras tanto, volvamos a la Revolución y tratemos de descubrir la corriente instintiva y secreta con que San Martín se vinculó a ella y que le permitió llegar a la victoria final, coronado con los laureles que le merecieron sus campañas continentales por la libertad en el Nuevo Mundo.

Cuando San Martín llegó a las playas del Plata en 1812, traía consigo, al decir de un historiador chileno, don Benjamín Vicuña Mackenna, dos elementos poderosos que desarrolló su genio, y con los cuales al fin triunfó. Era el uno las sociedades secretas, y el otro la estrategia. ¿Cómo y en qué forma utilizó San Martín uno y otro resorte? Por lo que a este último se refiere, acabamos de ver la forma personal y disciplinaria con que el vencedor de Bailén dióse a conocer en el Plata. Siendo la Revolución una violencia, comenzó por donde debía principiar, es decir, creando un regimiento que serviría de célula orgánica al nuevo ejército, e implantando con él las bases fundamentales de la nueva táctica. Sus convicciones y su propia experiencia le habían demostrado que la victoria no se puede improvisar, y de ahí la forma severa y disciplinaria con que volcóse en la revolución argentina, con todos los impulsos creadores y dinámicos de que era capaz su nervio militar.

En lo relativo a las sociedades secretas él nada inventó, pero empapado en los métodos que estaban en boga, para finalizar con los regímenes autoritarios y despóticos, trasplantó al Plata el que ya contaba con numerosos adeptos en el Viejo Mundo, y por esta razón vino a ser el fundador de la logia Lautaro. Son varias y no todas armónicas las opiniones que ha merecido al ser analizada esta institución; se le ha clasificado de moral y de inmoral, de útil y de perniciosa, de foco de subversión como de mecanismo de orden. Analizada ella con el criterio actual, claro está que choca a la democracia y a los que viven la libertad a ciclo abierto. Pero la historia no se hace con lo presente sino con lo pasado, y es lo retrospectivo lo que priva o debe privar, al establecer juicios o comparaciones. Basados, pues, en este pragmatismo histórico como doctrinal a la vez, creemos que la logia fundada por San Martín -logia que, por otra parte, no era en modo alguno masónica sino política, como ya se tiene luminosamente demostrado-, prestó grandes servicios a la Revolución, y que si ella tuvo defectos y cometió errores, éstos y aquéllos los determinaron, no su naturaleza o programa, sino la ambición y concupiscencia desmesurada o desorbitada de sus adeptos. Los hubo rebeldes, pero los hubo, como Alvear, para quienes la logia –y esto fue lo que la desacreditó- fue el pináculo de su renombre. Pero esto no reza con San Martín, que, siendo impersonal en sus miras de político y de soldado, sólo se apoyó en ella para hacer la guerra, subordinar lo político a lo patriótico y dar primacía al problema de la independencia sobre todo otro problema.

Desde que se incorporó a la Revolución, dióse cuenta San Martín que ésta no se presentaba en toda su desnudez y que peleando a la sombra de una bandera que no era ni podía ser el símbolo del contenido moral como político que la distinguía se desvirtuaba y traía la desorientación a los espíritus. El gobierno, en ese entonces, encontrábase en manos de aquel Triunvirato que había reemplazado a la Junta, y aunque este Triunvirato perseguía una finalidad netamente patriótica, empleaba más lo diplomático que lo militar y haciendo un doble juego creía vencer al enemigo con el equívoco.

La corriente revolucionaria, por otra parte, encontrábase trabajada por dos opiniones las más opuestas. Todos eran demócratas; pero los unos los eran radicales y los otros moderados. Esto quiere decir que la Revolución estaba en pie, pero que todos sus movimientos no eran libres y que si avanzaba por un lado, retrocedía o se trababa sus propios pasos por el otro. Abramos la historia y señalemos un caso que en lo relativo a este punto es elocuente por lo sintomático. El 18 de febrero de 1812, y obedeciendo a una sugestión de Belgrano que se encontraba fortificando en punto estratégico, el paso del Paraná, el Triunvirato decretó la supresión de la escarapela roja que usaba el ejército y dispuso que fuera reemplazada con la escarapela nacional, compuesta con los colores blanco y azul celeste. Conocido el decreto éste, Belgrano dispuso enarbolar la bandera de la patria, pero, no teniéndola, mandó hacerla celeste y blanca conforme a los colores de la escarapela decretada. Realizado el acto, lo comunicó al gobierno, pero éste en lugar de aplaudirlo y de acordarle su beneplácito lo reprendió y obligólo a arriar esa bandera reemplazándola por la que se enarbolaba en la Fortaleza.

Más tarde, y estando en Jujuy, quiso solemnizar el segundo aniversario de la Revolución con un acto patriótico y pensó que ninguno era el más adecuado que enarbolar por segunda vez la bandera que el 27 de febrero de ese mismo año había enarbolado frente a las barrancas del Paraná. La negativa de su gobierno no había llegado todavía a sus manos, y creyendo que no sólo no cometía un acto indisciplinario, sino que interpretaba fielmente el instinto y el genio de la Revolución, como así lo era, procedió a esa ceremonia arengando a sus tropas en esta forma: «Soldados: el 25 de Mayo será para siempre un día memorable en nuestra historia y vosotros tendréis un motivo más de recordarlo cuando en él por primera vez, veais en mis manos la Bandera Nacional que ya os distingue de las demás naciones del globo. No olvidéis jamás que vuestra obra es de Dios; que Él os ha concedido esta bandera y que os manda que la sostengáis». [12]

Cuando esto sucedía en Jujuy, el Triunvirato no enarbolaba otra bandera, pero decretaba la cesación del paseo del estandarte real, «por tratarse, lo dice así en su considerando este gobierno, de una ceremonia humillante introducida por la tiranía e incompatible con la prerrogativa de la libertad que ha proclamado y defiende». Era éste, como se ve, un acto significativo y revolucionario a la vez, pero más significativo y revolucionario era el acto realizado por Belgrano, y en vez de ser francamente acogido por el Gobierno, inspiró a éste una catilinaria y escribióle a Belgrano desautorizándolo y obligándolo a que pusiese remedio a tamaño desorden. Belgrano se resignó a esta imposición tan antipatriótica como absurda, y desde Jujuy, con fecha 18 de junio, contestó: «La bandera la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella y se harán las banderas del regimiento Nº 6, sin necesidad de que aquello se note por persona alguna. Si acaso me preguntaran por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el ejército y como ésta está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con la que se les presente

Es ésta una manifestación de subordinación, pero no es ella la transparencia fidelísima de los sentimientos que lo embargan y con el respeto con que sabía hacerlo, puso este reparo a su gobierno: «En esta parte, V.E. tendrá su sistema, al que me sujeto, pero diré también con verdad que como hasta los indios sufren por el Rey Fernando VII y los hacen padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan de oír nombre de Rey ni se complacen con las mismas insignias con que les tiranizan». [13]

Pero si el Triunvirato y los Asambleístas que secundaban sus planes creían que todo debía regularse por un criterio de conveniencia, en el seno de la opinión surgía poderosa una corriente contraria, corriente que se apoyaba en la Sociedad Patriótica, manejada en todos sus resortes por Monteagudo, y en esa logia en la cual San Martín y Alvear comenzaron a agrupar los elementos de la nueva orientación.

En realidad, no se puede decir que la revolución argentina estuviese en ese entonces mal gobernada. El Ejecutivo tenía sus vicios y cometía sus errores, pero le animaba el patriotismo y hacía lo que las circunstancias le permitían. Con la diplomacia trataba de modificar el estado de cosas tan complicado en la Banda Oriental por la resistencia de los realistas y por la intervención portuguesa, que debiendo haber desaparecido después del armisticio firmado con Elío, no desapareció, y con el terror o sea con el castigo ejemplar, abortaba los planes revolucionarios a cuya cabeza se encontraba don Martín de Álzaga y el fuerte partido español, existente aún en Buenos Aires.

Pero si esto era político, no era político el retardar más y más la convocación de un congreso constituyente, el alejar del gobierno a los que no comulgaban con sus propósitos y el dirigir la cosa pública no consultando la opinión, sino a la oligarquía.

La oportunidad para que la animosidad existente contra el Triunvirato estallase, proporcionóla el mismo Triunvirato. Uno de sus miembros debía ser reemplazado en el ejercicio de sus funciones -lo era Sarratea que desempeñaba una misión del Gobierno en la Banda Oriental- y reunido el Ayuntamiento el día 6 de octubre, fue elegido para dicho puesto don Pedro Medrano, hombre de mucha ciencia jurídica, de virtud acrisolada, pero miembro del partido reaccionario, o sea saavedrista. En realidad, esta elección no era ni legítima ni espontánea. Había triunfado en ella la política de Rivadavia que se veía secundada a su vez por la de Pueyrredón, y convencidos, los que ya meditaban un golpe de Estado, de que la circunstancia era del todo propicia para hacer oír su protesta, basados en esa ilegalidad, y además en la noticia auspiciosa del triunfo de Belgrano en la batalla de Tucumán, en la mañana del 8 de octubre, las fuerzas militares que simpatizaban con la reacción liberal se presentaron en la plaza de la Victoria para demostrar a los cabildantes porteños que esta vez la razón tenía como aliada la fuerza. Las fuerzas en cuestión las componían el regimiento de Granaderos, comandado por don José de San Martín; un regimiento de artillería, bajo las órdenes de don Manuel Guillermo Pinto, y otro de infantería, a cuyo frente se encontraba el comandante don Francisco Ortiz de Ocampo. Horas más tarde, el cuerpo capitular se encontraba igualmente en su puesto, y don Bernardo Monteagudo, en nombre de la opinión tumultuaria, se presentaba a los cabildantes y daba a conocer la protesta. En su sentir, la patria estaba en peligro y expuesta a recibir un golpe mortal. Catalogó seriamente sus cargos y concluyó pidiendo la nulidad de las elecciones efectuadas, la suspensión de la Asamblea y la cesación del Triunvirato, que con ella formaba un todo solidario. El Cabildo debía reasumir la autoridad y después de crear un nuevo Ejecutivo convocar al país a una asamblea general extraordinaria con fines constituyentes.

Al darse lectura de este petitorio, San Martín, Alvear y Ocampo, como jefes de las fuerzas militares que amparaban la protesta, se encontraban en la Sala Capitular y terminada aquélla, se retiraron de allí para que los asambleístas deliberasen en libertad sobre las cuestiones planteadas. Antes de retirarse, según la crónica, declararon ellos que, a pesar de tener por ciertos los datos que motivaban la representación y por justas las quejas del pueblo, las tropas que ellos comandaban no habían intervenido en su formación y que el hecho de presentarse en la plaza, respondía solamente a proteger la libertad del pueblo para que pudiera éste explicar sus votos y sus sentimientos.

La elección de las personas para formar el nuevo Ejecutivo fue la piedra de toque de la discusión. Muchos fueron los nombres lanzados al debate, pero, después de acaloradas disputas, fue aceptada la lista presentada por Ocampo y proclamados miembros del nuevo Triunvirato el doctor Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte. En lo más crítico de la discusión San Martín se vio obligado a presentarse de nuevo en la Sala Capitular. El pueblo sentía ya el cansancio de la expectativa, y San Martín, deseoso de conjurar un levantamiento que podía haber sido sangriento, optó por dejar momentáneamente el puesto que ocupaba al frente de sus granaderos y dirigirse a los cabildantes para que activasen la resolución. «No es posible ya perder un tanto -les dijo-; el fermento adquiere mayores proporciones, y es preciso cortarlo de una sola vez

La participación de San Martín en esta asonada no deja de prestarse a comentarios y en el deseo de explicarla, hase opinado que ella la determinó una alternativa, vale decir, o la de declararse revolucionario con Alvear, o la de no hacerlo y perder el puesto que ocupaba al frente de los Granaderos.

Creemos que este modo de pensar -tal es en substancia la tesis sostenida por Vicente F. López- es arbitrario al par que deprimente, y contrario para la psicología de San Martín. Ya queda demostrado que al llegar al Río de la Plata no era él una personalidad subalterna. Alvear era, sin duda, un personaje de relumbrón y acicateado por una ambición desmedida. Pero Alvear no era omnipotente ni podía serlo, pues antes que él, una fuerza dinámica más poderosa y equilibrada que la suya, lo era Monteagudo, que ya trabajaba en las sombras y pulsando los instintos de la opinión, había apuntado sus tiros a un gobierno que tenía que caer o por razón o por fuerza. Explícase mejor esta conducta, conducta franca y resuelta, si se tienen en cuenta los móviles de su patriotismo en aquel entonces y los trabajos sigilosos desarrollados en la logia para propagar la revolución y ponerla en su quicio. A no dudarlo, ambicionaba San Martín, si no el comando general, un comando en ella, pero es el caso que ese comando exigía un nuevo orden de cosas y por lo tanto un cambio radical en la política que practicaba el Triunvirato. «Hasta hoy, decía San Martín, las Provincias Unidas han combatido por una causa que nadie conoce, sin bandera y sin principios declarados que expliquen el origen y tendencias de la insurrección. Preciso es que nos llamemos independientes para que nos conozcan y respeten

Esto, a nuestro entender, constituye la clave de su actitud en la revolución del 8 de octubre. Había en formación una patria. Ésta tenía sus tribunos, comenzaba a tener su doctrina, pero la encubría una careta que él quería romper y demostrar ante el mundo que si se peleaba con denuedo no lo era por un monarca, sino por un ideal. San Martín no tuvo ni pudo tener remordimiento por esta actitud como lo supone López. Si no tomó parte después en ninguna otra asonada o revolución, fue sencillamente porque a partir de esa fecha, la Revolución de Mayo volvió a encarrilarse por el camino que le prefijó su propio genio cuando ella estalló y porque siendo además su misión la de un libertador, no le correspondía en su vida militar actuar como un caudillo.

El episodio revolucionario que acabamos de historiar sirvió para poner en contacto dos hombres que aparentemente estaban separados por los acontecimientos. «San Martín y Pueyrredón -nos dice Vicente F. López- no se conocían, o se conocían apenas, cuando tuvo lugar el pronunciamiento del 8 de octubre; pero un desgraciado incidente los puso en una especie de relación fría y poco cordial. Alguno de los grupos que alborotando recorrían las calles, cometió desacatos poco cultos en las ventanas de la casa de un hermano de Pueyrredón, vociferando denuestos, rompiendo vidrios, y lanzándole pedradas. Corrió al instante que lo había encabezado San Martín; y éste, advertido de esa injuria que se le hacía, imputándole un hecho tan impropio de su carácter, dirigió un billete al ex presidente del Poder Ejecutivo, protestándole, con fecha 12 de octubre, que aquella imputación era una calumnia que lo mortificaba profundamente.

»Con la misma fecha le contestó Pueyrredón sin negar que la especie hubiese llegado a su noticia, pero asegurándole que no había entrado jamás en su ánimo creer que pudiera ser autor de tropelía tan grosera un hombre que, además de pertenecer a la familia masónica y de saber los deberes que ella imponía, tenía una reputación honorable y un rango en el ejército, que lo hacía superior a toda sospecha de actos semejantes. Este fue el primer encuentro en que los dos futuros amigos se cambiaron las firmas que debían ilustrar después, en las mismas páginas, las medidas del hombre de Estado y las medidas del hombre de guerra». [14]

No sabemos si el ilustre publicista que citamos escribió teniendo delante los documentos o sólo por decires o recuerdos de su prodigiosa memoria. Es el caso que los documentos cambiados entre San Martín y Pueyrredón han caído en nuestras manos y leyendo esos originales comprobamos que si el hecho en lo principal sucedió como lo refiere López, no responde a la verdad de lo sucedido en muchos de sus pormenores. Por de pronto, las relaciones entre San Martin y Pueyrredón, si no eran ni cordiales ni estrechas, tampoco se caracterizaban por ningún encono o frialdad. El incidente en cuestión sirvió, por el contrario, para avivar simpatías que eran comunes y proporcionóle a Pueyrredón el motivo o pretexto para evidenciarle a San Martín su alta estima. Además, la carta que se supone escrita el 12 de octubre, sólo lo fue el 26 de noviembre y estando Pueyrredón, por causa del exilio impuesto, en su estancia de Arrecifes. La carta de San Martín no tiene fecha, y así lo hace constar el mismo Pueyrredón, como lo veremos. «Nada hay tan sensible para todo hombre -le escribe San Martín- como el ser acusado de hechos que no ha cometido. Así es que habiendo sabido extrajudicialmente me creía usted el promotor del incidente de su hermano y busca de usted la noche del ocho, ha llegado al colmo mi sentimiento. Firme en mis principios, ni aun la misma muerte me haría negar este hecho si así lo hubiese cometido. Bien al contrario, es bien notorio que a mi llegada a la plaza se había ya ejecutado y que lo desaprobé. Mi honor y delicadeza exigen que tanto a usted como al resto del pueblo que estén en esta creencia, les dé una satisfacción. Yo cumplo con hacerla». [15]

La carta, como se ve, peca acaso por su laconismo, pero desborda de franqueza y de sinceridad. San Martín era tan militar en sus escritos como en sus actos, y este rasgo de sobriedad verbal fue su rasgo prominente, ya cuando pedía o ya cuando daba explicaciones.

Por lo que se refiere a Pueyrredón, veamos cómo el triunviro depuesto por la revolución que San Martín había auspiciado con sus ideas y con su persona, acogió estas explicaciones y puso fin al incidente. «Creo que muy retardada le escribe a San Martín desde Arrecifes el 26 de noviembre- recibí antes de ayer la estimable de usted, sin fecha, que con otras me fue remitida por un pasajero desde la posta inmediata a mi destino. Confieso que he leído con placer la satisfacción que ella contiene, sólo porque es de usted; porque también era usted el solo de quien había tenido que extrañar. Por lo demás, crea usted que he visto el comportamiento del oficial que insultó mi casa y la de mi hermano, y la conducta del jefe que se lo ordenó, como un efecto natural y preciso de causas conocidas. Yo sería igual a todos los hombres si conservase resentimientos vulgares, por un suceso tan común y tan repetido, por desgracia, en nuestra revolución. Pero no, señor; me fijo en buenos principios, observo la marcha incierta de una nave que corre sin brújula; veo la desesperación del equipaje porque no llega tan pronto como deseara al puerto que cada uno se figura, en diversa dirección; lo disculpo, porque no conoce otra razón que su deseo; compadezco al piloto, porque sin los instrumentos para su derrota será más inseguro cualquier rumbo que tome; me intereso en la salvación de la nave, porque ella conduce mi vida y mi fortuna; y sólo culpo de este choque de intereses y pasiones a la fatalidad de mi destino

»Usted verá si hay semejanza entre nuestra situación política y la de mi preciosa nave y podrá calcular mis sentimientos. Lo que sí puedo afirmar a usted es que será un prodigio la salvación de la nave sin la brújula indispensable, como lo será también la de nuestra patria, sin una constitución que enseñe los caminos que deben llevar los que mandan y los que obedecen; pues, de lo contrario, daremos sin remedio en el escollo de la anarquía o en otros no menos ruinosos.»

»Me he dilatado más de lo que pedía la materia de mi contestación; pero es también porque escribo a usted y sólo para usted, a quien por lo que es, y por la familia a que pertenece, aprecia con verdad su muy atento y afectísimo servidor». [16]

Evidentemente, al escribir estas líneas Pueyrredón intentó sincerar su política por medio de una tirada políticofilosófica en la que lo parabólico cristalizóse en la imagen de la nave barrida por todos los vientos. La estima y respeto por San Martín resulta evidente y acepta sus explicaciones por ser quien es y por la familia a que San Martín pertenece. ¿Cuál es esta familia? Al decir de Vicente F. López, debió serlo la masónica, o sea aquella familia logista, cuya paternidad sanmartiniana no se discute, pero acaso también pudo serlo aquella otra familia social, o sea la de Escalada, a la cual el futuro libertador acababa de vincularse por su enlace con la señorita Remedios. Las grandes amistades no nacen siempre como dos chispazos. A veces les precede una nebulosa y es el tiempo el que las madura y les da consistencia. Esto sucedió entre la amistad de San Martín con Pueyrredón, y después de pocos años, los que ahora aparecían distanciados por los acontecimientos políticos, la comunidad de ideas y pureza de intención, se unirían en el mismo propósito y juntos harían la grandeza de la patria. Ésta se salvaría por la brújula que en su destierro de Arrecifes buscaba el triunviro depuesto y la brújula sería precisamente el Capitán aquel a quien le abría su pecho y lo hacía blanco de sus simbólicas confidencias.

A los nueve meses de su arribo a la patria San Martín era elevado al grado de Coronel, siendo refrendado el decreto que le discernía este honor por el Ejecutivo reinante -lo formaban Paso, Álvarez Jonte y Rodríguez Peña- el 7 de diciembre de 1812.

Antes de finalizar este año, sin ruido, sin petulancia y sin ostentación alguna, había logrado San Martín un doble triunfo, dado que éste lo era patriótico y sentimental a la vez.

Por el primero quedaba estrechamente vinculado a su tierra de origen, a esa entidad geográfica que la formaban ya las Provincias Unidas del Río de la Plata, y, por el otro, vale decir, por su enlace con una doncella porteña, a la sociedad argentina, de la cual sería más tarde su orgullo aquella hija Mercedes nacida en Mendoza y emparentada luego por su matrimonio con los Balcarce.

Todo esto no era otra cosa que el resultado lógico de su trayectoria, de la sanidad de sus principios y de los móviles en que apoyaba su conducta de hombre y de soldado. Él es el único de los argentinos que prefiere la acción a la palabra, y aparentando un papel subalterno y silencioso, prepara en sí mismo el triunfo definitivo del drama libertador que le preocupa.

Aparentemente lo domina la pasividad, pero tras de esta ausencia absoluta de inquietud o de desazón crece y toma consistencia una idea. Ésta la dará a conocer a su hora y cuando así suceda dejará el Plata por Cuyo, y el vencedor de San Lorenzo se convertirá en el Capitán de los Andes. A partir de esa hora, San Martín y sólo San Martín será la fuerza directiva de la Revolución.

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[1] Guía de forasteros del virreinato de Buenos Aires para el año de 1803. Real imprenta de los Niños Expósitos.

[2] Ver MITRE: Comprobaciones históricas. Segunda parte, pág. 166.

[3] Como todos los otros virreinatos o capitanías del Continente, el del Río de la Plata contaba con sus fuerzas armadas, impropiamente llamadas ejército. He aquí las que existían en el virreinato argentino en vísperas de las invasiones inglesas:

Infantería: un regimiento, creado en 1772, con tres batallones y con siete compañías cada uno.

Artillería: dos compañías veteranas de ciento cuarenta y cinco plazas.

Caballería: un regimiento de dragones, creado en 1772, que tenía por jefe a don José Ignacio de la Quintana.

Milicias provinciales: una compañía compuesta de un capitán, dos tenientes, tres subtenientes y ciento cincuenta plazas. Estos mismos cuerpos de milicias se encontraban en Montevideo, Maldonado, Colonias del Sacramento, Mendoza, Potosí, Paraguay y ensenada de Barragán.

Existía, además, un cuerpo de Blandengues de la Frontera, acuartelado en Montevideo v compuesto de ocho compañías, y otro cuerpo de Blandengues con seis compañías, bajo el comando de don Nicolás de la Quintana. El primero de estos cuerpos había sido creado en 1772 y el segundo en 1779. Había además otras fuerzas montadas en Salta, en Cochabamba, en San Luis, en Mendoza, en Santiago del Estero, en Tucumán y en el Paraguay. Las invasiones inglesas pusieron lo militar a la orden del día, y al conjuro de Liniers, formóse el ejército de defensa con que fueron rechazados los invasores. Los nuevos cuerpos creados en ese entonces recibieron la denominación correspondiente a las provincias de donde eran oriundos sus soldados. Surgieron así los cuerpos de catalanes, asturianos, vizcaínos, montañeses, castellanos, andaIuces e indios, quedando bautizados de patricios y arribeños los cinco batallones formados con elementos puramente nativos. Fueron elegidos para comandantes de estas fuerzas criollas don Cornelio Saavedra y don Esteban Romero. Se formaron, además, dos escuadrones de húsares, otro de infernales y otro de cazadores. Sobre la base de los catalanes se organizó un cuerpo de artillería llamado el de la Unión, equipado y pagado todo él por el municipio. Los cuerpos se uniformaron a su costa, y los patricios se distinguían por una chaquetilla azul con vivo blanco y collarín encarnado. El centro de la chaquetilla era blanco. En el sombrero usaban un penacho blanco y celeste, con presilla del mismo color, y sobre el brazo se destacaba un escudo de paño grana, en cuyo centro se leía el nombre de Buenos Aires , orlado de palma y laurel.

Todos estos símbolos y colores tenían ya un sentido figurativo y serían ellos los que después de pocos años servirían de elemento para la heráldica de la revolución.

[4] Archivo de Belgrano, vol. III, pág. 134.

[5] Archivo de Belgrano, t. III, pág. 187.

[6] MARIANO TORRENTE: Historia de la Revolución Hispanoamericana, volumen I, pág. 76.

[7] Archivo de Belgrano, t. III, pág. 209.

[8] Archivo de Belgrano, t. III, pág. 264.

[9] Archivo de la Nación Argentina, infolio, vol. II, pág. 102.

[10] JUAN E, GUASTAVINO: San Lorenzo, pág. 212.

[11] JUAN E. GUASTAVINO: San Lorenzo, pág. 214. - Además del documento que en esta página reproducimos, podemos hacer alusión a otro similar que el mismo Rivadavia, con fecha 22 de agosto, dirigió al subdelegado del gobierno en Candelaria. Este documento está motivado por igual propósito, vale decir, por el de hacer un llamado a los naturales de Misiones, y en él se dice textualmente: «Este superior gobierno, por ser interesado a la defensa y seguridad del Estado, ha tenido a bien comisionar a don Francisco Doblas para que, trasladado a los pueblos de la comprensión de Misiones, extraiga trescientos jóvenes naturales, de talla y robustez, que S.E. destina al regimiento de Granaderos a Caballo, al mando del Teniente Coronel don José de San Martín, oriundo de aquel territorio; en virtud prevengo a V. de orden de S.E. que luego que se presente dicho comisionado imparta las órdenes más estrechas a los corregidores, cabildos y mayordomos del departamento, para que no se le ponga dificultad ni embarazo ninguno en la ejecución del encargo a que se ha destinado a Doblas, y antes ordena la superioridad que se le franqueen todos los auxilios que estén al arbitrio de usted en inteligencia que S.E. ha autorizado a Doblas para que en el último caso pueda exigirlos con arreglo a la población de cada establecimiento.» JERÓNIMO ESPEJO: El paso de los Andes, pág. 30.

[12] Desde Jujuy y con fecha 28 de mayo, Belgrano escribe a su gobierno: «He tenido la mayor satisfacción de ver la alegría, contento y entusiasmo con que se ha celebrado en esta ciudad el aniversario de la patria. La tropa de mi mando ha demostrado el patriotismo que la caracteriza. Asistió al rayar el día a conducir la bandera nacional, desde mi posada, que llevaba el Barón de Holemberg, para enarbolarla en los balcones del ayuntamiento y se anunció al pueblo con quince cañonazos.

»Concluida la misa, la mandé llevar a la iglesia y, tomada por mí, la presenté al deán Juan Ignacio Gorriti, que salió revestido a bendecirla, permaneciendo el preste, el cabildo y todo el pueblo con la mayor devoción a este santo acto. Verificado que fue, la volví a mano del Barón, para que se colocase donde estaba, y al salir de la iglesia repitió otra salva de igual número de tiros, con grandes vivas y aclamaciones. Por la tarde se formó la tropa en la plaza, y salí en persona a las casas del ayuntamiento, donde éste me esperaba con su teniente gobernador. Saqué por mí mismo la bandera, y la conduje acompañado del expresado cuerpo y habiendo mandado hacer el cuadro doble, hablé a las tropas, las cuales juraron con todo entusiasmo al son de la música y última salva de artillería, sostenerla hasta morir.» Archivo de Belgrano, t. IV, pág. 136.

[13] Archivo de Belgrano, t. IV, pág. 205.

[14] Historia de la República Argentina, vol. IV, pág. 244.

[15] Biblioteca Nacional, Buenos Aires. Sección manuscritos, N.0 5.233.

[16] Biblioteca Nacional, Buenos Aires. Sección manuscritos, Nº 5.233.

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