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Instituto Nacional Sanmartiniano

Historia del Libertador Don José de San Martín. Capítulo 6. San Martín en Valladolid y en Cádiz

Continuamos con la publicación de la obra cumbre del fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano. En esta ocasión "San Martín en Valladolid y en Cádiz". Por José Pacífico Otero.

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CAPÍTULO 6

SAN MARTÍN EN VALLADOLID Y EN CÁDIZ

SUMARIO.- En viaje de Valladolid a Salamanca, San Martín es herido por cuatro facinerosos.- Una frase que vale por muchos comentarios.- Informe en el que se le exonera del pago de los tres mil trescientos cincuenta reales que le robaron en el asalto.- San Martín teniente segundo en el cuerpo de voluntarios de Campo Mayor.- Es ascendido a capitán segundo y se señala su comportamiento en la peste que asoló a Cádiz en 1804.- San Martín durante el período que siguió a Trafalgar.- Lo que esperaba Godoy de la guerra contra Portugal y acontecimientos que determinaron la entrada de Napoleón en España.- Un hermano de San Martín al lado de Daoiz y de Velarde en Madrid el 2 de mayo.- Las Juntas y el Capitán General de Andalucía.- El General Solano, o sea el Marqués del Socorro, a la luz de los documentos.- Cómo y cuándo se rehabilita su memoria.- Opiniones sobre él de Agustín Girón y del General Gómez y Arteche.- Solano era un militar bien español.- El propio bando que se pretextó para ocasionarle la muerte lo prueba.- Casa y lugar en que Solano fue atacado por el populacho.- San Martín, que era su edecán, se atrinchera para salvarlo y contiene a los amotinados.- Después de huido Solano cae en manos de éstos y lo asesinan cobardemente.- San Martín escapa por milagro a igual venganza.- Pruébase que era edecán y no oficial de guardia en ese momento.- Vuelta España a la normalidad, la viuda del General Solano, Marquesa del Socorro, pide la rehabilitación de su esposo.- El Consejo Supremo de Guerra lo acuerda, y en 1817 esta rehabilitación es comunicada, con beneplácito de Su Majestad, a todo el ejército.

Las fojas de servicios de San Martín, que tenemos delante, son parcas en pormenores, y ellas no nos explican su actividad entre los años 1801 y 1804. Sabemos, con todo, que a principios de 1802 le fue confiada una misión de reclutamiento en Castilla la Vieja, y que de vuelta para incorporarse a su regimiento fue objeto de un asalto que pudo costarle la vida, y en el cual dio pruebas de entereza al par que de valor y de escrupulosidad en el cumplimiento de su deber. Tratándose de un hecho de tanta importancia, queremos que el documento histórico supla a nuestro propio relato, y leyendo la instancia o súplica que San Martín elevó en aquel entonces a Su Majestad, viviremos el momento trágico y angustioso que vivió el joven Teniente: «Don José de San Martín -dice éste-, segundo Teniente del regimiento de infantería de Murcia, con el debido respeto a la Real persona de Vuestra Majestad, expone: Que habiendo recibido orden superior para incorporarse con sus banderas la partida de reclutas que mandaba en la ciudad de Valladolid, y dirigiéndose con ella a la ciudad de Salamanca, tuvo la desgracia de ser acometido por cuatro facinerosos en ocasión que el exponente se había atrasado de su partida por la demora en el cumplimiento de bagajes de la justicia del tránsito. Estos asesinos pretendieron, desde luego, despojarme de cuanto tenía, apoderándose de mi maleta, en la que llevaba tres mil trescientos cincuenta reales remanentes de mi comisión. Acordándome de la profesión en que sirvo y el espíritu que anima a todo buen militar, me defen usando de mi sable; pero, habiendo recibido dos heridas, una en el pecho, de bastante gravedad, y otra en una mano, tuve que abandonar los referidos efectos. El señor inspector general de infantería ha sido testigo de este accidente, pues aquel mismo día tuve el honor que me visitase en el pueblo del Cubo, donde fui conducido, y a este jefe di parte de lo ocurrido; y en caso de que necesitase de otras pruebas de la notoriedad de este suceso, me lisonjeo que él mismo informará a Vuestra Majestad lo que llevo manifestado. Suplicando a V.M. con el mayor rendimiento que por un efecto de su notoria benignidad y aprecio singular que dispensa a sus militares, se digne mandar se me perdone la indicada cantidad que por este funesto incidente resulto debiendo. Gracia que espera el suplicante de la ignata piedad de V.M. Campo de Gibraltar, 6 de enero de 1802». [1]

La exposición no puede ser más concisa, pero, al mismo tiempo más exacta y más elocuente. Todo el tipo moral del hombre y del soldado refléjase en tal substancioso laconismo, y la frase: «Acordándome de la profesión en que sirvo y el espíritu que anima a todo buen militar, me defendí usando de mi sable», vale por muchos comentarios. La vida le reservaría a San Martín muchas otras sorpresas; pero ante cualquier adversidad, se acordaría siempre de su profesión, y si no siempre se defendería con el sable, se defendería con la palabra, que como arma, vale tanto a veces, si no más, que el filo del acero mejor templado.

Enterada Su Majestad de esta petición, pasóla a informe del Coronel de su regimiento, que lo era don Toribio Méndez, y al inspector general de infantería, el General don Francisco Negrete. Ambos examinaron la demanda, y al dirigirse a S.M. escribía el primero: «Señor, me consta cuanto expone el segundo Teniente don José de San Martín, y respecto a las heridas que recibió, y a que ha quedado debiendo de resultas de la comisión de banderas tres mil trescientos cincuenta reales de vellón, le considero acreedor a que V.M. se digne indultarle del pago por ser un oficial de acreditado valor y conducta

El inspector cuyo testimonio invocaba San Martín no fue menos expresivo que el Coronel Méndez, y redactó su informe en estos términos: «Señor, merece la mayor consideración la súplica de este oficial cuya desgracia de ser robado y gravemente herido casi presencié por hallarme casualmente en aquellas circunstancias cerca del paraje donde le sucedió y de cuyas resultas tuve yo mismo que suministrarle algún socorro, para su persona y partida. En este concepto juzgo propio del piadoso corazón de Vuestra Majestad, le perdone el pago de tres mil trescientos cincuenta reales que ha quedado debiendo al cuerpo de su comisión por el motivo expresado; esto no obstante, V.M. resolverá lo que sea de su real agrado». [2]

Después de estos informes, Su Majestad se apiadó del demandante y le otorgó la gracia que solicitaba.

La sangre, pues, que San Martín no había derramado aún en los combates -ya los contaba numerosos- vino a derramarla cuando desempeñaba una misión militar en tierras castellanas. El atentado pudo haber sido funesto, pero felizmente su presencia de espíritu superó a la audacia de los bandidos y escapó así a la muerte quien se encontraba aún en los prolegómenos de una carrera que, por muchos títulos, estaba destinada a ser fecunda y gloriosa.

El 26 de diciembre, y estando el Rey en Cartagena, decidióse la formación de un nuevo cuerpo que pasó a intitularse Voluntarios de Campo Mayor. El segundo Teniente del regimiento de Murcia fue removido de su puesto y ascendido a ayudante del nuevo cuerpo que se creaba. «Mando -dice Su Majestad en la real cédula-, al Capitán General o Comandante General a quien tocare, dé la orden conveniente para que al dicho don José de San Martín se le ponga en posesión del referido empleo y a los oficiales y soldados del expresado batallón que le reconozcan y respeten por tal segundo ayudante, obedeciendo las órdenes que les diere de sus superiores, tocantes a mi servicio por escrito y de palabra, sin réplica, sin dilación alguna». [3]

Dos años más tarde el mismo soberano premiólo con un nuevo ascenso, y estando en El Escorial firmó otra real orden según la cual al agraciado, «atendiendo a sus servicios y méritos», se le confiere el empleo de Capitán segundo del mismo cuerpo.

En ese año 1804, sobre Cádiz y su región, desencadenóse el flagelo de una peste. Al parecer, San Martín vióse libre de ella, pero no por eso negóse a los servicios que dictaba la caridad, y esto lo hizo con tanta valentía que su conducta mereció ser señalada en su foja de servicios.

Es de lamentar que el Libertador del Nuevo Mundo no haya transmitido a la posteridad siquiera algunos apuntes relativos a estos comienzos de su carrera. Conoceríamos así muchos pormenores que, a no dudarlo, fueron interesantes, y no nos encontraríamos ante un período tan obscuro en lo relativo a su actuación militar, como es el que transcurre entre el final de la guerra en el Rosellón, y la última guerra de España y Francia contra Portugal, en 1807.

Con todo, es en ese período en que él se destaca reclutando soldados en Castilla la Vieja, dejándose guiar de sus instintos humanitarios cuando una peste colérica hace estragos en Cádiz y en su región, y subiendo de grado en grado hasta llegar al de Capitán en el Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor.

No los documentos, porque ellos no existen, pero sí la fuerza luminosa de la intuición histórica nos hace creer que por ese entonces comenzó a avivarse en él aquel instinto criollo que lo ligaba por razón de nacimiento con las tierras tan lejanas del Nuevo Mundo. Por desgracia para España, su política cortesana no era la más indicada para atraerle la estima y el respeto de sus colonias. El período que siguió para ella después de Trafalgar, no lo fue de renacimiento sino de decadencia, y San Martín tuvo que vivirlo palpando muy de cerca los vicios políticos que minaban a la Monarquía.

Ni como soldado, ni como criollo, pudo ignorar, o mirar con indiferencia, aquellas proezas militares con que los hijos de Buenos Aires rechazaban al invasor y ponían a raya al poderío británico. La defensa y la reconquista de aquella capital del virreinato argentino fueron dos acontecimientos de repercusión mundial, y San Martín, que residía en Cádiz, los conoció a tiempo cuando el anuncio de aquella defensa y de aquella reconquista llegó ahí como una primicia. Una simple comparación de lo que acontecía en América con lo que sucedía en Europa bastóle, a no dudarlo, para desplazar su corazón y clavarlo, no en estas tierras en que los ejércitos se debatían para apoyar al absolutismo, sino en aquellas lejanas en que por vez primera lo épico demostraba que allí existía una raza de hombres libres.

Este levantamiento de fuerzas populares más allá del Atlántico coincidía con el funcionamiento de sociedades secretas cuyos iniciados se reunían para conspirar en Cádiz o en Londres. No dudamos que San Martín principió entonces a ponerse en contacto con este grupo de conspiradores, y que por una parte su instinto, y por la otra el saber que en su tierra de origen surgía a la vida una libertad que el Viejo Mundo no conocía, lo preparó lentamente para desprenderse de España, y en hora oportuna cruzar los mares y ponerse al servicio de lo que, siendo una vaga idea, pronto tomaría los contornos de una enorme esperanza.

Aun cuando sus fojas de servicios no lo dicen, sabemos que San Martín, al frente de su Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor, tomó parte bajo las órdenes del General don Francisco Solano, también conocido con el nombre de Marqués del Socorro, en la guerra que, como consecuencia del tratado de Fontainebleau, le fue declarada a Portugal por España y Francia en 1807. Las tropas españolas llegaron a posesionarse de Yelves, y las francesas, al mando de Junot, lo hicieron de Lisboa. Pero guerra sin gloria y sin provecho, si para algo sirvió no lo fue para que España se conquistase nuevos lauros, sino para que Napoleón completase su perfidia, y bajo el pretexto de reforzar el ejército que debía actuar sobre Portugal, llenase de soldados toda la Península.

El ministro Godoy esperaba, con todo, que la victoria sobre los portugueses concluiría dándole un principado lusitano; pero en lugar de este principado y de otras ventajas que entraban en las promesas del nuevo César, Godoy obtuvo el descrédito, y España la vergüenza de verse ocupada por los ejércitos napoleónicos.

Pero las cosas no pararon ahí. Al desacuerdo existente entre el padre y el hijo, es decir, entre Carlos IV y Fernando, Príncipe de Asturias, agregóse el motín de Aranjuez, que trajo como consecuencia la abdicación del monarca y la caída de su ministro Godoy. Napoleón no se conformó con saber que Carlos IV había abdicado en favor de su hijo y que Godoy había dejado de manejar los resortes de la política. Tenía, como todo déspota, sus intenciones secretas, y queriendo hacer de España una nueva piedra para su corona, preparó aquella celada que llevó a la ciudad de Bayona al padre y al hijo, a la reina María Luisa y al ministro Godoy. No nos corresponde describir aquí lo que pasó en aquella triste y bien vergonzosa comedia. Sólo nos corresponde decir que Napoleón vino a quedar dueño absoluto del trono ibérico y de los destinos de España, y que, teniendo en sus manos una abdicación monárquica, creía que también tenía en las mismas el destino militar y político de la Península. Se olvidaba que los reyes son menos que los pueblos y que, mientras éstos perseveran, aquéllos desaparecen como accidentes que son más o menos brillantes.

España le haría ver que su voluntad no era la de atarse a su carro sino la de ser libre, y cuando las bayonetas de Murat en ejecución de órdenes superiores entraban en Madrid, el día 2 de mayo, el pueblo se sublevó para marcar con su protesta la hora inicial de la independencia española. El pueblo hizo lo que no hicieron los reyes, y con su sangre salvó el honor que aquéllos con sus cobardías y negociados habían comprometido. El día ése tocóle a un hermano de nuestro héroe, a Manuel Tadeo, el encontrarse al lado de los soldados que, obedeciendo a las órdenes de Daoiz y Velarde, cargaron contra los franceses.

El destino le tenía reservado a San Martín otro teatro, y éste lo fue la propia ciudad de Cádiz, que el 20 de mayo, y como consecuencia del pronunciamiento insurreccional de Madrid, presenció una triste y dolorosa tragedia.

En momentos en que los reyes de España no sabían sostener su trono se formaron varias juntas y se encargaron éstas de rechazar al invasor, improvisando ejércitos y tomando otras providencias. Por ese entonces, encontrábase en Cádiz con el carácter de Capitán General de Andalucía y gobernador de dicha plaza don Francisco María Solano Ortiz de Rosas, más conocido con el título de Marqués del Socorro de la Solana, o simplemente con el del General Solano.

Sus fojas de servicios, hasta ahora inéditas, nos lo presentan como nacido en la ciudad de Caracas, puntualizando además su nobleza, la robustez de su salud, sus méritos y sus servicios. Por ellas sabemos que entró a servir como Capitán de Caballería de Borbón el 3 de julio de 1784, que el 26 de julio del mismo año era segundo Teniente de guardias españolas, de granaderos el 7 de marzo de 1789; primer Teniente del mismo cuerpo el 14 de enero de 1790, y el 4 de febrero segundo ayudante del mismo. El 29 de septiembre de 1791, lo encontramos de Teniente Coronel; de Coronel el 16 de abril de 1792, y después de figurar con este grado al frente del regimiento de Navarra, pasa con igual categoría y función al de Soria el 28 de agosto de 1793. Al principio de su carrera hizo dos campañas en Orán. Comandó parte de las tropas españolas en la guerra con el Portugal y, en julio de 1802, fue puesta bajo su mando la escuadra que partió de Cádiz conduciendo a Nápoles a los príncipes sicilianos. Por real orden de 5 de octubre de 1802 se le promueve al empleo de Teniente General con motivo del casamiento del Príncipe de Asturias -después Fernando VII- con la Princesa doña María Antonia. En el documento que tenemos delante se dice que tiene «buenos principios» y que por su aplicación puede esperarse sea un oficial sobresaliente. Textualmente se escribe: «Este jefe es recomendable por todas sus cualidades y en particular por su buena disposición, su instrucción, su actividad y su talento.» El Marqués del Socorro tuvo un hermano llamado Joaquín que militó a su lado en la guerra contra el Portugal y que en 1802 falleció a consecuencia de las heridas que recibió en el sitio de Olivenza. [4]

Por razones más aparentes que reales creyóse que este General estaba en connivencia con los franceses y que, al resistirse al llamado insurreccional que le llegó de Sevilla en el mes de agosto, lo era por inteligencia secreta con los invasores. Un historiador gaditano nos cuenta que al alzarse Sevilla en los días 26 y 27 de mayo de 1808 contra la dominación francesa, la Junta allí reunida resolvió enviar a Cádiz al Conde de Teva para promover la insurrección de esta ciudad y unirla a la que ya había estallado en la capital de Andalucía; pero, como Solano «era, según este historiador, secreto amigo de los invasores, no se atrevió a declarar sus pensamientos temeroso de la cólera del pueblo». [5]

Según lo veremos más adelante -después de su muerte, su memoria fue rehabilitada-, la resistencia de Solano a las insinuaciones de la Junta no fue por razones de traición, sino de prudencia o de buen sentido que le dictaba su talento militar. Era, sin duda, un admirador de los invasores, pero no porque fueran invasores, sino porque en el arte de la guerra habían adoptado una nueva táctica contra la cual el comando español se presentaba reacio. La táctica de este ejército pecaba, como ya se ha visto, de rutinaria; pero la política privaba sobre lo militar y quedaba sin ser oído el clamor de los jefes. Podemos, pues, afirmar que Solano no fue más allá, en su sentimiento francófilo, de lo que le permitía un título de simpatía fundado en dichas razones, y que ni entonces ni nunca pensó pactar con el enemigo y mucho menos traicionar a su patria.

Era él un buen soldado y un español, y como tal esmeróse en dar a las tropas que tenía bajo su mando el mayor lucimiento. En lo relativo a este punto leemos en la historia ya citada: «Entretanto el Teniente General don francisco Solano, gobernador de Cádiz, entusiasta del brillo militar, tenía frecuentes y vistosas paradas en las cuales se evolucionaba según la instrucción que se dio en noviembre del año 96 y cuya ejecución estaba prohibida por el gobierno». [6]

Pero sea lo que fuere, es lo cierto que a raíz de este petitorio Solano se decidió por reunir una Junta de Generales, y después de oír el parecer de todos ellos optó por la publicación de un bando -bando que para Solano sería fatídico- y cuyo contenido es una síntesis de lo que en tales circunstancias les aconsejaba la moderación y la prudencia. Podría creerse que entre Solano y los agentes de Napoleón pudiese existir cierta tácita connivencia; pero es el caso que Solano no procedió solo; que muchos jefes formaron su consejo y que, como el bando lo especifica, lo eran nada menos que don Joaquín Moreno, Comandante General del departamento de Marina, el Príncipe de Monforte, don Tomás de Morla, don Manuel de la Peña, ex Capitanes Generales de aquella provincia; don Juan Ruiz de Apodaca, Comandante General de la escuadra surta en la bahía de Cádiz, y los Mariscales de Campo don Juan Ugalde, don Jerónimo Peinado, don Narciso de Pedro y don José del Pozo. Por hallarse indispuesto no tomó parte en esta Junta el Mariscal de Campo don Carlos Luján. Todos ellos pesaron y examinaron las insinuaciones llegadas de Sevilla, y concluyeron por fin que lo más sabio era el no dejarse arrastrar por los que voceaban el alzamiento, sino prepararse convenientemente para confiar la victoria, no a la improvisación o al entusiasmo, sino al método y a una campaña organizada. Solano y los firmantes de este bando no ponen reparos en decir que los invasores son «unos enemigos insaciables del lucro»; pero ellos declaran igualmente que aquéllos «no dejarán de aprovecharse de nuestra ausencia para apoderarse de la escuadra y arsenal, hacer de esta ciudad un segundo Gibraltar, y saquear nuestros puertos. Su mala fe, concluyen, es bastante acreditada».

Todos los reparos que puede poner el buen sentido son observados en este documento y así se dice «que si todos los brazos robustos se emplean en las armas», encontrándose Cádiz en tiempo de una recolección como no había después de muchos años de escasez, no habría brazos para levantar la cosecha. A estas razones vitales, por decirlo así, agregan otras políticas, cual lo es la de que los propios soberanos, «se han ido espontáneamente y sin molestia, con ellos», es decir, con los enemigos. «¿Quién reclama, pues, nuestros sacrificios?», se preguntan. Encuentran los firmantes de este bando que en la Península no hay tropas bastantes para poder obrar, que no se puede contar con las guarniciones de Mallorca, Menorca, Ceuta, los presidios y otros puertos ultramarinos y que sólo quedan pocos regimientos, componiéndose los de infantería de un solo batallón y de un escuadrón los de caballería. «Sin embargo, de estos y otros perjuicios, declaran los Generales expresados, no queremos de ningún modo ser notados ni tenidos por nuestros compatriotas por demasiado precavidos ni malos patricios y cedemos a los clamores generales de la provincia. Mas no por esto daremos lugar a que los mismos que ahora reclaman y piden ser conducidos contra los que se declaren por enemigos, después nos desprecien, vituperen y abominen por haberlos llevado, como a rebaños de ovejas, a la carnicería.» «Para combatir, se especifica en este bando, es menester alistarse, regimentarse, disciplinarse y tener una táctica, sin ella seríamos como los mejicanos o tlaxcaltecas delante de Hernán Cortés al tiempo de la conquista. Es necesaria una numerosa artillería que exige mucho ganado de tiro y carga. Además, provisiones de toda especie, pues no hemos de ir a saquear nuestras provincias. De otra parte, sin dinero no se hace la guerra y es indispensable juntar sumas competentes. En fin, no es asunto de una campaña corta a menos que, desde luego, fuésemos derrotados completamente. Son menester muchas y muchas victorias para conseguir el fin que se propone y abandonar, por consiguiente, para siempre o por mucho tiempo nuestras casas, haciendas, lugares e hijos. La experiencia y conocimiento de la guerra nos hace hablar. Aun más nos mueve la previsión de las catástrofes y desgracias que van a sobrevenir.»

 »Hablando con andaluces que miran con horror y vileza toda alevosía y traición, es inútil advertir que por ningún caso se deben manchar las manos con la sangre de ningún extranjero que vive en la seguridad de su buena fe. El Campo de Marte es sólo el teatro del honor. Los asesinatos prueban bajeza y cobardía. Cubren de infamia y atraen represalias crueles y justas. Uno de nosotros irá, en consecuencia, inmediatamente a Sevilla para organizar la gente que allí se presente. Los demás adquiriremos la que quiera alistarse en los demás pueblos conmovidos y tomaremos providencias relativas a los resultados que haremos saber.»

Solano y sus consejeros concluyen diciendo: «Finalmente, los Generales dichos, opinan que, en las circunstancias actuales, la defensa de Cádiz no puede desatenderse por su importancia, por la escuadra, arsenal y puerto y también por las riquezas que encierra. Pueden no bastar las tropas que actualmente existen en ella para precaver los insultos de los enemigos que puedan atacarla. Además, no conviene de ningún modo dejar las espaldas sin guarnecer. Por esta razón hemos creído oportuno que no conviene que los vecinos de Cádiz, la isla y los puertos salgan por ahora de sus hogares y sí que todos los que estén poseídos del deseo de servir a la Patria se alisten, igualmente que las milicias urbanas, para que se instruyan y puedan hacerlo dignamente. A este fin, desde mañana a las siete de ella, concurrirán a casa del Teniente Rey de esta plaza todos los que pretendan servir en circunstancias tan extraordinarias». [7]

El documento, como se ve, está inspirado por el cálculo y la moderación. Las multitudes exaltadas no obran, por desgracia, consultando esta regla, sino su capricho; y un grupo fanatizado encargóse de llevar esta exaltación a su paroxismo. Como se deseaba una víctima para descargar su ira, encontrósela en el gobernador que se había hecho vocero de la moderación y que se resistía a atacar a la escuadra francesa anclada en aguas gaditanas. Después de posesionarse del arsenal, munidos de las armas que allí encontraron, los amotinados comenzaron por poner en libertad a los presos, por dirigirse a la casa del señor Le Roy, cónsul francés, quien debió su salvación a la fuga y, finalmente, por buscar al General Solano sitiando y asaltando su propia residencia.

Ocupaba la casa de Solano uno de los ángulos de un cuadriculado arquitectónico cuyo frente principal daba a lo que se llamaba Plaza de los Pozos de la Nieve, hoy Argüelles. En el momento en que la multitud se presentó allí -eran las cuatro de la tarde-, el General Solano encontrábase con algunos de sus invitados. Era oficial de guardia y al parecer, como luego lo veremos, edecán del General Solano, don José de San Martín. En el acto dióse cuenta éste del peligro que corría su jefe, y como primera providencia mandó cerrar la puerta por donde podían penetrar los asaltantes y se atrincheró luego con su guardia. Los amotinados no venían tan sólo armados de cólera. Venían arrastrando piezas de artillería, dispuestos al asalto y aun a la matanza, y por más que San Martín intentó conjurar con la fuerza tales desmanes, a pedido del propio Solano desistió de este procedimiento de violencia. En ese ínterin Solano había tenido tiempo para ponerse en salvo, pasando por la azotea de su casa a la azotea de la casa colindante, que lo era la de la señora Strange, distinguida dama irlandesa. La perfidia de un tal Pedro Olaechea, hombre obscuro y vil, lo denunció a la turba, y penetrando ésta en la casa que al General Solano le servía de asilo, apoderóse de él por la fuerza. La dueña de la casa luchó poderosamente por salvarlo; pero la chusma venció toda resistencia y posesionándose de Solano sacólo afuera para victimarlo a su antojo.

El General Mitre, al recordar este episodio, lo da como inmolado en el sitio mismo en que Solano fue preso por la turba. Según otra versión histórica, que nos parece la más exacta, lo fue en la plaza de San Juan. El propósito de los amotinados era el de deshonrar a Solano llevándolo a la horca -ésta se encontraba levantada a espaldas de la cárcel-, pero al llegar a la plaza de San Juan, el cortejo macabro se detuvo, y mientras un religioso mercedario cubriéndolo con su manto le prodigaba a Solano los consuelos de la religión, una mano criminal desenvainó su puñal y alevosamente se lo clavó en la espalda.

Al crimen sucedió el sarcasmo, y la plebe, desbordante de ira, tomó los despojos del victimado y los paseó como trofeo por las calles.

El asalto de la residencia que ocupaba el General Solano prodújose el día 24 de mayo a las cuatro de la tarde. San Martín, que tenía una gran semejanza fisonómica con Solano, corrió el riesgo de ser confundido por éste y, por lo tanto, de ser blanco de tales desmanes por parte del populacho. Un historiador chileno, el señor Barros Arana, nos señala esta circunstancia y nos dice que tuvo este y otros pormenores de labios de Buenaventura Blanco Encalada, hermano del Almirante Blanco Encalada que escribió con sus proezas una página sumamente honrosa en la historia de Chile. Blanco Encalada cultivaba la amistad con San Martín, y, por residir en ese momento en aquella plaza formando parte de su guarnición, estaba del todo calificado para testimoniar en forma inequívoca de lo sucedido. Según su testimonio, el Coronel don Juan de la Cruz Murgeón -más tarde éste pasó a América nombrado presidente de Quito-, era jefe del regimiento de Murcia y fue él quien salvó a San Martín ocultándolo en su casa y haciéndolo salir después para Sevilla para substraerlo de este modo al encono de un populacho que lo buscaba encarnizadamente. [8]

Discútese si San Martín era en ese entonces simplemente oficial de guardia, o edecán de Solano. Según Mitre, sólo era lo primero; pero según Balcarce, yerno de San Martín, era lo segundo. Balcarce nos dice que él tenía esta versión de los propios labios de su padre político, y así se lo comunicó a Mitre en carta cuyo texto tenemos delante. Pero en realidad es éste un detalle que no tiene mayor importancia. Lo cierto es que San Martín se reveló en tan luctuoso día un militar pundonoroso y bravo, y que si de él hubiese dependido, acaso los amotinados no hubieran realizado su intento.

San Martín conservó por el General Solano -su jefe infortunado- no sólo un recuerdo, sino un culto sagrado y perenne. Nunca se desprendía de su retrato, y éste, que era una miniatura, era la prenda que ocultaba en su cartera de bolsillo. Tan preciosa reliquia, muerto San Martín, pasó a poder de su familia, y fue sólo en el año 1874 que Balcarce se decidió a desprenderse de ella remitiéndosela al General Mitre. Al hacerlo, desde Zurich, con fecha 1 de agosto de dicho año, dícele: «También envío a usted el retrato que le ofrecí en una de mis anteriores del desgraciado General Solano, el mismo que mi padre político llevaba siempre en su cartera como un recuerdo de aquel amigo a cuyas inmediatas órdenes sirvió en el cargo de edecán y cuyo sangriento fin en Cádiz no pudo evitar a pesar de los esfuerzos que hizo para salvarlo en aquel horrendo día. No poseo ningún documento acerca de esto último, pero así se lo he oído asegurar a mi ilustre padre político, y ya puede usted considerar que su testimonio es para mí sagrado, lo mismo en este pequeño detalle de su carrera militar que en cualquier otro de más importancia». [9]

La estada de San Martín en Cádiz cerróse, como se ve, con la inmolación de una víctima innecesaria para la defensa de la libertad española, víctima por la cual el bravo oficial criollo tenía la más alta consideración y estima. El baldón de traidor con que lo mancilló la turba era antojadizo. Vuelta España a la normalidad, después de vencido el César que la había convulsionado, la Marquesa del Socorro dirigióse a Su Majestad y pidió que se rehabilitase la memoria de su marido después de sumariada la causa. Esta petición fue presentada el 12 de septiembre de 1816, y un año después llegaba a sus manos este honroso y justiciero documento: «Condescendiente el Rey por la instancia de la Marquesa de la Solana, Condesa del Carpio, y de la Marquesa viuda del Socorro, viuda la primera y madre la segunda del Teniente General don Francisco Solano, Capitán General que fue de Andalucía y gobernador de la plaza de Cádiz, tuvo a bien mandar el 27 de julio del año anterior que se formase la correspondiente sumaria en averiguación de la conducta que observó el expresado General en los movimientos y ocurrencias del mes de mayo de 1808; y habiéndose formado dicha sumaria en la referida plaza de Cádiz y oído sobre ella el Consejo Supremo de la Guerra, conformándose Su Majestad con el parecer de este Tribunal, se ha servido mandar que se anuncie y publique al ejército, por la orden general, y se haga saber por medio de los papeles públicos la inocencia del Teniente General don Francisco Solano, y que se halla muy satisfecho de sus buenos servicios, sin que de manera alguna pueda ofender y perjudicar la memoria de tan digno jefe, ni la de su familia, la desastrosa muerte que sufrió en la plaza de Cádiz la tarde del 29 de mayo de 1808; antes, al contrario, ha declarado que la desgracia de este malhadado General, los servicios contraídos en su distinguida carrera, su fidelidad hacia su real persona y su inocencia, son otras tantas causas que deben influir a favor y en beneficio de sus tiernos hijos, para que, ya que aquellos tumultuarios acontecimientos les privaron de un padre digno de mejor suerte, hallen en Su Majestad otro que nunca olvida los méritos de los que le han servido con honor y delicadeza. Lo que de real orden comunico a usted para su inteligencia y cumplimiento en la parte que le toca. Dios guarde a usted muchos años. Madrid, 24 de agosto de 1817». [10]

Ignoramos si San Martín conoció en vida este fallo reparador. En ese entonces era otro su teatro, y en lugar de luchar por la libertad de la Península, luchaba por la libertad de América, pasando los Andes y venciendo en Chacabuco. El Destino los había separado en forma brutal, y mientras la justicia póstuma se encargaba de rehabilitar a un vencido, los pueblos criollos del Nuevo Mundo proclamaban Libertador a aquel don José de San Martín que en Cádiz, y con motivo de esta asonada, había dado pruebas de entereza y de valentía.

Deseosos de reconstruir la escena y en busca de pormenores sobre tan luctuoso acontecimiento, nos dirigimos a Cádiz y tuvimos un día la fortuna de enfrentar la residencia, a cuya puerta el oficial criollo intentó salvar la vida de un jefe benemérito. La plaza ha cambiado de nombre. La que antes era Pozos de la Nieve, es hoy plaza Argüelles, pero en su recodo triangular levántase aún el cuadriculado arquitectónico en que se encontraba la residencia de Solano y la de la dama aquella que fue impotente para substraer esta víctima al furor de los desalmados.

Sin embargo, pocos, poquísimos, conocen el drama en sus pormenores, y la mayoría ignora que don José de San Martín fue allí actor valeroso y conspicuo, y que dando pruebas de lealtad al jefe y al amigo, las dio también a España, que tenía en aquella plaza el baluarte para su reconquista.

 

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[1] Archivo militar de Segovia. Legajo Nº 1.487.

[2] Archivo militar de Segovia. Legajo Nº 1.487.

[3] Archivo de San Martín, tomo I, pág. 77.

[4] «El General en Jefe, Marqués del Socorro, escribe en sus Memorias inéditas don Pedro Agustín Girón -estas Memorias están en poder del General Juan Arzadun-, era oficial de un valor muy probado; tenía talento, actividad y conocimientos militares, pero carecía de aquel buen juicio y de aquella buena fuerza de ran y discernimiento que es la cualidad más necesaria para el mando de jefe. A más, su salud, alterada por la repetición de accidentes epilépticos, había visiblemente influido en su moral

[5] ADOLFO DE CASTRO: Historia de la muy noble, muy leal y muy heroica ciudad de Cádiz. Cádiz, 1845.

[6] Historia de la Guerra de la Independencia contra Napoleón Bonaparte, tomo I, Madrid, 1818.

[7] El texto que transcribimos de este bando está copiado del original impreso que existe en el Museo Iconográfico de las Cortes de Cádiz.

[8] Ver: Historia general de Chile, vol. X, pág. 119.

El alboroto que movió la publicación del bando, dice un historiador gaditano, no cesó en toda aquella noche. Allanaron los alzados la casa del cónsul francés, monsieur Le Roy, hombre aborrecido de todos por su lenguaje soberbio. Tomó amparo contra el furor popular en el convento de San Agustín, y de allí trabajosamente pudo salir y abrigarse en la escuadra de su ·nación. Soltaron los amotinados algunos presos, cometieron otros desmanes, aunque pocos, y se apoderaron de cuantas armas paraban en el parque de artillería, pues los soldados, en vez de defender la entrada en él, los animaban a seguir en la comenzada empresa.

Señala este mismo escritor que, antes de entregarse el pueblo de Cádiz a este paseo tumultuoso, se presentó en la plaza de los Pozos de la Nieve, en donde estaba situada la morada del Marqués de Solano, y que un joven llamado don Manuel Larrousse, «subido en hombros de algunos del pueblo, soltó la voz a razones en que destruía los fundamentos que sustentaba el bando y en que pedía, a nombre de la ciudad de Cádiz, que se declarase la guerra a los franceses y se precisase a la escuadra que éstos tenían surta en las aguas de la bahía a rendirse buenamente o a sangre y fuego». «Oyó Solano agrega después- la voz de Larrousse y ofreció en respuesta al pueblo juntar al día siguiente los generales y dar cumplida satisfacción a los deseos de la ciudad». Recuerda este mismo autor que «el oficial San Martín y algunos de los soldados que estaban de guardia cerraron y fortificaron con duras trancas la puerta de la casa» en que residía Solano, y que un ayudante se asomó al balcón e hizo señas con un lienzo blanco a los demás soldados que estaban en el vecino cuerpo de guardias para que acudiesen en defensa del marqués, pero que estas señas no fueron atendidas. Por lo que se refiere a Pedro Olaechea, causante de que Solano cayese en manos del populacho, dice que viendo el Marqués del Socorro que Olaechea trataba de defenderle el paso y entregarlo en manos de los amotinados, con el favor del comandante del regimiento de Zaragoza, Greach, que, por casualidad, se hallaba visitando a la esposa de Strange, lo encerró en un pequeño pasadizo y que, al querer huír de ahí, Olaechea cayó en un patio, y de resultas de esta caída expiró a los pocos días.

No pudiendo evadirse Solano por parte alguna, se escondió en un hueco oculto de la casa de la señora de Strange. Era éste, en el decir del autor que citamos, un gabinete alhajado a lo turco, y fue allí donde lo descubrió la multitud. Pugnó, valerosa, pero inútilmente, por salvarlo la esposa del señor Strange, doña María Tuker; hiriéronla en un brazo y, al fin, sacaron por violencia de su casa a la víctima que defendía. ADOLFO DE CASTRO: Historia de la muy noble, muy leal y muy heroica ciudad de Cádiz, pág. 89. Cádiz, 1845.

[9] Archivo de San Martín, t. II, pág. 492.

[10] Archivo militar de Segovia. Legajo Nº 2.961.