Pasar al contenido principal
Instituto Nacional Sanmartiniano

Historia del Libertador Don José de San Martín. Capítulo 4. San Martín y el Seminario de Nobles

Continuamos con la publicación de la obra cumbre del fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano. En esta ocasión "San Martín y el Seminario de Nobles". Por José Pacífico Otero.

« RETROCEDER AL CAPÍTULO 3

« ÍNDICE »

AVANZAR AL CAPÍTULO 5 »

CAPÍTULO 4

SAN MARTÍN Y EL SEMINARIO DE NOBLES

SUMARIO.- La primera educación de San Martín y lo legendario.- Su padre abandona una carrera lucrosa con el fin de educar en España a sus hijos.- El Capitán San Martín sin destino y sin sueldo.- Antes de retirarse a Málaga interésase para que ingresen sus hijos en el Seminario de Nobles.- Historia de este seminario.- Su fin y otros pormenores según sus constituciones.- El ingreso de San Martín en el Seminario de Nobles debió efectuarse en 1785.- Personajes que lo regentaban después de expulsados los jesuitas.- Visita que hace a este establecimiento en 1793 por disposición del Rey y por el relajamiento en él existente, el ilustrísimo señor Manuel Abad y Lasiena.- El Seminario de Nobles no era un colegio militar, como se afirma por algunos historiadores.- Errores a rectificar en una afirmación de don Benjamín Vicuña Mackenna.- Aun cuando San Martín inició su educación en dicho seminario, el soldado no salió de allí, sino de los cuarteles.

La tierna edad que tenía San Martín cuando sus progenitores se decidieron a dejar el Nuevo por el Viejo Mundo, permite desautorizar como legendario todo aquello que se dice caprichosamente en lo relativo a su primera educación.

En el departamento administrado por el Capitán don Juan de San Martín debieron existir escuelas de primeras letras -de una ya tenemos noticias, puesto que en carta a Lazcano se nos da el nombre del maestro que la regentaba-; pero ningún documento nos dice que en sus bancos se hubiese sentado, niño de cuatro o cinco años, el futuro libertador del Nuevo Mundo. Mitre y Sarmiento se hacen eco, sin embargo, de esta tradición, y aquél nos dice que los primeros compañeros de infancia de San Martín lo fueron «los pequeños indios y mestizos, a cuyo lado empezó a descifrar el alfabeto en la escuela democrática del pueblo de Yapeyú, fundada por el legislador laico de las Misiones secularizadas» [1]

¿En qué se apoya Mitre para una tal afirmación? A nuestro entender, más que en un dato histórico de certeza absoluta, en la deducción lógica de un comentario. El ilustre historiador tiene delante las instrucciones de Bucarelli, y según éstas, llevada a cabo la expulsión de los jesuitas, los que debían reemplazarle en dicho ministerio tenían obligación de establecer escuelas elementales para la educación de los indios pequeños con arreglo a las leyes de Indias existentes.

Sarmiento, por su parte, supone a este niño pasando su infancia entre armas y soldados, para luego presentárnoslo en Buenos Aires sentado en el banco escolar. Entre los condiscípulos de San Martín -dice él- quedaron recuerdos de su primera infancia. San Martín dividía a sus condiscípulos en dos bandos: en uno estaban los guaraníes y en el otro los portugueses, y de este modo, con este simulacro de guerras infantiles, se preparaba ya para las reales, que más tarde haría con estrépito. [2]

Lo dicho es hermoso, pero, por desgracia, inverosímil e infundado. Por de pronto, faltan las pruebas ya escritas, ya orales, que nos garanticen su autenticidad, y, por otra parte, sabemos que cuando el ex gobernador de Yapeyú abandonó el Plata, sus hijos, vale decir, toda su prole, se encontraban sin educación. La propia madre del héroe lo afirma en forma inequívoca y categórica, y cuando, ya muerto su marido, se ve en la necesidad de dirigirse al monarca en demanda de auxilios para poder vivir, dícele que su esposo abandonó la carrera lucrosa que tenía en América y aun todos sus intereses, con sólo el fin de retirarse a España y destinar al servicio de S.M. sus cuatro hijos varones.

A pesar de sentirse guiado por un tan noble propósito, el Capitán don Juan de San Martín, desde que pisó España encontróse abocado a serias dificultades. Todo su haber, al desembarcar en el puerto de Cádiz, eran mil quinientos pesos fuertes; pero privado del sueldo que disfrutaba en América, y que era de cuarenta y cinco pesos mensuales, las necesidades domésticas le crearon una situación de apremio. «Es éste uno de los oficiales de Asamblea -dice un documento que tenemos delante-, que se ha restituido a España de orden de V.M., a continuar su mérito, cuya relación acompañó el inspector general, Conde de Gálvez, con su oficio de 27 de mayo de este año -lo era el de 1784-, informando que así este oficial, como los demás, se hallan sin destino ni sueldo; lo que manifiesta para que V.M. tome providencia sobre el reemplazo o agregación de estos individuos.» Dice este mismo documento que «San Martín tiene los méritos principales que expone su memorial; aunque no acredita la gravedad de su quebrancia; bien que, sin ella, por su crecida edad y buenos servicios, es acreedor al destino que solicita; aunque no lo contempla proporcionado para el grado de Teniente Coronel que pretende». [3]

En enero de 1785 lo encontramos aún en Madrid solicitando que, en razón de sus méritos, ya insinuados, se le confiera «el grado de Teniente Coronel y un gobierno en América, para poder atender a la educación y crianza de cinco hijos».

El 15 de marzo sus sueldos no habían sido liquidados aún, y esto a pesar de existir una resolución dirigida con dicho fin al Departamento de Hacienda. Esto obligólo a presentar una nueva instancia, y en la providencia recaída sobre ella se dice «que no hay destino que darle».

Este fracaso de sus gestiones debió afectarlo hondamente. Había sido él un pundonoroso defensor de la Corona y un servidor impecable, y, a pesar de sus méritos reconocidos y fundados, se le tenía sin paga y sin destino. Por razones que desconocemos renunció él a pedir nuevamente el retorno a América, como eran sus deseos, y solicitó su retiro a la plaza de Málaga, con el grado de Teniente Coronel y el goce de sueldo correspondiente a esa jerarquía. En su demanda hace presente que tiene cincuenta y siete años de edad, treinta y nueve de servicios, y que ejercitados éstos «en destinos penosos y de mucha fatiga, se encuentra imposibilitado para seguir en la clase de Capitán militando en el regimiento a que se le destine». Dice finalmente «que su prolongada familia de cinco hijos, jóvenes, sin educación ni carrera, le harían padecer las mayores congojas por no poder sufragar los gastos de ellos ni darles instrucción por facultades tan limitadas».

Con fecha 28 de abril de 1785, es decir, escasamente cinco días después que presentara su instancia, se le contesta acordándole el retiro, pero no con el grado de Teniente Coronel, sino con el de Capitán, que ya tiene. El padre de nuestro prócer resignóse a esta fatalidad y renunció definitivamente a nuevas instancias.

Antes de trasladarse a Málaga, quiso cumplir con sus deberes de padre y tomó las providencias del caso para que sus hijos recibiesen la educación escolar que constituía sus votos, como los de su consorte. No teniendo Madrid, en ese entonces, otro establecimiento docente que el del Seminario de Nobles, don Juan de San Martín, y acaso con él igualmente su esposa, interesóse para que sus hijos ingresasen allí y profesasen sus asignaturas. Las constituciones del Seminario de Nobles exigían la probanza de nobleza para acordar el ingreso. ¿Cómo se desenvolvió San Martín para probar la suya? ¿Fue admitido a título de nobleza o simplemente a título de ser hijo de un militar benemérito? Si nos atenemos a lo que nos dice Sarmiento, este ingreso fue facultado en virtud de los méritos que en el real servicio había contraído su padre. Coincidió su ingreso, además, como lo verá el lector, con un período en el que el Seminario de Nobles no era regido por su constitución, sino por la voluntad caprichosa de sus directores. Pero cualquiera que haya sido el título invocado para ser admitido como alumno en este seminario, el hecho es que San Martín dio comienzo a su educación pisando sus aulas.

Esta institución del Seminario de Nobles fue ideada y aun decretada, según el padre Lesmes Frías, en el primer reinado de Luis I. «En ese entonces -escribe él-, existía en Madrid un colegio escocés dirigido por los jesuitas, y fueron estos mismos jesuitas, a quienes se les confió la dirección del nuevo establecimiento. Al subir al trono Felipe V decidió que el Seminario de Nobles se incorporase al Colegio Imperial y así se hizo efectivo en el año 1727. Esta fusión no pudo prolongarse por mucho tiempo y en 1730 el Seminario se separó del Colegio Imperial y abandonando su residencia, que lo era en la calle del Ataúd -lo unía con el Colegio Imperial en ese entonces un pasadizo sobre la calle-, se trasladó a las inmediaciones de la Puerta de San Bernardino. Allí se construyó para él un nuevo edificio y allí perduró hasta que esta fábrica fue demolida a mediados del siglo pasado

El autor de estas líneas ha tenido ocasión de hablar con personas que conocieron esta fábrica, sirviendo indistintamente ya de cuartel, ya de hospital, y todas ellas afirman que se encontraba en la calle de la Princesa y pasado el palacio del Duque de Alba. Aun existe en Madrid una plazuela que se llama del Seminario y que por su nombre recuerda el edificio del Seminario de Nobles en que recibió su primera educación San Martín.

El seminario éste cerró sus puertas en 1808 al producirse la invasión francesa. En 1816 fue designada una junta que la integraban don José Joaquín Colón, don Manuel Lardizábal y don Manuel Martínez, religioso mercedario éste, y la junta opinó que el Seminario debía ser entregado nuevamente a los jesuitas. Era a la sazón ministro de Estado e interino de Gracia y Justicia don Pedro Cevallos y éste dirigióse a Su Majestad para que así se hiciese. Eran los jesuitas, en su sentir, «hombres destinados por la Providencia para la educación que es la base principal de un Estado», y propuso que a ellos se les confiase la educación científica y política de la nobleza, como se les había confiado en 1776 en que se produjo su expulsión. En 1827 se reanudaron sus cursos, pero no en su propio edificio, sino en un departamento del Colegio Imperial. En ese entonces se encontraban acuarteladas en el edificio del Seminario de Nobles las guardias españolas, como antes lo habían estado las valonas. En agosto de 1827 fue evacuado completamente y vuelto a su primitivo destino.

A pesar de haber estado regentado en sus primitivos tiempos por los jesuitas, el Seminario de Nobles no lo fue levítico, sino laico. La expulsión de aquéllos tuvo lugar en la época de Carlos III, y al alejarse ellos de ahí prodújose un gran relajamiento en su disciplina. Su nueva dirección fue confiada a militares como a seculares indistintamente, y este nuevo régimen agravó en forma sensible su presupuesto. Para hacer frente a sus gastos fue necesario arbitrar nuevos recursos y aumentóse la pensión que pagaban los alumnos. [4]

Según su constitución, el fin de este seminario era el de enseñar y dirigir a sus alumnos a ser caballeros cristianos para que con sus palabras y con sus ejemplos, «pudiesen enseñar a sus familias los ejercicios de virtud, piedad y modestia cristiana». El fin menos principal, aunque principal también, dice una de sus cláusulas, es que se instruyan en aquellas facultades y ciencias que más adornan a la nobleza, como son la gramática, la retórica, la poesía, las lenguas francesa, italiana y griega, sin que les falte a los que tuviesen espíritu y talento para facultades mayores a quienes se les enseñe la lógica, la filosofía, las matemáticas y el derecho común».

Estas constituciones preocúpanse igualmente de las «habilidades caballerescas» de que deberán dar muestra sus educandos; y con este fin se incorpora a su enseñanza la danza, la música y la esgrima. Para esto, dicen ellas, «tendrá el real Seminario maestros seculares que las enseñen y el tomar lección de dichas habilidades no quedará a pura elección de los caballeros seminaristas, sino que se hará distribución precisa en que emplearán horas extraordinarias, a disposición del padre rector del Seminario que distribuirá con proporción los que hubiesen de tomar lección de esta o de aquella habilidad».

Las condiciones de ingreso las especifica otra cláusula, y según ésta, sólo serán admitidos en el real seminario los que son legítimos descendientes de nobleza notoria heredada, y no de solo privilegio. Para esto deberá tomarse conocimiento de los lugares de su nacimiento, origen y domicilio. Los títulos de nobleza o de privilegio tendrán que ser poseídos sin controversia. Sus ocupaciones y actos deberán diferenciar a los nobles de los que no lo son.

Por lo que se refiere a la edad para ser acordado el ingreso, he aquí lo que ellas prescriben: «La edad en que podrán ser admitidos será desde los ocho hasta los quince cumplidos; de suerte que no puedan ser admitidos sin especial dispensación, los menores de ocho años y mucho menos los mayores de quince.»

La pensión que debía pagar cada alumno era de seis reales vellón, y el pago debía hacerse por semestre. En los actos públicos debían usar ellos un traje a lo militar que consistía en chupa, casaca y calzón de paño negro. Los alumnos estaban, además, obligados al uso de una divisa que lo era una cinta de color carmesí en forma de banda y en cuyo centro, bordada en oro, debía destacarse la efigie de Jesús.

Con pocas variantes estas mismas constituciones fueron las que sirvieron de base al Seminario de Nobles cuando la administración jesuítica fue reemplazada por la administración laica. En general, las asignaturas continuaron siendo las mismas, y suprimiéndose el estudio del derecho canónico, agregóse el griego y el hebreo, el derecho natural y el de gentes. [5]

Tal era la institución en la cual el joven criollo de Yapeyú fue colocado por don Juan de San Martín antes de que éste se trasladase a Málaga. Al parecer, su ingreso debió hacerse efectivo por los años de 1785. San Martín era aún un niño, pero ya en ese entonces tenía cumplidos sus ochos años y las constituciones del seminario autorizaban el ingreso a dicha edad.

Conociendo como conocemos las cualidades innatas e instintivas de nuestro Libertador, no es arbitrario afirmar que desde su ingreso en el seminario fue él un alumno modelo y que de inmediato dio pruebas inequívocas de disciplina. El año de su ingreso lo hubiéramos podido saber con exactitud acudiendo a los libros matriculares del Seminario de Nobles. Esta diligencia la pusimos en práctica, pero por desgracia, falta en la colección de estos libros el que corresponde al período escolar de San Martín. Con todo, puede darse como exacto que ingresó en 1785 y que salió de allí en 1789, dado que en este último año es cuando principia él su carrera de soldado. [6]

Después de producida la expulsión de los jesuitas entraron a regentar este seminario los personajes siguientes: En 1769, el Mariscal de Campo don Eugenio Alvarado; en 1772, don Jorge Juan; en 1779, don Vicente Dos, y en 1793, don Antonio Angosto. Tocóle, pues, a San Martín ser alumno del Seminario de Nobles durante el rectorado de don Vicente Dos y acaso vivir en parte aquel período de relajamiento que llegó a ser alarmante y que hasta determinó una intervención.

Fue designado para llevar a cabo esta misión el ilustrísimo señor don Manuel Abad y Lasiena, arzobispo titular de Selimbria. A las diez de la mañana del 10 de enero de 1793 –para esa época ya San Martín vestía el uniforme del regimiento de Murcia-, el dicho prelado se presentó en el seminario y dio por abierta la visita. Inicióla con la lectura de la real orden que lo facultaba para dicho objeto e hizo que viniesen a su presencia los testigos. El primero en prestar declaración fue el director mismo del seminario, y comenzó por decir que éste no tenía para su funcionamiento más constitución ni títulos que las providencias que daba el director y las prácticas que se daban por establecidas. 

El capellán lo era en ese entonces don Francisco Escuditi y éste declaró que él desempeñaba dicho cargo hacía ya siete años, que había sido antes director de la sala catorce años y que en ausencia del propietario había regentado la única cátedra de filosofía que había entonces.

Otro, que lo era el presbítero José Pérez, dijo que hacía quince años que practicaba allí sus funciones de profesor y director de la sala cuatro. Declaró que en algunos caballeros seminaristas se notaba poca subordinación a sus directores, «nacida, afirma él, de la baja idea que tienen formada de ellos»; que la sala de caballeros pajes sigue las mismas horas y reglas que las demás, exceptuándose únicamente la asistencia al real palacio cuando se halla allí la Corte.

Esté declarante no tiene reparo en afirmar «que hay más libertad de la que permite una casa de educación y que esto proviene por permitirse el ingreso de seminaristas sin reparar en la edad que tienen ni haberse prescrito alguna para cuando deban salir».

No falta quien protesta contra «el abuso de las visitas». Éstas son hechas, se dice, por parientes o amigos, «y esto ocasiona grave daño por las licencias que se toman hasta los mismos criados».

Oídos y anotados estos testimonios, e inquirida la verdad en la forma que le era posible, el visitador concluyó su cometido formando unas nuevas constituciones. El arzobispo de Selimbria dividiólas a éstas en dos partes y al presentárselas a Su Majestad, junto con el plan de estudios que redactó al mismo tiempo, significóle la necesidad de que saliese del seminario con el «honor correspondiente» el director que en ese entonces regentaba el establecimiento. Ignoramos cómo esta destitución fue llevada a la práctica; pero sabemos que el Marqués de Espejo y el Coronel graduado, don Agustín Bernard Vargas, presentaron respectivamente para ese puesto sus candidaturas. [7]

Lo dicho hasta aquí nos demuestra, no sólo los orígenes de esta institución, sino su carácter, las materias docentes que en ella se dictaban y el fin que se perseguía al no admitir en sus aulas sino jóvenes de probada nobleza. Con estos testimonios a mano podemos destruir, como del todo infundada, la versión difundida por muchos biógrafos de San Martín, inclusive Barros Arana y Vicuña Mackenna, que el Seminario de Nobles era un colegio militar, y del cual se salía para ingresar en el ejército. Una afirmación semejante es del todo antojadiza y no responde a la verdad.

La carrera a seguir, terminados los cursos en el Seminario de Nobles, era arbitraria, y si se exceptúa la esgrima, las materias allí enseñadas eran más aptas para despertar el amor a las letras que el amor a las armas. Sin embargo, en textos argentinos leemos párrafos como éstos: «San Martín tuvo la fortuna de educarse en el mejor colegio de la Península, en el de los nobles de Madrid, cuyo plan de estudio abrazaba los conocimientos generales de las humanidades, filosofía e historia como indispensables para emprender con provecho el estudio de las ciencias matemáticas y sus aplicaciones en el arte de la guerra, que era el principal objeto de aquel colegio. A la edad de veintiún años dejó las aulas para pasar a Cádiz, en clase de ayudante del gobernador de aquella plaza, el General don Francisco María Solano, a cuyo lado acabó de adquirir el porte y las maneras marciales en armonía con su carácter e inclinaciones». [8]

En tan corto espacio y en tan pocas líneas de texto podemos señalar al lector tres errores. Por de pronto, el primero encuéntrase en la declaración tan categórica de que «el arte de la guerra» era el principal objeto del mencionado colegio. Como se sabe, por lo ya dicho, su fin era enseñar y dirigir a sus alumnos a ser caballeros cristianos para salir de allí con aptitudes de formar honrosas familias. En segundo lugar, no es exacto que San Martín hubiese estado allí hasta la edad de veintiún años, porque a los trece vistió el uniforme de los cadetes de Murcia, cuerpo éste que nada tenía que ver con el Seminario de Nobles de Madrid, y el tercero comprobámoslo al decir Gutiérrez que de allí pasó a la plaza de Cádiz en clase de ayudante del General Solano y que, a su lado, «acabó de adquirir el porte y las maneras marciales en armonía con su carácter e inclinaciones». La verdad sobre este punto la descubriremos a su hora, pero, desde ya, podemos decir que del Seminario de Nobles no salió para Cádiz sino para guerrear en África, y no con Solano, sino bajo el comando de otros jefes.

Aun cuando es cierto que no fue en este seminario en donde se formó San Martín, es cierto que allí inició su educación –su permanencia en este seminario la reduce Mitre a dos años-, y las disciplinas allí aprendidas avivaron en él las aptitudes para hacerse luego, por el autodidactismo, conocimientos más amplios.

Era San Martín un buen matemático y un regular dibujante y fue allí, en el Seminario de Nobles, en donde comenzó a familiarizarse con el lápiz y con los guarismos. Posiblemente comenzó allí también el estudio del francés, pues era este un idioma que lo hablaba con soltura y que lo llevó a convertirse en el lector asiduo de los clásicos franceses como de los enciclopedistas.

El soldado que conocemos no salió, pues, del Colegio de Nobles, sino de los cuarteles. Allí sólo recibió las primeras luces el criollo de Yapeyú y preparó la disciplina de la voluntad el que, aunando el genio con la inteligencia, haría proezas, tanto en España como en América.



« RETROCEDER AL CAPÍTULO 3

« ÍNDICE »

AVANZAR AL CAPÍTULO 5 »


[1] Historia de San Martín y de la Independencia Americana, t. I, pág. 98.

[2] Obras completas, t. III, pág. 293.

En igual error incurre el historiador chileno don Diego Barros Arana. Éste dice que San Martín concurrió en Buenos Aires a la escuela, y que tuvo por condiscípulos, «entre otros hombres que obtuvieron más o menos celebridad, a don Nicolás Rodríguez Peña y a don Gregorio Gómez». Equivocóse igualmente cuando supone que en 1787 se trasladó de Misiones a Buenos Aires con su familia. Por esa época ya el Capitán don Juan de San Martín había abandonado el Plata y se encontraba en España. Ver: Historia General de Chile, t. X, pág. 116.

[3] JOSÉ TORRE REVELLO: Don Juan de San Martín. Publicación de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires.

[4] «Contra la muy respetable opinión del señor Mitre -escribe Barros Arana-, nosotros creemos que este colegio era esencialmente militar, dirigido por un general del ejército y que en él hacían algunos estudios los jóvenes que ya tenían el grado de cadete.» Lo dicho por nosotros, como lo verá el lector, prueba todo lo contrario. No era colegio militar sino laico desde que dejaron de regentarlo los jesuitas. Tuvo así, después de este acontecimiento, algunos directores militares y de ahí la confusión y la opinión que lo señala como una escuela de cadetes. Los cadetes se formaban en los regimientos, como se formó San Martín, entrando en el de Murcia. Ver: Historia general de Chile, t. X, pág. 117.

[5] Para establecer estos antecedentes históricos y demás pormenores, hemos consultado: Primero, los libros matriculares del Seminario de Nobles, existentes en el Archivo Histórico de Madrid; segundo, Las Constituciones del Real Seminario de Nobles, publicadas el año 1730; tercero, La historia de la Compañía de Jesús en su asistencia moderna de España, obra escrita por el padre Lesmes Frías.

[6] El libro matricular más antiguo que existe es el de 1786. Las matrículas de ingreso, en algún caso, nos ponen en presencia de alumnos que oscilan entre la edad de cinco a trece años. Pedro Carrasco, por ejemplo, tiene siete, y un tal Mario Nojo, cinco.

A título de curiosidad histórica diremos aquí que entre las matrículas de nombres conocidos para los argentinos, existen la de José Escalada y la de Diego de Alvear, hermano de! prócer don Carlos María de Alvear. Escalada figura como hijo de Juan Antonio Escalada y de doña María Gertrudis Cevallos. Es natural de Buenos Aires y anótase su ingreso en el seminario el 23 de febrero de 1787, teniendo diez años de edad. Su retiro figura el 8 de agosto de 1793.

[7] Primera visita del Real Seminario de Nobles, ejecutada por el arzobispo de Selimbria. Archivo Histórico de Madrid. Legajo 318.

[8] JUAN MARÍA GUTIÉRREZ: Bosquejo biográfico del General José de San Martín.