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Instituto Nacional Sanmartiniano

Historia del Libertador Don José de San Martín. Capítulo 3. Pueblo y año en que nació San Martín

Continuamos con la publicación de la obra cumbre del fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano. En esta ocasión "Pueblo y año en que nació San Martín". Por José Pacífico Otero.

NOTA PRELIMINAR DE ESTA EDICIÓN DIGITAL: La fecha de nacimiento del Libertador General José Francisco de San Martín y Matorras considerada oficial en la República Argentina es el 25 de febrero de 1778


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CAPÍTULO 3

PUEBLO Y AÑO EN QUE NACIÓ SAN MARTÍN

SUMARIO.- El territorio de Misiones.- Yapeyú, Capital teocrática de la dominación jesuítica.- Sus reducciones.- Bucarelli, mandatario de Carlos III, ejecuta la orden de expulsión.- Entrada de Bucarelli en Yapeyú.- Estado que presentaba este pueblo cuando don Juan de San Martín inició sus funciones de Teniente Gobernador.- En Yapeyú nace su hijo don José de San Martín.- Controversia en torno al año de su nacimiento.- Su edad según las fojas de servicios y las de sus hermanos.- San Martín no pudo nacer en 1778 porque en ese año nació su hermana Elena, como lo prueba la copia de su partida de bautismo encontrada por nosotros en Segovia.- San Martín debió nacer en 1777 como se deduce del cotejo documental.- Un pasaporte presentado por él en Lille en 1828 que lo prueba.- Un testimonio de Belgrano.- Carta de San Martín al ex presidente Castilla.- El acta de los esponsales como la de defunción firmada en Boulogne sur Mer, no hacen fe en la cronología sanmartiniana.- La supuesta educación escolar de San Martín en Yapeyú.- El suelo nativo y la impresión ocular que de él conservara San Martín.- Las tropas de Chagas asolan el territorio de Misiones en 1817 cuando San Martín triunfaba en Chacabuco.- Las ruinas de Yapeyú en 1857 según Moussy.- Yapeyú cae en olvido y resuena su nombre a la muerte de San Martín.- Al señalar Yapeyú, Sarmiento y Mitre señalan la supuesta casa natal de San Martín.- Las ruinas que se señalan como auténticas no lo son.- Lo que nos basta saber para que la verdad histórica no sea falseada.

En el extremo nordeste de la República Argentina, y formando una especie de cuña en las avanzadas de tan vasto como importante dominio, se destaca un territorio que, después de haber servido de plantel a la civilización jesuítica, ha pasado a la historia con el nombre de territorio de Misiones.

Este territorio, cuya superficie no alcanza a 30.000 kilómetros cuadrados, por razón de su posición, se encuentra colindando, por el Norte, con el río Iguazú, que lo separa del Brasil; por el Este, con el río Uruguay; por el Oeste, con el río Paraná, y por el Sur, con el arroyo Chimaray, en la provincia de Corrientes.

Su sistema orográfico lo forman las sierras llamadas del Imán. Estas sierras se componen de una serie de colinas y de montañas, que empiezan en las colonias de San Carlos y de San José, y que después de cruzar el territorio de la referencia, separando las cuencas de los ríos lguazú y Uruguay, van a morir, por así decirlo, en su rumbo hacia el Este, en la cuenca del río Chopín. Por el lado nordeste, las capas de asperón y las rocas primitivas que constituyen su geología, repuntan en las sierras do Mar, en el sur del Brasil. Las sierras del Imán, si se caracterizan por su belleza, no se caracterizan ellas por su altura, pues el más alto de sus picos, apenas si alcanza a 460 metros de elevación.

Su formación geológica patentízase, al decir de Lugones, en la arcilla colorada y en el ocre ferruginoso que allí predomina. «Un rojo de almagre -escribe él-, domina casi absoluto en el terreno, contribuyendo a generalizar su matiz los yacimientos de piedra tacurú, fuertemente herrumbrados; los basaltos y melafiras, con su aspecto de ladrillo fundido, y el variado rosa de los asperones; con más que éstos son accidentes nimios, pues la tierra colorada lo cubre todo». [1]

Por lo que se refiere a su flora, ésta repunta allí exuberante y lozana. Al amparo de su clima templado y subtropical, serpentean los reptiles, cantan y lucen su variado plumaje las aves. Sus campos se cubren de abundantes pastos, y por doquiera surgen sus plantas odoríferas, sus rosales, sus áloes y sus lianas. Todas las especies tropicales se producen allí de un modo maravilloso. «Las selvas -nos dice un geógrafo- poseen árboles de esencias variadas y de los más útiles: el urunday, el viraró, el cedro, el pino de enormes dimensiones; árboles de construcción y de ebanistería; el tipa, el tatané, el curupay , el guayacán, el abariyú, todos de altura considerable; árboles frutales: el naranjo y el melocotón son silvestres; el ibahay, pequeño peral que produce excelente vinagre; plantas industriales: el caraguatá y el agane, cuyas fibras dan una especie de cáñamo y sirven para la elaboración del papel; el algodonero e indigotero crecen sin cultivo.»

Tal es la tierra en la cual los jesuitas se fijaron de un modo preferente, cuando al llegar a estas latitudes de América, intentaron incorporar a la civilización del Nuevo Mundo las tribus indígenas que la poblaban. En este territorio fundaron ellos sus reducciones, y la de Yapeyú, que luego fue la designada para servir de residencia al superior general encargado del gobierno espiritual y material de aquellos núcleos, vino a convertirse por tal razón en una especie de Menfis teocrática, en donde se elaboraban las leyes, y de donde partían todas las instrucciones a que debía someterse la sociabilidad indígena.

El superior de las reducciones era nombrado por Roma y sus facultades jurisdiccionales eran tan amplias que no faltaron obispos que, como el obispo Cárdenas, se vieron obligados a pleitear la mengua de su poder espiritual ante la Corona. La predicación se hacía en guaraní y hasta una imprenta vulgarizaba en este idioma indígena el catecismo, los libros místicos y las instrucciones que servían de pauta a ese proselitismo.

En lo material estas reducciones fueron todas ellas construidas obedeciendo a un plan de unidad topográfica. El damero colonial fue implantado allí, edificando las viviendas, ya con piedra, ya con adobe, y techándolas con tejas en forma que ofrecían un fácil declive a las aguas. El cementerio de cada reducción estaba anexo a su iglesia y ésta, como la residencia misionera, dominaba con sus líneas arquitecturales la plaza del pueblo. Más de un siglo los Padres de la Compañía de Jesús fueron los amos espirituales y políticos de estas reducciones; pero la guerra emprendida contra ellos en Europa repercutió en América y obedeciendo a la orden de expulsión lanzada por Carlos III, los jesuitas abandonaron Yapeyú cuando la obra misionera estaba en su apogeo. Bucarelli, que fue el funcionario colonial designado para hacer efectiva en el Plata la orden de expulsión, dirigió al Conde de Aranda un informe en el cual da a conocer la forma en que llevó a cabo su cometido: «Establecí dos puertos, dice, para que por el Salto, Santa Fe y Corrientes se me diesen noticias de cuanto ocurría, y dejando en el propio Salto un destacamento y tres embarcaciones armadas a cargo del Teniente don Nicolás García -Bucarelli se había embarcado en Buenos Aires rumbo a Misiones el 24 de mayo-, determiné la marcha en tres divisiones, porque la precisión de llevar cuando menos tres meses de víveres aumentaba considerablemente el número de las carretas, saliendo la primera el 27 de junio, la segunda el 28 y yo con la tercera el 29 para avivarla como convenía y acudir al socorro de cualquier necesidad. Riguroso el invierno con frecuentes tormentas de vientos, truenos y lluvias, hizo el camino pesado con exceso, aumentó los pantanos y ciénagas y formó de pequeños arroyos, ríos caudalosos; pero mi presencia y ejemplo, y la constancia y espíritu con que todos se esforzaron, facilitó que en doce jornadas se avanzase más de setenta leguas de desiertos despoblados campando el 15 de julio las tres divisiones sobre la capilla de San Martín, distante una legua del pueblo de Yapeyú. Aquí recibí noticias de la marcha de Riva Herrera y Zabala y de los trabajos que en ella padecieron para incorporarse con los destacamentos y empezar la ejecución, participándome el último el buen semblante que mostraban algunos indios a quienes había impuesto en lo conveniente, y aunque esto y las cartas que los corregidores y caciques escribieron a sus pueblos hicieron presentarse diferentes diputaciones de ellos, y para los pasos del Mocoretá y del Miriñay parecieron los de Yapeyú con canoas y un bote, siempre subsistí a aquella desconfianza y horror que los jesuitas les impresionaron contra los españoles persuadiéndoles desde el púlpito a que éramos sus acérrimos enemigos, que no creyesen a los corregidores que llevaba conmigo, que la Providencia se dirigía a esclavizarlos y quitarles los bienes con sus mujeres y sus hijas, reduciéndolos a la mayor miseria, con otras especies que hacían abominable hasta el sagrado nombre del Rey. »

»Tomadas las medidas para asegurar el primer golpe sobre los que estaban en Yapeyú, me mantuve prevenido a la vista y destaqué al Capitán don Nicolás Elorduy con el doctor don Antonio Aldao y una partida de tropas para que les intimasen el real decreto; y recogiendo al provincial y seis compañeros que allí estaban los despaché por el Uruguay y Salto en una embarcación del propio pueblo a cargo de un oficial y tropa suficiente, exigiendo del provincial cartas suficientes para que los de su orden hiciesen la respectiva entrega a los que yo comisionase, pues para que no hubiese detenciones ya les había escrito que tuviesen formados los inventarios. Como a los indios que llegaban les hacía regalos y agregaba a los corregidores y caciques, quienes les comunicaron el buen trato mostrándoles sus vestidos y lo que llevaban para sus mujeres, fueron desechando los temores. Me avisaron que estaba inmediato el cacique Nicolás Naugueru, de quien hablo a V.E. en carta separada. Desembarazado en Yapeyú de jesuitas, hice mi entrada el diez y ocho dándole todo el aparato y ostentación que cupo para captar la benevolencia y el respeto, poniéndome a la cabeza de los granaderos, cuyas gorras, que nunca habían visto, causaron grande admiración, y con la formalidad y lucimiento posible, seguido de los oficiales y corregidores, caciques y diputados que habían llegado de todos los pueblos y salieron a recibirme con su cabildo al paso del río Guaybirabí con músicas, danzas y escaramuzas. Para disipar las especies que los de la Compañía tenían separados del verdadero conocimiento a los pobres indios y para dar las providencias convenientes, me mantuve diez días en el pueblo usando los medios oportunos y logré que todas las indias retiradas a las chacras y montes a influjo de los jesuitas se restituyesen al pueblo. Previne que observase la tropa una religiosa disciplina, con lo que y algunos agasajos, se desengañaron, manifestando la mejor conformidad y la mayor alegría

»Dadas las providencias que juzgué adaptables al mejor régimen y repetidas las órdenes a Riva Herrera y Zabala para que abriesen la marcha y principiasen la ejecución el 26, despaché a Elorduy y Aldao al pueblo de La Cruz que dista ocho leguas, y el 28 salí yo y llegué a él. Se embarcaron los dos jesuitas por el Uruguay y el Salto, hice mi entrada, tuve el mismo buen recibimiento y practiqué lo propio que en Yapeyú, mostrando sus habitantes igual alegría

»El 31 de julio salí de La Cruz para Santo Torné, donde se encontraron seis barriles de pólvora pertenecientes al Rey, de la que dejó mi antecesor, según confesó el cura, y en tres jornadas, con todo el tren vencí veinte leguas de mal camino, balseando el lgarapey que es invadeable; adelanté a Elorduy y Aldao para que recogiesen los jesuitas, y este pueblo manifestó su bella conformidad y buen afecto y expuso el sentimiento de que sus curas habían quemado hasta las raíces de los árboles de la huerta y hecho otras acciones poco cristianas, sirviéndoles de consuelo su mudanza.»

»Como el de San Borja está inmediato, dividiéndolo sólo el Uruguay, y convenía ocuparlo para que Zabala en cualquier contrario accidente tuviese asegurado su paso y retirada por él, envié luego a Elorduy y Aldao para actuar en él la diligencia que se logró sin oposición, aunque no había formados inventarios y se reconoció con menos opulencia en sus haciendas que las demás, y recogiendo al cura y a sus compañeros unidos a los de Santo Tomé se enviaron al Salto, también por el Uruguay». [2]

He aquí cómo la entrada de Bucarelli en Yapeyú llevóse a cabo, según otro cronista de esta expedición: «A las ocho de la mañana, dice éste, salió Su Excelencia de la capilla de San Martin situada a una legua de Yapeyú. Iba acompañado por su guardia de granaderos y dragones, habiendo destacado dos horas antes las compañías de granaderos de Mallorca para disponer y sostener el paso del arroyo Guavirade, que es de necesidad atravesarlo en balsas y canoas. Ese arroyo corre a media legua de la población. Tan luego como lo hubo pasado S.E. encontróse con los caciques y corregidores de las misiones que lo esperaban con el Alférez de Yapeyú, el que llevaba el real estandarte. Así que tributaron a S.E. los honores y cumplimientos de estilo en tales ocasiones, montó a caballo para efectuar su entrada pública. Abrían la marcha los dragones, a los que seguían dos edecanes que precedían a S.E., en pos del cual iban las dos compañías de granaderos de Mallorca, seguidas de la comitiva, de los caciques y corregidores y gran número de jinetes de aquellas comarcas. Se hizo alto en la plaza mayor frente a la iglesia. Habiéndose apeado S.E., el vicario general de la expedición don Francisco Martínez se presentó en las gradas del pórtico para recibirlo, acompañándolo hasta el presbiterio donde entonó el Te Deum, que fue cantado y ejecutado por una música compuesta en su totalidad de guaraníes. Mientras duró la ceremonia, la artillería hizo tres descargas. En seguida S.E. pasó a ocupar el alojamiento que eligió en el colegió de los Padres, a cuyas inmediaciones acampó la tropa hasta que dio orden para que se acuartelase ésta en Guatiguazú o casa de las recogidas». [3]

Por estos antecedentes nos damos una idea del papel importante que en la época de la dominación jesuítica desempeñó el pueblo de Yapeyú. Su vida era tan apacible y monótona como las de las otras reducciones creadas para catequizar a los guaraníes, pero por ser la residencia del superior general de todas ellas conquistóse, por así decirlo, una situación de privilegio realzado a su vez por los accidentes geográficos que lo rodeaban.

En momentos en que don Juan de San Martín y su esposa doña Gregoria Matorras se instalaron allí, hacía exactamente dos años que Ios jesuitas habían abandonado la comarca. La incuria había comenzado ya a dejarse sentir y al mismo tiempo que la maleza cubría con su tupido ramaje los templos y los caseríos, las familias indígenas que la poblaban habíanse entregado a la dispersión. [4] Como celoso que era en el cumplimiento de su deber, el nuevo mandatario colonial trató de remediar a tiempo estos males. Y así como se ocupó de hacer volver a la vida civilizada miles de indígenas, organizó la hacienda y puso reparo a las fincas amenazadas de ruina. Al parecer, el pueblo al cual le consagró más trabajo lo fue el de San Borja, y es hablando de éste, que con fecha 24 de julio de 1777 le dice a Lazcano: «Lo que tengo hecho en dos años no lo habrían hecho los jesuitas en seis

Por las circunstancias apuntadas, la tierra misionera, y en ella Yapeyú, vino a ser la cuna geográfica de San Martín. Fáltanos, por desgracia, la prueba escrita que nos diga en qué día y en qué año vino allí a la vida el primero de los argentinos, y aun cuando todos los biógrafos están contestes en decir que su día natal lo es el 25 de febrero, no sucede lo mismo cuando se trata de fijar el año de su nacimiento. Generalmente se da como exacto el año 1778, pero, como lo verá el lector, muchos documentos escritos lo contradicen.

El primero que hizo alusión a ese año fue García del Río, que estando en Londres y con el seudónimo de Ricardo Gual y Jaén, publicó en 1823 una pequeña biografía del Libertador. Su afirmación no es con todo categórica y conténtase con decir que nació en Yapeyú «por los años de 1778». Esta cronología fue aceptada por otros historiadores sin beneficio de inventario y la dan como exacta Gutiérrez, Sarmiento y Mitre. [5]

Cuando se creía que esta cronología escapaba a toda discusión, don Juan Pradère, director entonces del Museo Histórico de Buenos Aires, descubrió el acta de los esponsales de San Martín y basado en ella afirmó que éste no había nacido en 1778, sino en 1781. La prueba, al parecer, era perentoria, pues si al unirse en matrimonio con la señorita Remedios Escalada, según lo declara dicha acta, contaba San Martín treinta y un años de edad, lógicamente no había nacido en 1778, sino en 1781.

Creía además Pradère que su tesis quedaba reforzada acudiendo a declaraciones verbales de San Martín y encontró la prueba corroborante de su afirmación al advertir que en la foja de servicios existentes en el Museo Mitre, y que lo era la correspondiente al año de 1808, declara San Martín ante las autoridades militares de la Península tener 27 años de edad. En su entender, la prueba de que no había nacido en 1778, sino en 1781, estaba hecha.

De más está decir que planteada así la cuestión, creímos que el mejor medio de elucidarla sería el de poder presentar al debate un documento concluyente, cual tenía que serlo la partida de bautismo u otro. Desgraciadamente, la suerte no nos acompañó en este intento, y aunque acudimos a distintas fuentes documentales, con esperanza de encontrarla, no pudimos hacerlo, ni en su original ni en ninguna de sus copias.

Con todo, otros documentos vinieron a enriquecer el acervo consiguiente a esta búsqueda, y es así como hemos podido encontrar la copia auténtica de la partida de bautismo de Elena de San Martín, hermana del prócer, y al mismo tiempo otros documentos, que por su contenido, sirven para esclarecer este punto en forma concluyente y perentoria.

El estudio y cotejo de estos documentos, como lo verá el lector, nos permitirán afirmar que si es infundada la tesis tradicional, según la cual San Martín debió nacer en 1778, lo es igualmente la que sostiene Pradère, fijando el natalicio de San Martín en 1781.

El señor Juan A. Pradère invoca como testimonio documental y de fe inequívoca una foja de servicios de San Martín. Pero es el caso que las fojas existentes son varias y que al cotejar una con otra vese que la efemérides en cuestión no responde en todas ellas a la uniformidad deseada. San Martín declara en todas ellas su edad -partimos de la base que haya respondido él a un interrogatorio-; pero su declaración se contradice y el historiador vese en figurillas para saber cuándo el dato es el cierto.

En todas, por de pronto, reconoce San Martín que ingresó de cadete el 21 de julio de 1789; pero en ninguno de estos documentos ni se fija el día, ni tampoco el año de su nacimiento. Vamos a la prueba. La más antigua de estas fojas es la del mes de abril de 1803 y en ésta San Martín declara tener la edad de veintitrés años. A esta foja sigue otra también de 1803, pero que cierra los servicios de San Martín en el mes de diciembre y regístrase en el Archivo de la Nación Argentina. En esta foja San Martín se atribuye la edad de 24 años. En 1804 encontramos otra foja también inédita como la primera y que cierra en diciembre. Según ella la edad de San Martín es de 25 años. Del año 1805 no conocemos ninguna foja; pero en 1806 encontramos otra inédita como las dos precedentes, y en ésta se le fija la edad de 27 años. De este año pasamos al de 1808 –de 1807 no tenemos ninguna-, y en este año podemos señalar al lector la foja que se registra en el Archivo de San Martín y que es la que invoca Pradère. Este documento figuraba entre los papeles que pertenecieron al Libertador, y el yerno de éste, don Mariano Balcarce, remitiósela a Vicuña Mackenna, quien utilizóla fragmentariamente en 1892, cuando publicó su monografía sobre San Martín. [6]

La última foja que conocemos existe, como las inéditas a que acabamos de hacer referencia, en el Archivo Militar de Segovia y corresponde al año de 1810. Ésta está datada en noviembre de dicho año; pero nada dice ni de su edad ni del lugar y mes de su nacimiento. Por lo que se refiere a este punto, las fojas de servicios aquí citadas, sólo nos hablan de Buenos Aires como de su país natal, y en ninguna se señala a la villa de Yapeyú. Bien es cierto que para los redactores peninsulares, Buenos Aires comprendía una zona geográfica bien superior a la que en el día actual le corresponde. Yapeyú era una parte del todo.

Cotejados, pues, estos documentos y hecho el cómputo que de su cronología se deduce, según la primera de estas fojas, San Martín vino a nacer en 1780, puesto que ella es de 1803 y le fija la edad de 23 años. Según la otra foja del mes de diciembre de dicho año que señala 24 años de edad, San Martín vendría a nacer en 1779. Tomando como base de cálculo no ya estas fojas sino la que invoca Pradère, y que lo es la de 1808, nace San Martín en 1781, dado que en esa fecha su edad es la de 27 años. Pero, al pasar de ésta a otras de las fojas y que lo son la de 1804 y 1806, podemos afirmar que nació en 1779, dado que, tanto en 1804 como en 1806, se le asigna la edad de 25 y de 27 años, respectivamente. Tres fojas de servicios: es decir, la de diciembre de 1803, que se registra en el Archivo de la Nación Argentina, y las dos que acabamos de citar que se encuentran en el Archivo Militar de Segovia, permítennos señalar como época de su nacimiento el año 1779; pero no así la que publicó Vicuña Mackenna en 1792, que utilizó Mitre y sobre la cual se basa Pradère, como tampoco la del mes de abril de 1803 que existe igualmente en Segovia.

Deseosos de esclarecer este punto en la medida de lo posible, intensificamos nuestra investigación y nos lanzamos a la búsqueda de las fojas de servicios de los hermanos de nuestro prócer. Calcadas éstas, como las anteriores, en el mismo formulismo de redacción, no fijan ni el año ni el mes ni el día en que nacieron dichos militares y sólo se concretan a consignar la edad que cada uno declaró. En este caso, como en el caso de San Martín, al cotejar tales documentos comprobamos contradicciones y divergencias que son del todo evidentes. Como sabemos, el Capitán don Juan de San Martín y doña Gregoria Matorras tuvieron cuatro varones y una mujer. La esposa del ex Teniente Gobernador de Yapeyú los enumera en su testamento: «Declaro que del referido matrimonio, me quedaron cinco hijos, que lo son don Manuel Tadeo, don Juan Fermín, don Justo Rufino, don José Francisco y doña María Elena de San Martín». Esta designación hecha por la madre misma del prócer es, a nuestro entender, fundamental. Ella nombra a cada hijo por orden de su nacimiento, y siendo esto así -por instinto toda madre es infalible en esta cronología-, lógicamente se deduce que San Martín es el Benjamín en la prole masculina. La hija nació después de nacidos todos los varones y como, según su partida de bautismo que pronto transcribiremos, lo fue en agosto de 1778, no pudo nacer en dicho año nuestro prócer.

Entrando, pues, en la compulsa de los documentos que acabamos de citar, sabemos que Manuel Tadeo ingresó en el regimiento de infantería de Valencia el 23 de septiembre de 1788. De éste tenemos delante cuatro fojas de servicios -todas inéditas- y lo son las de los años 1801, 1817, 1820 y 1829. En la primera se le asigna la edad de 29 años, lo que nos permite fijar su nacimiento en 1772, en la segunda la de cuarenta y tres, lo que quiere decir que no nació en ese año, sino en 1774, en la tercera la de cuarenta y seis, y en este caso sale naciendo en 1774 igualmente, pero no así en dicho año, sino en el de 1775, si se acepta como exacta la foja de servicios de 1829 que le señala la edad de cincuenta y cuatro años.

A nuestro entender, la fecha más cercana a la verdad es la primera, es decir, la de 1772, porque siendo él el hijo primogénito, esa fecha es la que nos acerca más al año 1770, que es en el que contrajeron enlace sus padres. Manuel Tadeo habría ingresado así en el regimiento de infantería de Valencia teniendo diez y seis años de edad.

Respecto a Juan Fermín, que es el hermano que le sigue, no conocemos sino dos fojas de servicios existentes, como las anteriores, en el Archivo Militar de Segovia. Según éstas, ingresó como cadete en el regimiento de infantería de húsares de Aguilar el mismo día en que Manuel Tadeo lo hacía en el de Valencia, es decir, el 23 de septiembre de 1788. La primera foja de servicios es de 1816 y dícese allí que tiene cuarenta años de edad. A ser cierto el dato, habría nacido en 1776. La segunda es del mismo año; pero en lugar de ser el mes de enero lo es del mes de noviembre y en ella se le asignan cuarenta y un años; lo que nos permite fijar su nacimiento en 1775.

A éste sigue después Justo Rufino. Hase creído por alguien que era éste menor que José Francisco, pero esta opinión resulta infundada y contraria a la verdad de los documentos.

De Justo Rufino, que entró a servir como guardia de corps en la compañía americana el 9 de enero de 1795, hemos encontrado cuatro fojas de servicios. Tres pertenecen al año de 1815 y a los meses de abril, mayo y junio sucesivamente. En la de este mes se le asigna la edad de 39 años, lo que nos daría como resultado que vino a nacer en 1776. La segunda es del año 1819 y la edad declarada en ella es de 43 años. Como de las precedentes, de esta foja de servicios se deduce que nació en 1776. Que Justo Rufino nació en Yapeyú no cabe duda, porque así lo declaró él mismo cuando se trasladó a Paredes de Nava para levantar allí la información sumaria relativa a la nobleza materna. Pero si del cotejo de sus fojas de servicios se deduce que nació en 1776, nuestra fe en ese año no es del todo absoluta; pudo nacer en 1776, como también en 1775.

En lo relativo a la hermana de San Martín, podemos afirmar en forma inequívoca el día, el mes, el lugar y el año de su nacimiento. La búsqueda documental nos ha sacado de la duda y el documento que por primera vez publicamos a continuación y que lo es su partida de bautismo, lo dice en forma clara y concluyente:

«Don Hermenegildo de la Rosa, secretario de Cámara del Ilustrísimo señor don Manuel Antonio de la Torre (mi señor), obispo de la ciudad de Buenos Aires y su obispado y notario de su general visita; en consecuencia del decreto antecedente certifico y hago induvia fe a los que el presente vieren como el tenor de la mencionada certificación es a la letra lo siguiente:

»Certifico, yo el R.P. predicador fray Francisco Pera, religioso de nuestro Santo Padre Domingo, de la provincia de Buenos Aires, y capellán de esta Calera del Rey que fue de los regulares expulsos intitulada Nuestra Señora de Betlén, situada en la otra banda del río de la Plata, partido que llaman de las Vacas, obispado y provincia de Buenos Aires.

 »En diez y ocho de agosto de 1778 nació María Elena de San Martín, y el día veinte de dicho mes le eché agua, y el día veinticinco la exorcisé, catequicé, puse óleos y crisma solemnemente a la nominada niña hija de don Juan de San Martín, ayudante mayor de la Asamblea de Infantería de esta provincia y natural de la villa de Cervatos de la Cueza, y de doña Gregoria Matorras su legítima mujer, dependiente de la villa de Paredes de Nava, uno y otro del adelantamiento y obispado de Palencia en Castilla la Vieja y reino de León. Fue su padrino el ayudante mayor de infantería don Luis Ramírez y testigos el Teniente de las Asambleas de Caballería don Bartolomé Pereda y el Subteniente de infantería don José Rodríguez; y para que conste donde convenga doy la presente en la referida Calera, partido de las Vacas, en 19 de agosto de mil setecientos ochenta y dos. - Fray Francisco Pera

«Concuerda con la certificación original que tuve presente, y en cumplimiento del referido decreto de S.S.l. el obispo, mi señor, doy la presente firmada de mi mano en esta parroquia iglesia de las Víboras a veintiséis de noviembre de mil setecientos ochenta y dos años. Hermenegildo de la Rosa. - Secretario y notario de Visita». [7]

El aporte, pues, de tales documentos y el cotejo analítico de los mismos, nos dicen: primero, que don José de San Martín no pudo nacer en 1778, porque en dicho año nació su hermana Elena; segundo, que siendo éste el último de los vástagos que tuvieron los esposos San Martín y Matorras, el hijo prócer debió nacer antes de dicha fecha, y tercero, que siendo él el último de los varones, tuvo que nacer después de Justo, a quien la propia madre le señala el tercer lugar en el apunte cronológico de su testamento. Conjeturamos, pues, que si su hermana Elena nació en 1778 y su hermano Justo en 1776 o 1775, él, que en la prole filial figura entre estos dos, debió nacer en 1777. No es ésta, en lo relativo a nuestro prócer, una cronología rigurosamente documental. El documento inequívoco para comprobarlo lo hubiera sido su partida de bautismo, pero ¿dónde está ella? Acaso el vandalismo de Chagas la llevó a la hoguera cuando sus tropas incendiaron a Yapeyú en 1817, o acaso yace perdida entre algún legajo o en los archivos del Brasil, de la Argentina, o de Europa. Puede imaginarse el lector cuál fue nuestro empeño en descubrirla. Nuestra curiosidad no ha quedado inactiva y en donde el instinto nos señalaba una brecha allí hemos acudido para dar con ello. Desgraciadamente todo ha sido infructuoso y mientras este documento no aparezca no tendremos otro recurso que el de atenernos a esta cronología conjetural.

No ahorrando ni tarea ni esfuerzos acudimos para buscarla a todos los archivos, sobre todo de España, en los que el pálpito o la presunción histórica nos sugería la posibilidad de encontrarla. Desgraciadamente la tarea no ha tenido recompensa y la dicha partida, original o en copia, sigue en el misterio.

Con todo, otros documentos han respondido a nuestro empeño, y entre éstos debemos citar un pasaporte que, al pasar por Lille en 1828, San Martín presentó al alcalde de esa ciudad. Por esa época el Libertador vivía en Bruselas, pero su situación económica se hacía de día en día más apremiante. Esto le obligó a ponerse en viaje rumbo a Buenos Aires y después de una estada en Amberes entró en Francia por los departamentos del Norte. El alcalde de Lille no se contentó con ver su pasaporte. Tomó copia de él y, después de otorgarle a San Martín un pase provisional para ir a Marsella, dirigióse a su gobierno en los siguientes términos: «J'ai l'honneur de vous transmettre le passeport de M. José de San Martín, propriétaire, âgé de 47 ans, Américain, venant d'Anvers et se rendant à Marseille pour s'y embarquer. Je lui ai délivré une passe provisoire pour cette destination. Je joins l'état des renseignements» [8] (Traducción: Tengo el honor de transmitirle el pasaporte del Sr. José de San Martín, titular, 47 años, americano, viene desde Amberes y va a Marsella para embarcar allí. Emití pase provisional para este destino)

Como se ve, tanto por el propio pasaporte de San Martín como por el comunicado oficial del alcalde de Lille al jefe de policía del reino, su edad en ese entonces era de 47 años. Lógicamente su año natal no podía serlo el de 1778, sino el de 1777 como lo conjeturamos.

Es interesante, además, recordar aquí lo que Belgrano le escribe a San Martín a los pocos días de haberse alejado de su lado, cuando aquél se hizo cargo del Ejército del Norte.

En ese entonces, San Martín acababa de caer gravemente enfermo, y al enterarse de ello, solícito como era, por el que durante tres meses había sido su jefe, con fecha 28 de abril de 1814, escribióle desde Santiago del Estero: «He sabido con el mayor sentimiento la enfermedad de usted; Dios quiera que no haya seguido adelante y que ésta le halle en entera salud.» Y luego: «Hago memoria que usted me dijo que pasaba de los treinta y seis años y esto me consuela». [9]

Evidentemente, si en 1814 San Martín pasaba de los treinta y seis años, quiere decir que tenía por lo menos treinta y siete. Basados, pues, en que sólo tuviera treinta y siete y no más, sin violentar la cronología, con un simple cálculo retrospectivo llegamos a 1777, o sea el año que a nuestro entender lo es el de su nacimiento.

Si hay, por otra parte, un momento en la vida del hombre en que desaparecen las ilusiones y sólo predomina la verdad desnuda, lo es precisamente el momento aquel en que nos preparamos para decir adiós a la vida. Por razones que no nos corresponde escudriñar, pudo San Martín alguna vez haberse quitado los años. Pudo también haberlo hecho por distraído o por olvidadizo; pero lo que no cabe duda, es que su intento fue el de armonizarse en un todo con la verdad, mayormente cuando al mirar su pasado sintetizó, como así lo hizo en carta al presidente Castilla, las etapas fundamentales de su carrera. «Como usted, le diría a éste desde Boulogne sur Mer el 11 de septiembre de 1848, yo serví en el ejército español en la Península, desde la edad de 13 a 34 años hasta el grado de Teniente Coronel de caballería.»

La declaración ésta, como se ve, es luminosa. Si San Martín tenía trece años cuando entró a prestar sus servicios militares en España, y sabemos que esto fue en julio de 1789, teniendo él en ese entonces trece años, lógicamente su nacimiento debió haber tenido lugar en 1777.  Pero si ésta es una prueba, no es la única. En la misma carta, y después de haber expuesto los puntos históricos que la motivan, agrega: «A la edad avanzada de 71 años, una salud enteramente arruinada y casi ciego con la enfermedad de cataratas, esperaba, aunque contra todos mis deseos, terminar en este país una vida achacosa; pero los sucesos ocurridos desde febrero han puesto en problema dónde iré a dejar mis huesos.»

Si en esa época, es decir, en septiembre de 1848, que es la época en que San Martín escribe esta carta, se atribuye él la avanzada edad de 71 años, es porque en lugar de haber nacido en 1778, como lo afirman la generalidad de sus biógrafos, o en 1781, como lo pretende Pradère, no nació sino en 1777.

Recojamos, además, otra de sus afirmaciones, que viene a desautorizar lo consignado en el acta de sus esponsales. En ese entonces -29 de agosto de 1812- declaró tener treinta y un años de edad. Ahora, en la carta que comentamos, nos dice que sirvió en el Ejército español hasta la edad de 34 años. Su incorporación a la revolución argentina lo fue en 1812, y su enlace en el mes de septiembre de dicho año. Es el caso, pues, de preguntarnos: ¿Cuándo la declaración de San Martín es la exacta? ¿Lo es cuando le escribe a Castilla, o cuando firma el acta de sus esponsales? A nuestro entender, la declaración que corresponde a la verdad es la primera, porque es la lógica, y porque es la que pone armonía en los documentos.

En la cronología sanmartiniana existe, como se ve, una rectificación fundamental a hacer. Son sobradas las pruebas que la autorizan y podemos afirmar que ni el acta de esponsales señalada por Pradère, ni la de defunción firmada en Boulogne sur Mer en 1850, hacen fe absoluta, como lo pretenden algunos historiadores. Es cierto que en los primeros documentos la declaración allí consignada tiene por garantía la palabra misma de San Martín, pero esto tiene su explicación y el lector ya la habrá encontrado más que satisfactoria en las líneas precedentes. [10]

Por lo que se refiere al acta de Boulogne sur Mer, hay allí un valor fehaciente, que lo es el de la familia; pero es el caso de preguntarnos: ¿Tenía ésta delante la partida de bautismo? ¿Se fiaba más de una tradición que de un documento escrito o de otra prueba similar? A nuestro entender, sucedió así, y no dando importancia al número de los años se consignó en ella el que de buena fe se creyó que el héroe había vivido. Con todo, y por las razones aducidas, creemos que el año natal de San Martín lo fue el de 1777. Es el año lógico, el año conjetural, el año que se armoniza con su carta a Castilla, la cual es en el fondo una recapitulación consciente de toda su vida.

Habiendo nacido, pues, el 25 de febrero de 1777, como lo suponemos, San Martín sólo tenía la edad de seis años cuando en 1783 sus progenitores resolvieron el retorno a la Península, y sólo cuatro cuando el Capitán don Juan de San Martín se alejó de Yapeyú. Con esta partida éste puso fin a su prole, y si alguna preocupación le llenó por entero, lo fue la de educarla, como así lo dice él con insistencia en muchos de sus documentos.

Como lo habrá visto el lector, don Juan de San Martín, al alejarse de Yapeyú, solicitó del gobierno de Buenos Aires el traslado a Montevideo. Esto no lo fue por un simple capricho, y creemos que en la banda oriental del río de la Plata tenía algunas fincas o intereses económicos que allí lo llamaban. En el año 1778, y en la hacienda de la Calera, nació su hija Elena. En este mismo lugar lo encontramos cuando contrajo enlace por poder en 1770, y con el cargo de administrador de dicha hacienda permaneció allí hasta el 13 de diciembre de 1774. Fue en este lapso en que debieron nacer sus dos hijos mayores: Manuel Tadeo y Juan Fermín. Conjeturamos, pues, que éstos vinieron a la vida ya en esta como en aquella otra orilla del Plata.

Por lo que se refiere a la educación escolar de San Martín, diremos de paso que no pudo haber sido Yapeyú el lugar en donde aprendió las primeras letras. A la edad de tres años nadie frecuenta como alumno ninguna escuela, y era ésta la edad que tenía el vástago ilustre cuando a fines de 1780 su padre resolvió desprenderse definitivamente del gobierno de Yapeyú.

Lo tierno de su edad pudo ser óbice para iniciar en América su educación; pero no lo fue ciertamente para estereotipar en su alma los recuerdos del solar nativo. El paisaje geográfico hirió, a no dudarlo, sus pupilas, y la vida peninsular no hizo más que avivar la simpatía instintiva por la patria de origen.

Cuando San Martín retornó al Plata, Yapeyú y los otros pueblos misioneros en que su padre había ejercido las funciones de Teniente Gobernador, estaban en pie. Desgraciadamente, pocos años más tarde la guerra de Artigas contra los portugueses sirvió a éstos de pretexto para arrojarse sobre el Uruguay invadiendo los pueblos misioneros, y las tropas de Chagas así lo hicieron arrasando, como nuevos vándalos, todo lo que encontraban a su paso. No se contentaron con el robo y el saqueo. Aplicaron fuego a casas y templos y redujeron a cenizas monumentos de arte colonial y misionero que se distinguían por su primor.

Haciendo referencia al botín con que se retiraron de allí estas tropas, el relato de una pluma anónima nos dice que el Marqués de Alegrete recibió, en 1818, doscientas setenta arrobas de plata labrada. Para formarnos una idea de la cantidad de plata que existía, tanto en Yapeyú como en las otras reducciones devastadas con esta furia insólita, nos basta decir que los vasos sagrados que no eran de oro, lo eran de este otro precioso metal. Las custodias llegaban a una vara de altura y su aureola estaba guarnecida de piedras preciosas. Los candeleros eran enchapados en plata, y cuando no, lo eran de plata maciza. Otro tanto ocurría con los misales y con los ciriales, estando muchos de aquéllos enchapados en oro.

Las vestiduras u ornamentos sacerdotales eran de brocado de oro y plata, y las que usaban los jesuitas para las representaciones teatrales, con lo que recreaban a los indígenas, de seda y de terciopelo. Todos estos tesoros y prendas, además de otros que no es de nuestro caso enumerar, fueron repartidos entre el Marqués de Alegrete, el Conde de Figuera y el Teniente General, Marqués Souza. La orden de destrucción fue dada por el primero, que es el conocido con el nombre de Chagas.

Don Martín de Moussy, geógrafo francés que visitó el territorio de Misiones en 1857, nos dice al comprobar su estado de desolación: «Yapeyú era una verdadera villa, y es fácil reconocerlo por el espacio que cubren sus ruinas. Hace sesenta años tenía todavía, según Azara, cinco mil quinientos habitantes, y un bosque impenetrable cubre aquel sitio. Para examinar los restos que aun subsisten es preciso abrirse camino con el machete a través del bosque cerrado que los envuelve. Se reconocen los muros de la iglesia, los del colegio, habitación de los Padres y los almacenes. Unos dados de asperón rojo, muy bien trabajados, soportan esos pilares, de los cuales algunos quedan en pie, mientras que otros, medio quemados, desparramados por el suelo. Una docena de familias viven alrededor de esas ruinas, desmontando de vez en cuando un pedazo de bosque para sembrar maíz, y muy a menudo su hacha ignorante y brutal, ataca las magníficas palmeras, las más altas y vigorosas que hemos visto en esas riberas, las soberbias especies arborescentes, plantadas por los jesuitas, que daban sombra a la plaza de las Carreras, donde figuraban los indios en sus ejercicios y en sus juegos». [11]

Esta devastación y los problemas de política interna que preocuparon las provincias argentinas hasta Caseros, desvió la atención histórica de nuestros publicistas, y nadie se preocupó de Yapeyú, la antigua capital de un imperio teocrático. El fallecimiento de San Martín, acaecido en Boulogne sur Mer el 17 de agosto de 1850, sacó este nombre del olvido, y Yapeyú vino de inmediato a la pluma de los que, como Sarmiento, consagraron notas necrológicas al Libertador austral del Nuevo Mundo. «Los diarios de Europa -dijo entonces Sarmiento-, vienen llenos de recuerdos de la gloria pasada del General San Martín. Su carrera es, efectivamente, una de las más extraordinarias que se conocen. Principiada a la edad de doce años en los colegios militares de España, terminada en Lima después de haber recorrido victorioso la mitad de la América, parece que le hubiera sobrado un pedazo de vida que ha pasado voluntariamente en la expatriación

»Su nombre fue borrado literalmente de la historia contemporánea de la América, y la injusticia de su época respondió con un obstinado silencio y una obscuridad de vida de cerca de treinta años

Estas líneas fueron escritas por el autor de Facundo, el 22 de noviembre de 1850, y dos años más tarde, en un almanaque chileno, volvía sobre él y lo daba como nacido el 25 de febrero de 1778 «en Yapeyú, pueblo de las misiones del Paraguay».

En 1854 interésase de nuevo por la figura de este héroe, y hablando de su patria, nos dice: «En la margen derecha del majestuoso Uruguay, más arriba de las cascadas que interrumpen el tránsito de las naves, está situada entre naranjales y palmeras, la villa de Yapeyú, habitada principalmente por indios de los que la misteriosa ciencia social de los jesuitas redujo a la vida civilizada, en aquellas comarcas que aun llevan en su memoria el nombre de Misiones, y que hoy entran a formar parte de la provincia de Entre Ríos. Allí nació don José de San Martín por los años de 1778 …»

Estas referencias salieron de la pluma del gran publicista estando aún en Santiago de Chile, pero ya de regreso a Buenos Aires, y en 1857, escribió sobre San Martín una nueva página biográfica y acentuó como en las primeras que Yapeyú había sido el lugar de su nacimiento. Textualmente, decía: «Las famosas misiones no han producido en la historia de América hecho ninguno que afecte su civilización o sus progresos. Nada ha sido de aquella ficticia asociación; ni pueblo que en todas partes revive a las grandes catástrofes que hacen desaparecer los imperios, ni monumentos que recuerden su gloria, ni instituciones que otros pueblos reciben como un legado

»Y, sin embargo, de Yapeyú, capital de las malogradas misiones, salió la espada que debía cortar las cadenas de las colonias españolas, dando a la mitad de la América la independencia, que la constituiría en el porvenir del mundo campo vasto para el ensayo de las modernas instituciones republicanas». [12]

Pero Sarmiento no se contentó con designar a Yapeyú como pueblo natal de nuestro héroe, y al hablar del lugar de su nacimiento, señaló como tal la casa de gobierno, o sea el colegio jesuítico de Yapeyú, en que supone residiendo al padre del prócer, el Capitán don Juan de San Martín. Basado en lo dicho por Sarmiento, o acaso en la biografía de San Martín, escrita por García del Río, en Londres, en 1823, o en referencias que le pudieron llegar por intermedio de don Mariano Balcarce, yerno de San Martín, al escribir la historia de éste, el General Mitre afirmó lo mismo que afirmara Sarmiento, y designó como cuna natal la misma designada por aquél.

Mitre dijo: «En la época de los jesuitas era Yapeyú una de las poblaciones más florecientes de su imperio teocrático. Al tiempo del nacimiento de San Martín, bien que decaída, era todavía una de las más ricas en hombres y ganado. Levantábase todavía erguido en uno de los frentes de la plaza el campanario de la iglesia de la poderosa compañía, coronado por el doble símbolo de la redención y de la orden. El antiguo colegio y la huerta adyacente, era la mansión del Teniente Gobernador y su familia. A su lado estaban los vastos almacenes en que se continuaba por cuenta del Rey la explotación mercantil planteada por la famosa Sociedad de Jesús, que había realizado en aquellas regiones la centralización del gobierno en lo temporal, lo espiritual y lo económico, especulando con los cuerpos, las conciencias y el trabajo de la comunidad. Tres frentes de la plaza estaban rodeados por una doble galería, sustentada por altos pilares de urunday reposando en los cubos de asperón rojo, y en su centro se levantaban magníficos árboles entre los que sobresalían gallardamente gigantescos palmeros, que cuentan hoy más de un siglo de existencia

»El niño criollo, nacido a la sombra de palmas indígenas, borró tal vez de su memoria estos espectáculos de la primera edad; pero no olvidó jamás que había nacido en tierra amerícana y que a ella se debía». [13]

Así, pues, y a fuerza de repetirlo los biógrafos de San Martín, creyóse por todos no sólo que San Martín había nacido en Yapeyú, lo que histórica y documentalmente hablando era muy cierto, sino que su casa natal lo había sido el colegio jesuítico o casa de gobernación, en que, por razones de oficio, se suponía habitando a sus padres. Por desgracia, ni este historiador ni aquel publicista, vale decir, ni Mitre ni Sarmiento, fundamentaron su aserto, e ignoramos hasta el día de hoy si lo hicieron por razones documentales que callaron, o simplemente hipotéticas y deductivas. Ni uno ni otro nos dicen donde recogieron el dato. Es posible que Sarmiento, que trató a San Martín en Europa, lo hubiese recogido de los propios labios de éste cuando lo entrevistó, ya en París, o ya en su residencia de Grand Bourg. En este caso Sarmiento debió decirlo, y el saber que una semejante afirmación estaba abonada por el testimonio del propio San Martín, hubiera bastado para disipar dudas o equívocos.

Por lo que a Mitre se refiere, presentimos que el ilustre historiador contentóse con recoger el dato que estaba en la tradición y por tratarse de un hecho que tenía a su favor la lógica y el buen sentido, recogiólo para anotarlo en forma escueta y genérica.

Asentado, pues, como cosa cierta que San Martín había nacido en la casa que servía de residencia al Teniente Gobernador de Yapeyú, los interesados en la glorificación de este héroe se lanzaron sobre el laberinto de sus ruinas, y principiaron así las afirmaciones, las más antojadizas, para decir que éstas y no aquéllas eran las auténticas. A pesar de lo mucho que sobre esto se ha escrito -don Martiniano Leguizamón ha puesto en lo tocante a este punto su empeño de estudioso y de erudito-, hase llegado al día de hoy sin poder autenticar las ruinas existentes y ni siquiera el solar en que se supone que fue edificada esta casa. Lo que se ha demostrado es que las ruinas señaladas como auténticas no lo son, y, faltando un plano de Yapeyú, creemos nosotros que será del todo imposible el precisar exactamente la planta que en el conjunto urbano ocupaba el susodicho colegio o residencia gubernamental.

Pero descubierto el plano, la luz no sería mayor, pues a falta de una referencia escrita, se divagaría siempre en lo hipotético al señalar esta o aquella de sus habitaciones como pieza natal. Sabemos por el inventario de 1784 que Yapeyú tenía, efectivamente, un colegio, pero este colegio era una vasta dependencia compuesta de treinta y cinco cuartos, y de los cuales cinco daban al primer patio y los restantes al segundo. Para llegar a la verdad histórica, y, por decirlo así, objetiva y topográficamente habría necesidad de saber a ciencia cierta: primero, que allí efectivamente vivía, en 1777, don Juan de San Martín y su esposa; segundo, que el alumbramiento de ésta, en lo relativo a su hijo José, se hizo allí a la sombra de sus aleros, y, tercero, que fue en este y no en aquel cuarto en que los padres del héroe se hospedaban cuando el hijo prócer vino allí a la vida.

Como se ve, la dificultad crece de punto a medida que se la quiera ahondar, no para conocerla en sus lineamientos generales, sino en sus pormenores. Habiendo desaparecido, materialmente hablando, el Yapeyú que sirvió de cuna a San Martín, y no existiendo documento alguno ni escrito ni oral que nos merezca crédito, no debemos falsear la historia, reemplazando lo que se ignora con lo legendario y antojadizo. Nos basta con saber que el país natal de San Martín fue Yapeyú, y que allí, dentro de un cuadriculado urbano festoneado de palmeras y de naranjales, nació el Libertador austral del Nuevo Mundo, el primero de los argentinos y el criollo que con su espada y con su genio dio días de gloria a la América.

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[1] Leopoldo Lugones: El Imperio jesuítico, pág. 106

[2] Revista de Buenos Aires, t. VIII, pág. 183.

[3] Ibidem, pág. 189.

[4] En su memorial dirigido a S.M., el Rey, Vértiz nos describe en forma patética el estado ruinoso en que quedaron estas reducciones después de la expulsión de los jesuitas. Dice que faltando ellos y los caciques y regidores que Bucarelli, su predecesor, había hecho bajar a Buenos Aires, faltaron en ellas las principales cabezas que podían estimular a los indios al trabajo y al cuidado de sus haciendas. «Por el mal ejemplo que les acababan de dar sus curas, crecieron los desórdenes, se entregaron la matanza de ganados para alimentarse sin término ni medida, no atendieron ya sus telares, siembras y otros trabajos establecidos, y lo que antes se llevaba y gobernaba por unas muy escrupulosas reglas, se redujo a confusión y trastorno y aun se acreditó, porque en los años 1768 y 1769 no enviaron efectos algunos para el pago de tributos y demás indispensables gastos, sino once pueblos, y éstos en muy corta cantidad. »

»La elección de muchos curas doctrineros y compañeros -continúa Vértiz-, sin más mérito que poseer el idioma guaraní, ha hecho que no edificasen con su ejemplo ni desempeñasen dignamente su ministerio. A más de esto, la pretensión de muchos por ser absolutos en lo espiritual y temporal, como lo fueron los expatriados, ha acarreado continuas desavenencias con los administradores y muchos perjuicios a los naturales que querían sacarlos del trabajo para el rosario y otros rezos que, desde luego, eran verificables concluidas las regulares tareas.» Dice que la informalidad de los inventarios en muchos pueblos fue otro muy conocido principio del daño, porque franqueó el campo al engaño, a la ocultación y al fraude, y que se ha aumentado a estos pueblos con otros gastos que antes no tenían. «Hoy pagan -escribe él-, los salarios de administradores, maestros de primeras letras y cirujanos a más del tributo de los indios, que cumplido diez y ocho años no pasan de cincuenta, libertados únicamente de esta contribución los caciques, sus primogénitos y otros que conforme a las leyes los exceptúa la ordenanza particular de estos pueblos.» Después agrega : «Las muy dolorosas epidemias que en algunos años han sufrido, los han menoscabado notablemente, pues sólo en el de Yapeyú fallecieron desde el año 1760 hasta 1772, cinco mil personas, y en los otros, de éste al de 1777, muchas más, particularmente en trece de ellos, que fue mayor el estragoRevista del Archivo de Buenos Aires, t. III, pág. 378.

[5] Creemos oportuno hacer observar aquí una contradicción en que incurre el General Mitre. Hablando del nacimiento de San Martín, nos dice él categóricamente, «que había nacido el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú»; pero al hablarnos de la sorpresa de Cancha Rayada, nos dice igualmente: «En la mañana del 16 de marzo, aniversario del natalicio de San Martín…» Como se ve, la contradicción es flagrante, pues si San Martín nació, como es exacto, el 25 de febrero, el 16 de marzo no podía en modo alguno ser «el aniversario de su natalicio». Ver: Historia de San Martín y de la IndepJendencia Sudamericana, t. I.

[6] Ver: El General don José de San Martín considerado según documentos enteramente inéditos. Santiago, 1902.

[7] Archivo militar de Segovia. Expediente de pensión y viudez de doña Gregoria Matorras de San Martín. Legajo 1.207, Nº 31.

[8] Archivo de la Marina, f. 712.032.

[9] Archivo de San Martín, t. II, pág. 47.

[10] El acta de defunción le señalaba 72 años, cinco meses y 23 días. Los testigos que lo afirman son F. Rosales, A. Gérard y A. Cazin. En esta acta hay, además, un error de nombre, pues a la madre de San Martín, que se llamaba Gregoria, se le designa con el nombre de Francisca. Claro está que si San Martín falleció el 18 de agosto de 1850 y el acta le asigna la edad de 72 años, a falta de documentos que dijeran lo contrario, los biógrafos establecieron, como cosa muy lógica, su nacimiento en 1778. Pero lo dicho por nosotros esclarece el punto y desautoriza a toda cronología que se apoye en este documento, como en el otro que lo es el acta de los esponsales, y que, redactada en Buenos Aires el 29 de agosto de 1812 -el casamiento no tuvo lugar sino el 12 de septiembre de ese mismo año-, le asigna en aquel entonces la edad de 31 años.

[11] En 1828 el Coronel don Manuel de Pueyrredón recibió órdenes de su gobierno para unirse a Rivera y realizar con él lo que se llamó entonces Campaña de Misiones. En compañía de varios otros oficiales -Chilabert, Pirán, Galán, Trolé y otros- embarcóse éste en Buenos Aires a bordo de una cañonera, y después de un largo viaje ancló en el arroyo de la China, de donde se dirigió a Misiones por la costa occidental de Curuzú Cuatiá. «En la marcha -dice él- visitamos las ruinas del antiguo pueblo de Yapeyú, patria del General San Martín. La cruz era la que por entonces había resistido más a la acción destructora del tiempo. Las macizas paredes de su iglesia se conservaban intactas; un gran patio cercado de corredores sostenidos por columnas y pedestales de piedra permanecía todavía en buen estado.

»En el centro de ese patio se veía un cuadrante que nos llamó mucho la atención. En un hermoso pedestal de piedra perfectamente labrado, se elevaba una columna de cinco varas, de una sola pieza. Sobre ésta descansaba la piedra cuadrada en que marcaba el gnomon o estilo, colocado de modo que pudiera verse por ambas partes. Su posición era perpendicular, pero con una pequeña inclinación al meridiano. Las pinturas que adornaban esa columna ochavada en fajas verticales de cuatro dedos de ancho, apagadas por el polvo, aparecían descoloridas; pero cuando lavamos algunos pedazos, se vio la pintura amarilla y verde tan viva como si acabara de ser puesta, a pesar de tener ochenta años, según la fecha esculpida en la misma piedra.

»El cementerio era un cuadrilongo cercado por calles de árboles. Todos los sepulcros tenían lápidas de diferentes colores, con inscripciones en guara la mayor parte de ellas. Algunas había en español y otras en latín. Se veían también algunos túmulos de formas raras y caprichosasEscritos históricos del Coronel Manuel A. Pueyrredón, pág. 187.

[12] Obras completas, vol. III, pág. 291

[13] Historia de San Martín y de la Independencia Americana, t. I, pág. 97.