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Instituto Nacional Sanmartiniano

Historia del Libertador Don José de San Martín. Capítulo 2. La madre de San Martín

Continuamos con la publicación de la obra cumbre del fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano. En esta ocasión "La madre de San Martín". Por José Pacífico Otero.

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CAPÍTULO 2

LA MADRE DE SAN MARTÍN

SUMARIO.- La villa de Paredes de Nava y su pasado histórico.- Enlace de Domingo Matorras y de doña María del Ser.- Nacimiento de Gregoria Matorras.- Jerónimo Matorras y el traslado de su prima a Buenos Aires.- Probanza de la nobleza de Gregoria Matorras hecha en Paredes de Nava por su hijo Rufino en 1793.- Juan de San Martín se casa con Gregoria Matorras por poder.- Dispensadas las proclamas, el enlace se efectúa en la iglesia catedral de Buenos Aires.- Los hijos que nacieron de este matrimonio.- Una instancia de Juan de San Martín prueba que su prole fue educada en España.- En Málaga, el 4 de diciembre de 1796, fallece el ex Teniente Gobernador de Yapeyú.- En solicitud dirigida a Su Majestad Carlos IV, Gregoria Matorras expone lo apremiante de su situación.- De Aranjuez, como antes lo hiciera de Málaga, renueva esta instancia.- La providencia del monarca recaída sobre ella es transmitida para su ejecución a Buenos Aires.- En 1806, doña Gregoria Matorras dispone que la pensión que disfruta pase después de su muerte a su hija Elena.- Otorga testamento en Madrid y fallece en Orense en 1813.

En la misma tierra castellana en que se encuentra Cervatos de la Cueza, cuna de don Juan de San Martín, se encuentra igualmente la villa de Paredes de Nava, separada de aquella por unos pocos kilómetros de distancia.

Aun cuando no es nuestro propósito el hacer su historia y el exponer el papel civilizador que le tocó desempeñar en edades pretéritas, queremos recordar aquí que sus orígenes remontan al período de la dominación romana, y que así como Cervatos de la Cueza recibe su denominación del arroyuelo que serpentea en sus vecindades, Paredes recibe la suya de Nava, del terreno cenagoso que caracteriza a su topografía.

Al decir de un cronista de esta villa, la lntercacia de los romanos estaba construida precisamente en los campos que en la actualidad sirven de solar a Paredes. Su hipótesis no es en modo alguno caprichosa. La apoya él en documentos históricos y geográficos, y con tal motivo recuerda que al querer tomar por asalto aquella ciudad, el cónsul Lúculo vióse rechazado por los sitiados. En la fuga emprendida para escapar al desastre, sus huestes fueron a encontrar la muerte en una laguna o cloaca, señalada ya entonces por Apiano. La laguna o cloaca que sirvió de sepultura a miles de romanos, no era otra que el terreno que se denomina la Nava, y al cual convergen las aguas llovedizas de las regiones circunvecinas. [1]

Por lo que se refiere a la fundación propiamente dicha de la villa actual, los documentos conocidos nada dicen en concreto. Parece ser que ella comenzó a existir antes de que subiera al trono Fernando II, Rey de León, y que después de haber sido propiedad de la Corona, pasó al dominio de diferentes señoríos, distinguiéndose entre éstos el de los Manriques. En Paredes de Nava nacieron muchos guerreros y artistas. De allí salió Pedro Berruguete, el famoso artista, y aquel Jorge Manrique, cuyas coplas a la muerte de su padre, el primer Conde de Paredes de Nava, figuran en el libro de oro de la literatura española.

En la actualidad Paredes ya no tiene blasones y han desaparecido de allí los mayorazgos y señoríos. Es, con todo, un centro urbano bastante importante y los seis mil habitantes que lo pueblan viven de la labranza, de sus ganados y de la curtiembre de sus cueros. Sus casas están construidas en su mayoría, como en Cervatos, con adobe. En algunas vese el barro al desnudo, pero en todas ellas prima la pulcritud y la blancura de sus zaguanes y patios.

Cuatro son sus iglesias, pero la principal y la más antigua es la de Santa Eulalia, cuya fábrica fue terminada por los años de 1586, siendo Conde de Paredes de Nava don Antonio y Rey de las Españas don Felipe II. Al decir de la crónica, fue en esta iglesia donde después de su enlace con doña Berenguela, Alfonso el Emperador hizo públicas en 1128 sus Cartas Pueblas.

En esta villa, y al comenzar el siglo encontrábase domiciliado en ella don Domingo Matorras. El pueblo natal de éste era Melgar de Alamedo, pero, por razones que ignoramos, lo había cambiado por el que en ese momento constituía su residencia. Fue allí donde hizo elección de mujer, y contrajo enlace con Gregoria del Ser, como lo dice la siguiente partida de casamiento: «Jueves, veinte y cinco del mes de noviembre de este año de mil setecientos y diez y siete. Yo, el licenciado Tomás Ibáñez de San Pedro, cura mayor de la parroquia de Santa Eulalia, de licencia del licenciado Juan de Abastas Tijero, cura de esta parroquia de Santa María, habiendo precedido las tres proclamas que manda el Santo Concilio de Trento y no haber resultado impedimento alguno, desposé por palabras de presente que hicieran verdadero matrimonio, a Domingo Matorras, hijo de Juan de Matorras y de Catalina González, vecinos del lugar de Alamedo, y a María del Ser, hija de Blas del Ser y de Gregoria Antón, vecinos de esta villa. Fueron testigos Marcos Cardeñoso, Carlos de las Heras y otros, y lo firmo con dicho cura. El cura Tomás Ibáñez de San Pedro. - El cura Juan de Abastas Tijero». [2]

De esta unión nacieron varios hijos, y por orden de nacimiento lo fueron Paula, Miguel, Francisca, Domingo, Ventura y Gregoria. Por datos que tenemos, parece ser que hubo un hijo primogénito llamado Domingo y que falleció al poco tiempo de nacer. [3]

Después de veinte años de vida conyugal, la muerte vino a separar a los esposos Matorras. La mujer de Domingo Matorras falleció en el año 1742 y la ceremonia de su entierro llevóse a cabo en la forma que lo expone este documento: «En veintiséis de marzo de este año de 1742, se enterró en esta iglesia María del Ser, mujer de Domingo Matorras, quien, habiendo recibido los Santos Sacramentos, hizo testamento ante Tomás Pajares, bajo del cual falleció y por él dispuso en 13 de marzo de dicho año fuese su entierro en la iglesia del señor San Juan en la sepultura de Blas del Ser y Gregoria Antón, sus padres. Mandó se dijesen por su alma e intención doscientas veinte misas rezadas y por penitencias mal cumplidas se dijesen otras diez. De éstas la cuarta parte por los señores curas y beneficiados de dicha iglesia y las demás a voluntad de sus testamentarios, y que se llevasen de ofrenda sobre su sepultura tres cargas de trigo con la cera correspondiente. Señaló de limosna para cada una misa, dos reales de vellón y más el cuarto de la cera para las de la Lacena. Nombró para sus testamentarios a Domingo Matorras, su marido, a don Gaspar de Bedoya y a Manuel y Lorenzo del Ser sus hermanos y por herederos a Paula, Miguel, Francisca, Domingo, Ventura y a Gregoria Matorras del Ser, sus hijos. Así consta del testamento que hizo y fue visto por mí y lo firmo. El cura Vegas». [4]

La situación de viudez obligó a don Domingo Matorras a contraer segundas nupcias, y presumimos que de este segundo matrimonio nació el Antonio Matorras que encontramos figurando en su acta de defunción y que, copiada del original, dice así: «En veintinueve de julio de este presente año de 1776, se enterró en esta iglesia parroquial del Señor San Juan Bautista de esta villa de Paredes de Nava, Domingo Matorras, vecino de esta villa y natural de Melgar de Alamedo. Recibió los santos sacramentos, eligió sepultura en esta dicha iglesia en donde yace María del Ser, su primera mujer. No otorgó testamento por no estar capaz y en este supuesto sus hijos determinaron que se enterrase a oficios enteros y que acompañase a su cuerpo la comunidad de nuestro padre San Francisco de esta villa; y en cuanto a las misas por su alma, ofrenda y cera, determinaron se celebrasen por el ánima de sus padres dos misas y treinta misas; que se llevasen, en el discurso del año, de ofrenda sobre su sepulcro, tres cargas de trigo con la cera correspondiente; que son los mismos sufragios que se hicieron por la dicha María del Ser, su primera mujer, como consta de la cláusula o asiento que está en este libro al folio 49, partida segunda. Y asimismo, yo el infrascrito cura, recibí del señor don Gaspar de Bedoya, vecino de esta villa, por orden que tiene de su hijo don Miguel Matorrras, presbítero, capellán del número de la Santa Iglesia de Palencia, ciento cinco reales de vellón y treinta más, limosna de cincuenta misas a dos reales de vellón cada una y más las cuartas de la cera, para que se celebrasen por los señores cura y beneficiados de esta iglesia por el ánima de su padre, y de hecho quedan repartidas a dichos señores y apuntadas en el respectivo y presente libro de Lacena y asiento de misas y para que siempre conste. Quedaron por únicos herederos los hermanos don Miguel, Paula, Francisca, Domingo, Ventura, Gregoria y Antonio Matorras sus hijos y lo firmo yo el infrascrito cura. Fecha ut supra. - Don Vicente Rodríguez». [5]

Dado, pues, estos antecedentes, podemos afirmar que doña Gregoria Matorras fue hija de don Domingo Matorras y de doña María del Ser, que nació en Paredes de Nava el 12 de marzo de 1738, y que el 22 de ese mismo mes fue bautizada en la iglesia parroquial de Santa Eulalia. Su padrino -acaso como un augurio de lo que le reservaba la suerte en lo relativo a su prole- lo fue don Juan Ruiz, militar, y según declaración del bautizante, diósele por abogados a San José y a Santa Eulalia.

¿Cómo pasó su niñez, y quiénes se encargaron de plasmar, por así decirlo, el corazón y la inteligencia de la que andando el tiempo se convertiría en la madre del Libertador del Nuevo Mundo? La carencia de documentos al respecto es absoluta. Todo lo que sabemos es que en 1767 abandonó la Península y que en compañía de don Jerónimo Matorras, su primo, se trasladó a Buenos Aires, en donde tres años más tarde, uniría su suerte a la de don Juan de San Martín, su futuro consorte. [6]

Pero antes de abordar este tópico, abramos un paréntesis y demos a conocer a la luz de los documentos, la nobleza de sangre que caracterizaba a esta doncella castellana.

En 1793, el cuarto de sus hijos, Justo Rufino, solicitó el ingreso en la compañía americana del regimiento de Guardias de Corps, cuerpo para entrar en el cual era requisito indispensable testimoniar la limpieza de sangre. El candidato a este puesto vióse en la necesidad de proceder a una información sumaria y, con tal motivo, se trasladó a Paredes de Nava, villa natal de su señora madre.

«Don Justo Rufino de San Martín, escribe éste en su instancia, natural del pueblo de Yapeyú, obispado de Buenos Aires en América, ante usted, como mejor proceda, comparezco y digo: que a mi derecho conviene se me reserve información de testigos como es cierto haber conocido en esta villa a doña Gregoria Matorras, mi madre, natural de ella, igualmente a don Domingo Matorras su padre y mi abuelo, vecino que fue de esta villa en la que se les tuvo y reputó por cristianos viejos, honrados y de sangre limpia, sin haber sido procesados por ningún exceso ni vicio torpe, ni ser herejes, ni judíos nuevamente convertidos, ni delatados en el Santo Oficio de la Inquisición, ni castigados por éste, ni ejercido oficio libre. En esta atención a usted suplica se sirva estimarlo así con citación al procurador síndico y mandar que, evacuado con la aprobación judicial, se me devuelva original para usar de mi derecho que así es justicia que pido y juro». [7]

Así como éste lo solicitaba, fueron convocados los testigos del caso y el primero en presentarse fue don Manuel Lovete.

Después del juramento de estilo y de declarar ante el alcalde mayor, que era nativo de esa misma villa, dijo: «Que ha conocido a doña Gregoria Matorras, natural de esta villa, hija de legítimo matrimonio, de don Domingo y doña Gregoria del Ser, vecinos de ella, a quienes trató y comunicó el testigo muchas veces por causa de su proximidad de la casa en que vivieron y habitaron. Que todos los contenidos y además sus ascendientes y descendientes han sido y son cristianos viejos, limpios de toda mala raza de moro, herejes y judíos nuevamente convertidos a nuestra santa fe católica y que tampoco han sido procesados por el Santo Oficio de la Inquisición, antes bien fueron y son de muy honradas y limpias familias que no tuvieron ni ejercieron oficios viles sino aquellos correspondientes a su distinguido nacimiento y buenos procederes. En cuya virtud jamás han sido notados ni castigados por exceso, escándalos y vicios torpes; que es lo que puede decir y la verdad bajo del juramento en que se afirmó y se ratificó

Idénticas declaraciones formularon los otros testigos Manuel López y León González. Éstos, como el primero, dieron fe jurada «que todos los ascendientes y descendientes han sido y son cristianos viejos, limpios de toda mala raza de moros, herejes y judíos nuevamente convertidos a nuestra santa fe católica y que tampoco han sido procesados por el Santo Oficio de la Inquisición».

Terminado el expediente comprobatorio, recayó sobre él esta providencia: «Apruébese en cuanto ha lugar en derecho la precedente información por estar compuesta de tres testigos fidedignos y de toda confianza, a cuyos dichos y deposiciones siempre se ha dado y da entera fe y crédito, así en juicio como fuera de él y porque también consta la notoriedad de todo cuanto expresan.» El auto éste firmólo el señor licenciado don Tomás Julián Arroyo, alcalde mayor de Paredes de Nava, el 17 de febrero de 1794, y rubricólo como escribano don Norberto Gallego.

Como se ve por estos documentos, la nobleza de linaje de Gregoria Matorras está debidamente comprobada. En la sumaria en cuestión no se habla ni de pergamino ni de títulos blasoneros. Se habla pura y exclusivamente de la limpieza de sangre y a la luz de los testimonios se demuestra que por sus venas no corre ni sangre de moros, ni de herejes, ni de judíos. Esto aclarado prosigamos nuestra narración y digamos que al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, como ya quedó demostrado, don Juan de San Martín fue destinado para organizar allí el regimiento de infantería. Carecemos de los documentos necesarios para decir al lector cómo y en qué circunstancia vinculó su afecto con la que luego sería su esposa. Lo que sabemos es que obligado por orden perentoria a trasladarse al otro lado del río argentino, resolvió casarse por poder, y así lo hizo otorgando éste en Buenos Aires el 3o de junio de 1770: «Yo, don Juan de San Martín, dice él en este documento, ayudante mayor de la asamblea de infantería, natural de la villa de Cervatos de la Cueza en el reino de León, obispado de Palencia, por la presente, siendo como a las once y tres cuartos de la mañana y siéndome preciso embarcarme inmediatamente en obedecimiento de los superiores mandatos de mi General, no siendo posible por la aceleración de mi partida, como también por otros motivos justos que en mí reservo, otorgar este poder judicial ante escribano público, lo verifico ante los testigos de uso, en primer lugar a don Juan Francisco de Sumalo, Capitán de dragones de este presidio, a don Juan Vázquez, Capitán de infantería y en tercero a don Nicolás García, Teniente del mismo cuerpo especial, para que representando mi persona, se despose uno de los dichos a mi nombre por palabras de presente según orden de nuestra Santa Madre Iglesia Católica Romana y celebren verdadero y legítimo matrimonio, con doña Gregoria Matorras, doncella noble, hija legítima de don Domingo Matorras y doña María del Ser, consortes vecinos que fueron del lugar de Paredes de Nava en Castilla la Vieja, domiciliarios del obispado de Palencia, con quien tengo tratado, para más servir a Dios nuestro Señor, casarme, y no pudiendo hacerlo por mí, respecto a los motivos ya dichos, les confiero la facultad suficiente para ello precediendo las tres canónicas moniciones dispuestas por el Santo Concilio de Trento o sin ellas en caso de conseguir su dispensa del señor juez que debe otorgarlas y otorgándome por su esposo y marido la reciban por mi esposa y mujer, que yo desde luego la otorgo y recibo por tal. Cuyo acto desde luego apruebo, queriendo tenga la misma firmeza que si en mi presencia se verificase, de modo que para lo incidente y dependiente les doy poder tan cumplido y bastante que quiero que por falta de cláusula no deje de tener cumplido efecto este poder». [8]

Pero, a pesar de estar datado este poder, como acabamos de verlo, el 30 de junio, el matrimonio no se celebró sino meses más tarde. En septiembre de dicho año Juan Vértiz, a la sazón gobernador de Buenos Aires, leía esta instancia: «Don Juan de San Martín, ayudante mayor de la asamblea de infantería, con la mayor y más respetuosa veneración, ante V.S., dice: Que mediante las notorias y distinguidas circunstancias, que constan de los instrumentos que en debida forma presento, de doña Gregoria, hija legítima de don Domingo Matorras y de doña María del Ser, vecinos de la villa de Paredes de Nava, del adelantamiento y obispado de Palencia, en Castilla la Vieja y reino de León, tiene resuelto para la quietud de su conciencia y mejor servir a Dios, efectuar con dicha doña Gregoria el santo matrimonio según su recíproca y constante voluntad; y siendo necesarias para perfeccionar esta determinación las amplias facultades de V.S., suplica rendidamente se digne V.S. concederle la licencia que necesita mediante hallarse en la expresada doña Gregoria, además de los distinguidos méritos de su natural origen, los posibles que desea S.M., como es notorio, en cuya atención se promete de la notoria justificación de V.S., la benigna gracia que confiadamente espera, ruega y suplica». [9]

La instancia de San Martín pasó a informe del comandante de la asamblea de infantería, y después de dictaminar éste diciendo que no halla inconveniente para que se le conceda al ayudante mayor don Juan de San Martín la licencia que pretende, Vértiz le concede licencia «para que pueda casarse con doña Gregoria Matorras, natural de la villa de Paredes, de Castilla la Vieja, en los reinos de España, y habitante en esta ciudad».

La autoridad diocesana resolvió el 29 de septiembre dispensarle dos de las proclamas de las tres que prescribe el derecho. Esta gracia estaba subordinada a una condición y el documento que tenemos delante la señala en esta forma: «Dispensamos en dos proclamas mediante la precisión de salir la contrayente de esta ciudad en precisa embarcación, en cuya atención no resultando impedimento de la última lectura, dentro de seis horas podrá el cura a quien perteneciere, autorizar el matrimonio, constando el poder del contrayente ausente

En ese mismo día y antes que él finalizase, se decía: «Desde las nueve de la mañana del corriente hasta las cinco y media de la tarde no ha resultado impedimento alguno». Al día siguiente de hacerse solemne esta declaración doña Gregoria Matorras y don Juan Francisco Sumalo se presentaban en la iglesia catedral y el obispo de la ciudad bonaerense los declaraba desposados. He aquí el acta que recuerda este acontecimiento: «Doy fe como hoy, día de la fecha, el ilustrísimo señor don Manuel Antonio de la Torre, obispo de esta ciudad de Buenos Aires y su obispado, en su episcopal palacio, casó por palabras de presente y según orden de nuestra Madre Iglesia a don Juan Francisco Sumalo, Capitán de dragones de la dotación de esta plaza, como poderhabiente de don Juan de San Martín, ayudante mayor de la asamblea de infantería y en su nombre, con doña Gregoria Matorras, hija legítima de don Domingo Matorras y de doña María del Ser, vecinos que fueron de la villa de Paredes de Nava, obispado de Palencia, en España; de que fueron testigos el doctor don José Andújar, deán de esta santa iglesia; don Juan Rodríguez Cisneros y don Antonio de la Torre, presbíteros, y por verdad lo firmé en Buenos Aires a primero de octubre de mil setecientos y setenta años. Hermenegildo de la Rosa. – Secretario y notario. - Rubricado». [10]

Carecemos de los datos necesarios para poder decir cuándo y en dónde don Juan de San Martín juntóse con la que ya era su esposa. En esa época ejercía él el mando militar y administrativo del departamento de Víboras, en el Uruguay, y posiblemente allí trasladóse la desposada o de allí vino a buscarla a Buenos Aires el joven funcionario. En 1774, como ya lo hemos visto, don Juan de San Martín pasó a regentar cuatro pueblos de Misiones e instalóse como Teniente Gobernador de ellos en Yapeyú. Allí permaneció hasta febrero de 1781 en que dejó el puesto y se trasladó a Buenos Aires. Entre el año de 1770 -año de su boda- y el de 1783, en que se trasladó a España con toda su familia, naciéronle al Capitán don Juan de San Martín cuatro hijos varones y una hija, siendo los primeros Manuel Tadeo, Juan Fermín, Justo Rufino y José Francisco. La hija, al ser llevada a la pila bautismal, fue presentada con el nombre de María Elena.

Por las cartas de don Juan de San Martín al administrador Lazcano -cartas que ya hemos extractado en su parte fundamental- sabemos que doña Gregoria Matorras fue una compañera inseparable de su marido. El 24 de julio de 1776, la encontramos en San Borja. Ella aparece allí el 11 de diciembre de ese mismo año, y luego la encontramos en Yapeyú, en enero de 1777, como en marzo de 1779.

En junio de este mismo año, doña Gregoria Matorras de San Martín resuelve alejarse de Yapeyú, y trasladarse a Buenos Aires para gestionar allí el cobro de los haberes que aun se le adeudan a su esposo. Los detalles de este viaje nos son desconocidos, como desconocemos igualmente el éxito o el fracaso que pudieron tener sus gestiones. Lo que no ignoramos, es que en un todo se solidarizó con la conducta y con la voluntad de su esposo, y que llena toda ella de una preocupación, cual lo era la de educar convenientemente a sus hijos, no puso reparo alguno cuando su consorte decidió abandonar las playas argentinas y trasladarse con toda su prole a la Península.

Don Juan de San Martín, en compañía de su esposa y de sus hijos, se puso en viaje en los primeros meses de 1784, facultado por una real orden datada en Madrid el 25 de marzo de 1783. Este viaje lo hizo a bordo de la fragata Santa Balbina y después de una larga, pero feliz travesía, desembarcó en Cádiz, en abril de 1784. De Cádiz se trasladó él a Madrid, y estando allí elevó a S.M. una instancia para que se dignase concederle el grado de Teniente Coronel y el de un gobierno en América, «ocurriendo vacante, escribe el peticionario, y atendiendo a los méritos expuestos y a la necesidad que tiene de mayores auxilios para poder atender a la educación y crianza de cinco hijos que tiene». [11]

Esta instancia por lo visto no prosperó, pues meses más tarde vióse en la necesidad de renovarla solicitando esta vez, no un puesto en América, sino el retiro con incorporación a la plaza de Málaga. Recuerda él en este petitorio, que regresó a Europa por orden real con su mujer y sus cinco hijos «todo ellos de corta edad y que ha estado a la espera de ser enviado nuevamente a América». «Se halla el exponente -escribe él- en la precisión de manifestar a V.M., que su edad de cincuenta y siete años, sus servicios de treinta y nueve en destinos penosos y de mucha fatiga, le han imposibilitado hoy de seguir en clase de Capitán las banderas de cualquier regimiento a que sea agregado. Por otra parte, su prolongada joven familia de cinco hijos sin educación ni carrera, le harían padecer las mayores congojas en las marchas por no poder sufragar los gastos de ella ni darles la instrucción debida con facultades tan limitadas. Por su mérito, que ex presamente consta en vuestro Ministerio de Indias, parece que se ha hecho acreedor a las piedades reales de V.M., y con respecto a estas consideraciones suplica se digne concederle el grado de Teniente Coronel retirado con sueldo de tal a la plaza de Málaga, para ocurrir por este medio con más sosiego a la crianza y educación de sus hijos y a descansar de las largas fatigas que ha tenido en el real servicio, pasando después el correspondiente aviso al Ministerio de Guerra, para que sea despachado en esta forma». [12]

¿Qué resultado tuvo esta demanda? Los documentos que conocemos nos permiten afirmar que el Capitán don Juan de San Martín obtuvo el retiro que solicitaba, pero no con el grado de Teniente Coronel, sino con el grado de Ayudante Supernumerario, y agregado al Estado Mayor en la plaza de Málaga. El 21 de mayo de 1785 fue confirmada por real orden esta designación, y se le acordó, además, un sueldo de trescientos reales vellón al mes. A partir de ese momento, perdemos las huellas de tan benemérito servidor de la Corona. Lo único que sabemos es que once años después, es decir, el 4 de diciembre de 1796, dejó de existir en Málaga el antiguo Teniente Gobernador del Departamento misionero de Yapeyú, y esto no sin añorar las tierras argentinas, que habían servido de cuna a sus hijos y de teatro de acción a sus cualidades eminentes de hombre y de soldado. En el momento de producirse este desenlace, don Juan de San Martín tenía 68 años de edad. Todos sus hijos habían abrazado la carrera de las armas, y por su conducta, como se verá oportunamente, hacían honor a su nombre en el Ejército de la Península.

Sus restos mortales recibieron sepultura en la iglesia castrense de aquella ciudad, y con tal motivo se labró esta acta de defunción: «En la ciudad de Málaga -dice el acta- en el día 5 del mes de diciembre de 1796, se enterró en la iglesia parroquial castrense sita en la de Santiago de esta ciudad, el cadáver de don Juan de San Martín, Capitán que fue agregado al Estado Mayor de esta plaza, y marido de doña Gregaria Matorras. No testó. - Vivía Pozos Dulces. Y para hacerlo constar lo firmo de que doy fe -. Don Felipe Nanan de Aguillar». [13]

Es oportuno observar aquí que a raíz de este desenlace, la esposa de don Juan José de San Martín se encontró en una situación de verdadera penuria, y que con el fin de remediarla, y de poder atender a su propia subsistencia y a la de su hija, vióse en la necesidad de elevar una súplica a S.M.

Una súplica no constituye nunca una deshonra, y basada en esta razón moral y de conveniencia, doña Gregoria Matorras de San Martín comenzó su instancia declarando su estado de viudez. Recuerda luego que contrajo matrimonio con don Juan de San Martín en la ciudad de Buenos Aires, reino de América, el 12 de octubre de 1770, y afirma que teniéndose en cuenta los méritos que en su servicio había contraído su esposo se le había promovido a Capitán de Infantería el 15 de enero de 1779. Observa en esta demanda que de acuerdo con el reglamento del montepío militar que está en vigencia no debe ella gozar de sueldo alguno. Ella no pone reparos al reglamento, pero declara que al contraer matrimonio ignoraba el establecimiento de dicho montepío, y que carecía de derecho para acudir a él «no teniendo su marido el grado de Capitán». «A haberlo sabido, escribe textualmente, o hubiera suspendido su ejecución (vale decir, su matrimonio), o lo hubiese diferido hasta que don Juan de San Martín hubiese obtenido el referido grado.» Es más que probable que aun enterada en aquel entonces de un tal requisito, se hubiese casado lo mismo, pero obligada a defender sus intereses invoca una razón con fuerza de perentoria y para conmover al monarca presenta su demanda en forma de dilema. Todo recurso o arbitrio requiere ingenio, y no hay duda que la madre de San Martín lo tuvo, como lo tuvo éste, su hijo, en muchos de sus trances. En la demanda presentada en esta ocasión observa doña Gregaria Matorras que estando en Buenos Aires su marido disfrutaba de cuarenta y cinco pesos fuertes mensuales, y que dejó una carrera lucrosa y hasta abandonó sus intereses retirándose a España con el fin de educar a sus hijos y de destinarlos al servicio de S.M. Esto lo ha obtenido, -declara ella-, «logrando que en el día sirvan dos de Tenientes en el Regimiento de Soria, y son don Manuel y don Juan Fermín; uno con el mismo grado, que se llama don José, en el de Murcia, y otro de Guardia de Corps, en la Compañía Americana, nombrado don Justo».

La peticionante concluye diciendo que «con los crecidos gastos que le ha sido preciso hacer para darles esta carrera, además de haber pasado dicho su marido muchas escaseces en su dilatada enfermedad, por su muerte, que se verificó el día 4 del presente mes de diciembre, ha quedado la exponente con una hija de estado honesto en la mayor miseria, sin bienes, alhajas, ni pariente alguno que la socorra, ni arbitrio para ocurrir a sus hijos, por considerar que su sueldo lo necesitan para su precisa decencia; por lo que, suplica a V.M., se digne, por un efecto de su piadoso corazón, concederle la gracia de que goce del Montepío Militar, o por vía de limosna un sueldo con que poderse mantener la exponente y su hija, para socorrer las necesidades y miserias a que se ven expuestas». [14]

Al parecer, la instancia ésta no prosperó por el momento, y la suplicante vióse obligada a renovarla el 8 de junio de 1797. Esta vez no es ya de Málaga de donde se dirige al monarca; lo es de Aranjuez, e inicia allí su petitorio recordando los méritos y servicios de su difunto marido. Recuerda en esta ocasión que siendo Teniente veterano de la Asamblea de Voluntarios españoles de Buenos Aires, fue ascendido por Bucarelli a Ayudante Mayor del mismo cuerpo; hace referencias a sus servicios en África, a los que prestara a la Corona gobernando los partidos de Víboras y Vacas, en América, y después de demostrar cómo supo aumentar los productos en la vastísima hacienda de la Calera, que había pertenecido a los jesuitas, lo presenta en Yapeyú gobernando cuatro pueblos de indios de la nación guaraní. «Formó en ellos -dice la peticionante-, un batallón de aquellos naturales, recogió a la vida civil más de seis mil indios que andaban dispersos por aquellos campos y consiguió capturar a cuatro famosos contrabandistas.» Textualmente, escribe: «Estando en Málaga le confirió aquel gobierno el desempeño de la ayudantía de aquella plaza por espacio de seis años, hasta que por sus achaques y penosas enfermedades no pudo continuar en su desempeño, habiendo fallecido en 4 de diciembre del año próximo pasado, dejando cinco hijos, los cuatro varones y una hija de estado honesto.» Señala luego los regimientos en que prestan servicio éstos, sus hijos, y concluye en esta forma: «A la exponente, Señor, no le ha alcanzado el beneficio del montepío militar por la muerte del citado su marido, ni los empleos en que se hallan sus hijos son capaces de sufragarla para ayuda de su subsistencia y la de su hija que vive en su compañía. No tiene bienes algunos, habiendo sacrificado el corto sueldo de su difunto marido y toda la dote de la exponente en criar, educar y poner en carrera honrosa a dichos sus hijos. En tal constitución y estrechada de su necesidad, se ve en la precisión de ocurrir a Vuestra Majestad con esta exposición para suplicarle que, sin embargo de estar hecha cargo de la situación presente del real erario que no permite se grave con ninguna pensión, se sirva consignarle la de trescientos pesos fuertes sobre el ramo de vacantes mayores y menores del Obispado de Buenos Aires y demás de aquel distrito, por ser donde su difunto marido trabajó tanto e hizo más señalados servicios, y cuyo producto destina V.M. en socorro de las viudas militares cuyos maridos han correspondido hasta la muerte en el desempeño del real servicio, a fin de que con este auxilio pueda mantenerse, y a su hija, sin la vergonzosa necesidad que ahora padece y en que recibirá merced». [15]

La instancia de la señora doña Gregoria de San Martín llegó oportunamente a manos del Rey, y éste dispuso, e! 20 de agosto de 1797, desde su residencia de San Ildefonso, que en mérito de la antigüedad y buenos servicios de don Juan de San Martín, y especialmente de los que contrajo en el Virreinato de Buenos Aires, se le señalasen a su viuda ciento setenta y cinco pesos fuertes «por vía de limosna anual sobre el ramo de vacantes mayores y menores del referido Virreinato». La resolución del monarca fue transmitida a Buenos Aires, y don Antonio Olaguer y Feliú, que estaba al frente del gobierno por fallecimiento del virrey don Pedro Melo de Portugal, a quien le sucedería en breve el Marqués de Avilés, con fecha 30 de julio escribió a la Corte haciendo saber que había recibido y dispuesto el cumplimiento de la real orden.

Años más tarde -3 de junio de 1806- esta peticionante dirígese de nuevo a S.M., pidiendo que la pensión de ciento setenta y cinco pesos fuertes que ella disfruta, a su fallecimiento sea transferida a su hija María Elena. Según documento inédito que tenemos adelante, el 26 de abril de ese mismo año recayó sobre ella esta providencia: «Por real orden de 20 de octubre de 1798 se sirvió el Rey conceder pensión en el Montepío Militar a doña Gregoria Matorras, viuda del Capitán don Juan de San Martín, y habiendo percibido su haber por la tesorería del ejército y cuatro reinos de Andalucía hasta fin de diciembre de 1805, que trasladó su residencia a esta Corte, lo participo a V.S. a fin de que disponga que por la tesorería del citado montepío se asista a la referida interesada desde el primero de enero del presente año en adelante, con la de un mil quinientos reales de vellón anuales, ínterin justifique permanecer en estado de viudez del nominado don Juan su difunto marido». [16]

Cuando esta providencia se tomaba por resolución de la Corona, la esposa del ex Teniente Gobernador de Yapeyú vivía en el hermetismo de la viudez, y sus cuatro hijos preparábanse para guerrear por la libertad de España en distintos puntos de la Península. Uno de ellos, sobre todo, realizaría las más bellas hazañas, y era éste a quien la gloria le reservaba sus laureles. Pero quiso el Destino que así como el padre no pudo ser testigo de sus proezas, tampoco lo fuese la madre.

El testamento con que esta viuda afanosa y ejemplar dio a conocer su postrera voluntad, está otorgado en Madrid el 1 de junio de 1803. Después de un preámbulo consagrado a rememorar a sus progenitores y a hacer pública y solemne confesión de su fe cristiana, pasa a especificar su voluntad en esta forma: «Lo primero, encomiendo mi alma a Dios nuestro Señor, que la creó y redimió con el infinito precio de su santísima sangre, a quien suplico la perdone y lleve a su eterno descanso; y el cuerpo mando a la tierra de que ha sido formado, el cual cadáver quiero sea amortajado con el hábito de mi padre Santo Domingo de Guzmán, y sepultado en la iglesia parroquial donde a la sazón de mi fallecimiento sea feligresa, en cuyo día si fuere hora competente, y si no en el siguiente, se diga por mi alma misa cantada de requiem con diácono, subdiácono, vigilia y responso, y, además, se celebrarán veinte misas rezadas, dando por la limosna de cada una de ellas, a cuatro reales de vellón, de que sacada la cuarta parroquial, las demás se celebrarán en donde y por quienes parezca a mis testamentarios, a cuya voluntad dejo las demás formas de mi entierro, que siempre será conforme a los bienes con que me hallare a la sazón».

»Declaro -dice más adelante-, que del referido mi matrimonio me quedaron cinco hijos, que lo son don Manuel Tadeo, don Juan Fermín, don Justo Rufino, don José Francisco y doña María Elena de San Martín, con los cuales dichos varones, tanto en tiempo de su difunto padre, como posteriormente, he expendido yo la otorgante, para su decoro y decencia en la carreta militar en que se hallan, varias sumas que no puedo puntualizar. Pero, sin embargo, para que se evite, por lo mismo, desavenencias, debo manifestar que con los insinuados don Manuel Tadeo, don Juan Fermín y don Justo Rufino, éste actualmente guardia de corps en la compañía americana, y principalmente con él, he gastado muchos maravedís por haberle tenido que satisfacer varios créditos, y por otras circunstancias que han ocurrido que aunque tampoco puedo ahora especificar, resultará presente de ello de los papeles y documentos que conservo en mi poder. Todo lo cual declaro así para los efectos que haya lugar, por la causa de que cuando falleció el expresado don Juan de San Martín, mi marido, que fue bajo el poder para testar, que recíprocamente nos dimos, hallándose en esta Corte en 8 de marzo de 1785, ante Juan Hipólito de Salinas, escribano de Su Majestad, y a cuya orden celebró el citado su testamento, residiendo en la ciudad de Málaga, en 1 de abril de 1797, ante Francisco María Piñón, escribano de su número. No se hizo inventario ni participación de bienes, por consistir todo el caudal en créditos, originados de los diferentes préstamos que hizo el mencionado mi marido, hallándose en América y después residiendo en España. Por lo cual, para la mejor inteligencia de esta declaración, debo también manifestar que los desembolsos que tengo hechos con el nominado don Justo Rufino no pueden constar mediante a no haber llevado apunte ni razón de lo en que consista, pero sí puedo asegurar que el que menos costo me ha tenido ha sido el don José Francisco».

»Valiéndome de lo que el derecho me permite –continúa- lego y mando a la precitada mi hija doña María Elena de San Martín, por vía de mejora, o como hubiese lugar, el tercio y remanente del quinto de los bienes y caudal que a la sazón de mi fallecimiento hubiese y me puedan corresponder, cuya mejora se la señalo y consigno en los mismos créditos de préstamos que hizo el mencionado mi difunto marido, que aun se hallen sin cobrar al tiempo que yo fallezca

Antes de terminar, declara la testante: «Dejo, instituyo y nombro por mis únicos y universales herederos a los significados don Manuel Tadeo, don Juan Fermín, don Justo Rufino, don José Francisco y doña María Elena de San Martín y Matorras, mis cinco hijos legítimos y del enunciado don Juan de San Martín, mi difunto marido, para que así se verifique, lo hallen, lleven, gocen y hereden con la bendición de Dios a quien me encomienden[17] Por voluntad de la otorgante, sus propios hijos fueron constituidos en albaceas testamentarios.

Quiso el Destino que la autora de este testamento sobreviviese aún diez años a sus últimas voluntades. Cuando la muerte le sorprendió, vivía ella en la ciudad de Orense, y, cumpliendo sus deudos con lo que ella ya tenía testado, se le amortajó con el hábito de su devoción y se le dio sepultura en la iglesia de Santo Domingo. Leamos el acta de esta ceremonia mortuoria. «Don Manuel Canal, cura párroco de Santa Eufemia del Centro de Orense, certifico: que en el libro séptimo de defunciones de esta parroquia, en el folio ciento treinta y uno, vuelta, hay una acta que copiada literalmente, dice así: « El veintinueve de marzo de mil ochocientos y trece se dio sepultura en el convento de Santo Domingo de esta ciudad, al cadáver de doña Gregoria Matorras, natural de Paredes de Nava, en la provincia de Palencia y residente en esta ciudad, viuda del Capitán retirado don Juan de San Martín. Recibió los santos sacramentos de confesión, comunión y extremaunción; otorgó su testamento en Madrid por ante el escribano Domingo Ruiz, cuyo me presentó el señor don Rafael Menchaca su yerno, vecino de esta ciudad, en cuyo poder existe dicho testamento, y por verdad lo firmo como teniente de Santa Eufemia de Orense. - Don Rosendo Santana.» Al margen de esta acta transcripta hay una nota que dice: «Doña Gregoria Matorras honrada y cumplidas las cargas testamentarias». [18]

Como se ve, la madre de Sari Martín sobrevivió a su esposo diecisiete años. Éste encontró su sepultura en una ciudad costera del Mediterráneo y andaluza al mismo tiempo, y aquélla confió sus despojos al suelo fecundo y si se quiere romántico de Galicia. Ambos habían descripto su parábola y ambos venían a morir en su tierra de origen y después de haber unido sus destinos en unión sacramental en el Plata.

En la vida nada es casual y todo está regido por un misterioso determinismo. Una doncella noble y un militar de irreprochable conducta abandonaron un día las tierras hispánicas y fijaron su elección en un punto de Indias. Éste lo fue Buenos Aires; y gracias a este acierto en la elección nació en sus dominios el hombre que, sin presentirlo sus progenitores, convertiría a una gran parte de América en tierra de pueblos libres. Esto demuestra que los acontecimientos obedecen a un ritmo y a una lógica que el hombre no destruye con su albedrío, y que si los héroes son hijos de sus obras, lo son también de la influencia ancestral que es el alma y la sangre de sus mayores.

Para confirmar este aserto nos basta recordar que muchas de las virtudes dinámicas de nuestro Libertador, descúbrense en su padre, que fue soldado, y en su madre, que fue una santa mujer. San Martín, como su progenitor, distinguíase por un alto y agudo sentido de la justicia. Como éste celaba del buen nombre y como éste fue un gran instructor y hasta en sus detalles un pundonoroso soldado.

De la madre heredó lo hidalgo de su postura y lo tierno y compasivo de sus sentimientos. Sabemos cuán hondo fue en lo afectivo San Martín, y lo fácil que fue igualmente al perdón y aun al olvido para con sus enemigos y detractores.

La ternura es una cualidad femenina, y son las madres quienes la transmiten a los seres que en el tiempo prolongan y perpetúan la bondad de este sentimiento.

San Martín, como lo veremos a su hora, trasunta admirablemente el cumplimiento de esta ley. Honró con su bondad a sus progenitores, y honró especialmente a aquella mujer, que, antes de morir, y acaso presintiendo su gloria, lo señaló en su testamento como al hijo que le valiese «menos costo».


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[1] Ver R.P. LEONARDO CARDEÑOSO: Reseña histórica de la villa de Paredes de Nava.

[2] Libro de casados de la parroquia de Santa María, folio 6, pág. 9.

[3] El Domingo Matorras que figura después de Francisca, hermana ésta de la madre de San Martín, casóse en Paredes con doña Úrsula Pajares y de este tronco procede la familia Pajares, que aun existe en dicha villa. Igual procedencia parece que tiene un tal Simón Matorras, que profesó la medicina y que, trasladado a Madrid, llegó a ser el médico de cámara de Isabel II. En la actualidad no existe en Paredes de Nava ningún Matorras. Los hay fuera de ahí, y don Pedro Matorras, residente en Santander, nos escribió al formularle una consulta: «No he querido contestar a su atenta carta del primero del corriente por si podía comunicarle algún dato que fuera interesante a sus propósitos hasta ponerme en contacto con un señor que fue amigo de mi padre desde la infancia. Desgraciadamente estamos ambos a mucha menor altura que usted, ya que sólo tenemos noticias de los Matorras, de mi abuelo a la fecha. Yo recuerdo haber oído a mi padre que descendemos nada menos que de un virrey americano. Es seguro que no estaría bien informado y se referiría a San Martín, muy probablemente, sin darse cuenta de ello.»

Dice nuestro corresponsal que la familia del nombre Matorras debió haber sido poco numerosa y por lo que se refiere a la familia del Ser la presume extinguida. Contra lo que este señor opina, estimamos nosotros que el supuesto virrey americano, más que San Martín, debió serlo aquel Jerónimo Matorras, explorador del Chaco y que posiblemente era, si no hermano, primo de Domingo Matorras, abuelo éste de San Martín.

En la actualidad dos son las casas que se dan en Paredes de Nava como casas solariegas de los Matorras. La una se encuentra haciendo ángulo en la plaza de la localidad y a espaldas de la iglesia de Santa Eulalia, y la otra está cercana a la iglesia de San Juan, en la cual los Matorras tienen desde remotísimo tiempo su sepultura. La primera de estas casas consérvase aún en su primitivo estado arquitectural; pero la segunda ha sufrido diversas transformaciones, tanto en su aspecto exterior como en sus dependencias. Faltan documentos escritos que esclarezcan la duda y que permitan, por lo tanto, afirmar si ésta o aquélla fue la casa natal de la madre de San Martín, en el supuesto caso que lo haya sido una de las dos.

[4] Libro de difuntos, de 1687 a 1797, folio 47, vuelta.

[5] Libro de difuntos del año 1687 al 1797, folio 94. A pesar de lo que dice esta acta, consta que don Domingo Matorras hizo testamento ante el escribano Tomás Pajares.

[6] Tanto Mitre como Barros Arana hacen figurar a Gregoria Matorras como sobrina de Jerónimo Matorras, el famoso explorador chaqueño y gobernador de la provincia del Tucumán. El ultimo de estos historiadores la llama Jerónima, con lo que incurre en otra inexactitud.

El parentesco de Gregoria Matorras con el explorador del Chaco argentino está demostrado por la solicitud que en 1767 presentó éste en Madrid al monarca español. En ella hace alusión a la persona en cuestión. Pide permiso para llevarla consigo a Buenos Aires y además de hacer alusión a su estado de soltería y de llamarla su prima le fija la edad «como de 26 años ». La edad de Gregoria Matorras era la de 29 años, como puede deducirse de su partida de bautismo, en la cual se fija el año de 1738 como año de su nacimiento. En su memorial, escrito en 1775 el Virrey Vértiz dice textualmente al hacer alusión a Matorras: «Al interior del Chaco han entrado diferentes expediciones de guerra y misiones, pero la que más se adelantó llegó al paraje nombrado Cangayé, en el año pasado de 1774. Ésta la hizo el gobernador del Tucumán, don Jerónimo Matorras, en tiempo que yo gobernaba esta provincia, encargándome Su Majestad le auxiliase en ella. Asentó paces con dos naciones, Tova y Mocoví, cuyo caporal era el gran cacique Taikin. Prometióle a nombre del Rey ponerles dos reducciones en sus mismas tierras y a la costa del río Bermejo. Habiendo aprobado S.M. cuanto obró Matorras y consta de sus diarios que paran en la Secretaría del Gobierno, mandó por cédulas de 6 de septiembre de 1777 que se cumplan literalmente a los indios los tratados de paz, y que por ser remotos los recursos a la corte y vivos los deseos de S.M. de la conversión de estas gentes a la fe cristiana y vida civil, refundía todas sus facultades en los virreyes de esta capital para que, sin pérdida de tiempo, y como que tienen la cosa presente, tomasen las providencias más eficaces a su cumplimiento.» Revista del Archivo General de Buenos Aires, t. III, pág. 294.

El primer viaje de Matorras al Plata tuvo lugar en 1745, y estando en Buenos Aires contrajo enlace el 24 de abril de 1753 con doña Manuela de Larrazábal, hija del General don Antonio de Larrazábal, alcalde de Buenos Aires y justicia mayor, y de doña Agustina Avellaneda. En 1766 se trasladó a España y gestionó allí el gobierno de Tucumán, con el compromiso de convertir al catolicismo a los indios del Chaco. Por real decreto se acordó a su pedido, el 14 de mayo de 1767, y el 7 de septiembre de ese mismo año se le acordó el título definitivo. El nombramiento recaído sobre Matorras tuvo la virtud de provocar la animosidad del gobernador Bucarelli, quien en oficio dado a conocer recientemente por un investigador, trató de desacreditarlo ante la opinión del gobierno peninsular. Matorras, a consecuencia de esta campaña, fue preso en Charcas y luego en Lima, pero absuelto reintegróse de nuevo a su cargo de gobernador del Tucumán, regresando allí en 1772. Su fallecimiento se produjo en la reducción de San Joaquín de Ortega, en el distrito de Salta, el 16 de octubre de 1774, y al poco tiempo de haber iniciado con todo éxito su soñada expedición. - Ver: JOSÉ TORRE REVELLO: Un cuadro de la Divina Pastora llevado por Jerónimo Matorras a Buenos Aires. Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas. Buenos Aires, números 47 - 48.

[7] Archivo militar de Segovia. Legajo Nº 1.490

[8] Archivo de San Martín, t. I, pág. 21.

[9] Archivo militar de Segovia. Legajo 1.207

[10] Archivo militar de Segovia. Legajo 1.207

[11] JOSÉ TORRE REVELLO: Don Juan de San Martín, pág. 21.

[12] Archivo militar de Segovia. Legajo 1.207

[13] Ibidem.

[14] Archivo militar de Segovia. Legajo 1.207

[15] JOSÉ TORRE REVELLO: Don Juan de San Martín.

[16] Archivo militar de Segovia. Legajo 1.207.

[17] Archivo de San Martín, t. I, pág. 26.

[18] Copia legalizada existente en nuestro archivo.